Divergencia

Mireia
Mireia Belmonte vuela, nada y fluye.

He visto tantas fotos de vuestras vacaciones en Facebook que creo haber estado en todas las playas de la costa española este verano. Diría que incluso he hecho el camino de Santiago, he reposado en Tailandia, he navegado por la costa croata y he dormido en campings noruegos. Y casi al tiempo y sin eternas esperas en Adolfo Suárez. En algunas ocasiones incluso abro la vista satélite de Google Maps de esa playa en la que te ubicas para hacerme una idea de si la arena es fina y el agua es transparente. Me encantan vuestras playas, de Formentera a Caños de Meca y de Cullera al Sardinero. Tus fotos, tan morena, y tu insinuante bikini en fotos grupales con tus amigas, tu sonrisa abierta y despreocupada y las tortillitas de camarones que te tomas de aperitivo en el chiringuito antes de comer. Acompañadas de un vinito blanco fresquito, para que la siesta sea, si cabe, más apetecible. Me gusta el sombrero que le regalas al chico que conoces la segunda noche, aunque lo lleve más por moda que por gusto, y las fotos que te roban tus amigas mientras lo abrazas con el agua por la cintura. Me gusta verte pasarlo bien aunque sepa que no serás feliz por divergencia de expectativas.

Ayer vi «La vida de Pi», a pesar del escepticismo: pensaba que se trataba de una película infantil de animación. Y disfruté con esa lección acerca de la fe, de cómo la duda alimenta la fe y de cómo la esperanza nos mantiene vivos. ¿Qué espera quién no espera nada? A través de una perspectiva de «realismo mágico» se traza una historia emotiva de supervivencia con escenas que me sabían a «El viejo y el mar» y a «El viaje de Chihiro». Y al final, como antes, divergencia de expectativas, ergo lágrimas desesperadas: lo que dice una mirada que no llega. Los abrazos que no se dan, los comentarios que no se hacen, las despedidas que se esfuman sin concretarse, ¿dónde se van? Coño, no seas cursi, a ningún lado, así que tú verás si prefieres que se evaporen o se manifiesten.

Mireia Belmonte es un delfín de acero, lo que bien podría considerarse un animal mitológico. Titánico el esfuerzo de una nadadora en pruebas como los 800 metros libres, más de ocho minutos nadando a gran intensidad, medalla de plata. Disfruto viendo cómo fluyen por el agua los nadadores, a esa velocidad, en cualquier disciplina; no soy capaz de medir o valorar su ritmo porque la natación de élite me parece magia. Fútbol, baloncesto o ciclismo son deportes en los que la vara de medir personal es capaz de valorar la calidad o esfuerzo de un deportista, pero los nadadores me resultan superhéroes acuáticos. Poco después Mireia quedó última en la final de doscientos estilos, exhausta, y lo que aparentemente puede considerarse un fracaso por la divergencia de expectativas no es sino otra demostración de su acero.

Enhorabuena, David

David
David Trueba, piensa.

Dices que a veces no comprendes qué dice mi voz
¿Cómo quieres que yo sepa lo que digo?
Si entre los dedos se me escapa volando una flor
y yo la dejo que me marque el camino.

[Extremoduro, La vereda de la puerta de atrás]

Me alegró que David Trueba ganase el Goya al mejor director por «Vivir es fácil (con los ojos cerrados)» (sic). Lo tenía fácil, el nivel de candidaturas de este año era ínfimo, tanto que incluso intento evitar rememorar los días que fui al cine a ver «La gran familia española» y «Los amantes pasajeros». David Trueba, sin embargo, se nota que es un tipo sensato, de inteligentes respuestas en las entrevistas y de humilde conocimiento de la realidad, dualidad insólita en el mundo del cine patrio.

Al pequeño Trueba lo descubrí en su primera película, «La buena vida», gracias a la «Versión española» de Cayetana. En aquella época todavía era institutero y me conmovían esas historias de fracasos cotidianos, esa cercanía que transmitían actores como Luis Cuenca, que podría haber sido un vecino del pueblo, o Fernando Ramallo, que podría ser de mi pandilla. [paréntesis clarito] De las actrices jóvenes de series y películas españolas actuales no creo que a ninguna le interesase ser de mi pandilla, son todas demasiado guapas, la dictadura de los mercados. A algunas las he conocido gracias a «El hormiguero» y, muchachas, os vais a atragantar de vosotras mismas, ser actrices no os convierte en más mejores. [fin paréntesis clarito] [inciso] Está feo eso de generalizar, lo mismo alguna es maja. [fin inciso] No recuerdo mucho de la «La buena vida», solo las sensaciones y que me apetecería volver a verla, aunque estos revisionados no suelen terminar en victoria.

De David Trueba recuerdo con cariño también algún artículo deportivo en El País, alguno de esos de recortar. Y su novela «Saber perder» está mejor estructurada y merece más la pena leerla que otras incursiones de «artistas» hispanos en las letras, como el «Exitus» de Antonio Luque (a.k.a. Sr. Chinarro). Me gustó mucho el breve vídeo autorretrato en modo «me gusta/no me gusta» de presentación para el programa «Carta blanca». Son un par de minutos, merece la pena verlo, saca más de una sonrisa. Yo también prefiero el ombligo de las muchachas a mi propio ombligo.

Y ya. Pretendía escribir un homenaje a tres bandas por efemérides hoy coincidentes: Joaquín Sabina, Julio Cortázar y Clara Campoamor, pero se me ha acabado el papel, así que el único homenajeado es Trueba, ale.

También había pensado otro enfoque retomando la siempre frustrante miseria moral humana, y que venía a colación de dos artículos leídos en JotDown: uno sobre Chernóbil y el comunismo y otro sobre el dopaje en el deporte español. Los ciclistas, invariablemente, ante el juez aseguran desconocer las prácticas dopantes y haber consumido sustancias prohibidas, «it’s all in the game», como si uno pudiese ser infiel y olvidarlo. Me recuerda a otra señora que declaró el sábado en Mallorca, que empieza por C y termina por A. Precisamente la semana pasada tuve que declarar en el juzgado; no le hice la cobra a ninguna pregunta, y lo peor es que eso no debería ser motivo de orgullo.

Ideología Barra Antidepresivo

Debería estar regulado eso de tener ideología. Primero se debería pasar un examen de sentido común y, una vez superado y contrastada tu propia sensatez, que se te regalase el privilegio de formarte una ideología. Nunca antes porque luego pasa lo que vemos a diario tanto en la tele como en la calle: que cualquiera se escuda en una ideología sin pasar la criba de un mínimo sentido común propio y, así, a la intemperie, el ideario se oxida y el pensar y el hacer avanzan por sinuosos caminos en sentidos desviados. Deberías, despacico, sentarte y esbozar los cimientos de tu ideología, base rocosa conforme a la que amoldar tu presente y tu futuro a través de la síncrona sinfonía del decir, el pensar y el hacer. Pero eso debería servir solo para personas superiores, superhombres de esos que decía Niche. Muchacho, ¡cómo vas a presumir de ideología con esa carencia de sensatez? ¡Cómo pretendes ser pregonero de un credo que no te merece? «Que tu boca no extienda cheques que tus manos no puedan pagar» (creo que de La Chaqueta Metálica).

Me maravilla, con mucha frecuencia, la facilidad de reivindicación de barra de bar y la inercia imparable de comentarios absolutistas. Como si cada uno llevásemos un repelente tertuliano en nuestro interior. O peor aún, un mesías provisto de la Solución Final a los Problemas del Mundo y vestido de tertuliano amigable con gafas de intelectual. Y sin embargo, ya resulta una quimera mantener en pie un mísero argumento de papel frente a las embestidas de vendavales de dogmas y terremotos de decepciones diarias. Quizá todo sea más fácil: más acción y menos palabra. Acercarse a esa máxima de San Agustín: «haz el bien a los demás y piensa lo que quieras».

Y reza para que la Justicia siempre sea justa en el mundo de las interpretaciones.

Bueno, eso no lo decía San Agustín, es una plegaria diaria. Y que si la justicia es ciega se busque un lazarillo que le chive quién tiene la culpa y qué límites no se deben rebasar. Que me vienen a la mente multitud de celebridades sospechosas que aparecen en prensa a diario y dan la sensación de ser inmunes al equilibrio de la balanza.

Mientras tanto, por si acaso y porque merece la pena abstraerse, recomiéndense/nos antidepresivos. Un, dos, tres, responda otra vez. Cachitos de Hierro y Cromo, delicioso programa musical que enlaza fragmentos de vídeos musicales del archivo de TVE y nos recuerda cómo ha pasado el tiempo y cómo hemos cambiado en pocas décadas; se emite en La 2 y Radio 3 y son capaces de enlazar a Lola Flores con Manos de Topo. Tic, tac, toc. Reflektor, un punto del firmamento en el que confluye la magia de Arcade Fire con la profesionalidad de James Murphy. Tic, tac, toc. La Gran Belleza, lo mejor del cine italiano desde Fellini es una copia de Fellini, qué paradoja, una peli burlesca y cruel con el mundo actual que sugiere que la nada y la vida y el todo a la larga son una misma cosa. Tic, tac, toc. Responda otra vez…

Oro en Sidney

El cine y la literatura están repletos de historias de fracasados, desde el Buscón hasta Bukowski, desde el Buscavidas hasta el Toro Salvaje. Algo nos conmueve ver a Jake LaMotta, fracasado, solo y gordo, recitando chistes amargos en un bar decadente después de haber rozado la gloria en el cuadrilátero. Es muy llamativa la predilección que muestra un amplio espectro de consumidores por este tipo de personajes, si bien no creo que a ellos mismos les hubiese gustado ser tan, digamos, protagonistas. La historia de Mario Trujillo es una de ellas, una vida trazada como sucesión de despropósitos y desgracias.

La familia de Mario era oriunda de Santa María de Poyos, un pueblo de Guadalajara conocido simplemente como Poyos. Sus padres tuvieron que emigrar pocos años antes de que él naciese porque el pueblo iba a ser inundado en la creación del embalse de Buendía, 1956. De hecho, su boda fue la última que se celebró en Poyos. Debe ser muy triste ver cómo tu pueblo va siendo lentamente arrasado por millones de litros de agua para quedar sepultado para siempre.

El Gobierno los reubicó en Paredes de Melo y les ofreció que escogiesen entre tierras o dinero. Prefirieron el dinero con el objetivo de poner en marcha un negocio, pero el propósito quedó en ilusión y cual cigarras se dedicaron a gastar ociosamente la pequeña fortuna. Unos años después, cuando ya en Paredes se había juzgado su fertilidad, nació Mario, primer y único hijo.

Todos los años la familia regresaba religiosamente a la ermita de San Andrés, cerca de Poyos, para celebrar una romería en honor a la Virgen de la Soterránea el cuarto domingo de septiembre. Allí se reunían con otras familias emigradas de Poyos en un ambiente que combinaba la alegría con la añoranza. Además de para bailar y beber y llorar la memoria de su lugar común, la romería servía para tomar el pulso de cómo le iba la vida a cada vecino, para informarse de si habían triunfado o fracasado en esa oportunidad de empezar de cero. Muchos no confesaban que les resultaba placentero demostrar que les iba mejor que a los demás.

A mediados de los ochenta, al regresar de la romería anual al anochecer, la familia sufrió un accidente de tráfico en las curvas que unen Buendía y Sacedón alrededor del embalse. El alcohol enderezó el alquitrán en la mente abotargada del padre de Mario y cayeron por un barranco que desembocaba directamente en el embalse. No llegaron al agua porque dos robustos pinos frenaron su caída, lo que no pudo evitar que su madre falleciese en el acto. Su padre murió de pena, y pobreza, pocos meses después. Mario sufrió daños cerebrales y quedó inmóvil de cadera hacia abajo; no pudo volver a mover las piernas ni a sentir su pene ante ningún estímulo.

Huérfano y discapacitado, encontró en el baloncesto su único motivo para vivir. Pasaba horas y horas intentando encestar en un aro que desde la silla de ruedas se ve muy lejano. Fue convocado en la selección nacional paralímpica que defendería los colores de España en las Olimpiadas de Sidney 2000. Ganaron el oro, si bien su presencia fue testimonial dado que era uno de los dos únicos discapacitados reales del equipo. Un equipo de tramposos que sólo contaba con Mario para permitir que sus rivales se acercasen en el marcador y las victorias no fuesen sospechosas por abultadas. Aquel año España obtuvo 107 medallas, clasificándose tercera en el medallero por detrás de Australia y Gran Bretaña. Mario regaló su reluciente medalla de oro a un primo segundo de diez años para borrar de la memoria un recuerdo inmoral e injusto y hacer feliz a un niño que ignoraba su origen tramposo.

Como definió Joyce a su dublinés McCoy, la vida de Mario no fue la línea más corta entre dos puntos. Poco después de las Olimpiadas se enamoró de una de las limpiadoras del centro de parapléjicos de Toledo, Ana. Con ella mantuvo una relación desafortunada donde prevalecía el aburrimiento a la pasión y el pragmatismo a la ilusión. Uno más de los sinsabores de su vida, una mujer con fuerte personalidad que hurgaba en su fragilidad para sentirse poderosa y que lo abandonó cuando percibió lo menguada que estaba la cartilla de Mario a pesar de la indemnización del accidente.

A día de hoy Mario sobrevive en Toledo, no sé mucho más de él, pobre, virgen y solo. Es difícil cortar este relato con un soplo de esperanza y, aunque es cierto que Mario no tiró el dado del azar en ninguna de sus desgracias, resulta complicado pensar que en lo que le queda de vida pueda remontar a lo alto de la rueda de la fortuna. Le deseo lo mejor.

Formateando…

Algo se muere en el alma cuando un disco duro se va. Se rompa físicamente el lector o se enrede de forma anómala el sistema de ficheros, la pérdida de tantos y tantos ficheros personales de un disco duro siempre supone un trauma. Al menos a mí. Y volvió a suceder hace poco tiempo. Ninguna de las opciones conocidas de rescate funcionó, hubo que empezar de cero. Y mientras la barra de progreso de la re-instalación iba avanzando, me embargaba un sentimiento de temor ante lo perdido, una especie de miedo al futuro próximo en el que fuese a echar mano de un documento desaparecido en la maraña de bits. No es que te duela algo, pero tienes miedo porque sabes que te va a doler en breve. Algo así como una pre-preocupación. Y sin embargo, fueron pasando los días y ese temor fue decayendo hasta que me di cuenta de qué pocas cosas necesitamos y cuántas guardamos.

Cuando uno pierde el móvil, sobre todo cuando no había tanta sincronización de datos, la agenda le preocupa más que el propio dispositivo. Se apura a comunicar a todos sus conocidos que requiere sus números porque los ha perdido y teme no tener a quién llamar (sic) o desconocer quién le llama. Ese paso no es necesario porque la inercia te lleva a recopilar en breve los teléfonos que realmente te interesan, que son los que «te usan». Y a la larga siempre tendrás un amigo que tenga el teléfono de otro que necesites, así que no debería suponer ningún trauma perder la agenda telefónica.

¿Qué nos es imprescindible? Ponte a sumar y restas todo. Las fotos imprescindibles de nuestra vida al final no las volvemos a ver salvo por tropiezo, la pulsera que nos regaló nuestro mejor amigo en la feria del pueblo vecino a los catorce años ni siquiera recordamos de qué color era, nuestra chica de juventud la recordamos con frecuencia, pero como si hubiese pertenecido a otra vida (ni que hubiésemos tenido otra). Hay gente que no sé para qué querrá tantos menús de boda y comunión, tantos programas de las fiestas patronales, tantos muñecos de peluche, tantos novios en otras vidas.

En realidad es más sano reiniciar, limpiar la memoria volátil, conservar en el disco rígido sólo lo necesario (que no es lo más importante), evitar información nociva y aligerar procesos redundantes u obsoletos. Sólo formateando y empezando de cero se puede conseguir huir de hábitos adheridos a rutinas viciadas y reconfigurar de inicio nuestra imagen.

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P.S. Sí, todos sabemos lo que es un backup, ¿y qué? También sabemos que tenemos que comer manzanas y judías verdes pero pedimos hamburguesas y vino.

La maldita Isla de Pascua

GSB en Isla de Pascua
GSB en la Isla de Pascua.

No tengo miedo a hartarme de ti, es lo que pretendo,
no tengo miedo a repetir errores horrendos.
De humanos es errar y errar y nadie ha visto el averno
no tengo miedo a repetir, no tengo miedo.

[Mañana, tarde y noche, Sr Chinarro]

Un ex-compañero de tesis y fútbol, que sabe que hay que empujar la bola cuando está en la línea de gol y que tiene las conexiones neuronales tan atípicas que estudia programación declarativa, me prometió hace años que iría a la isla de Pascua con la camiseta ganadora del pasado concurso de este blog en honor a una cita de Henry Miller que leyó por aquí:

«¡Personna non grata! ¡Joder, qué claro lo veo ahora! No había dónde escoger: tenía que tomar lo que había a mano y aprender a apreciarlo. Tenía que aprender a vivir con la escoria, a nadar como una rata de alcantarilla o ahogarme. Si optas por incorporarte al rebaño, eres inmune. Para que te acepten y te aprecien, tienes que anularte, volverte indistinguible del rebaño. Puedes soñar, si sueñas lo mismo que él. Y en cuanto te vuelves algo diferente, te encuentras en Alaska o en la Isla de Pascua o en Islandia

A la vista está que cumplió su promesa y cerró el círculo: gin soaked boy desterrado a la isla de Pascua. Por no soñar bien, por no balar bien. El doctor Rubio tampoco sabe echar cagarrutas esféricas y negruzcas, y se niega a resignarse a que los ricos hagan trampas y a que reinen los herederos. No creo que lea las noticias que deprimentemente suelen encaramarse a los diez primeros puestos de las noticias más leídas en cada periódico digital ni creo que sume uno a los telespectadores de los programas más vistos. Eso le puede causar un problema que magistralemente resume un pintor pedroteño: «o te aclimatas o te aclimueres». Y entre esas dos aguas nos movemos todos, matando y muriendo.

Ahora que a ese rubio manzano le crecen los frutos casi en las antípodas está aprendiendo a pensar del revés, como no podía ser de otra manera para un experto en Prolog, y a ver los sumideros de agua tragando con un giro inverso al que veía en los secarrales manchegos de toda la vida. Eso me contaron en el cole y me lo creí, pero no he bajado del ecuador para comprobarlo. En realidad, me da igual, es física, no química.

Él se gana las castañas en una universidad sudamericana de nombre divertido, Bio Bio, y ya es de los que teme más a los terremotos que a los políticos. De él, como de tantos amigos, pienso que acertaron al lanzar su destino hasta otras latitudes. También creo que tendrán complicado dejarse imantar por su patria, por sus cosas. Aunque en ello confiamos, siquiera sea por echar una cerveza en El Perro o darle otro pase de gol.

La mano en el fuego

¡Sonamos, muchachos! ¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo,
después es el mundo el que lo cambia a uno!

[Mafalda]

Pistorius. Lance Armstrong. Amy Martin. Isabel Pantoja. Bárcenas. Por quién pondrías la mano en el fuego. Cuando los periodistas -como Ansón– atacan despiadadamente para luego confirmar que su información no estaba contrastada. Cuando los políticos se centran en vender su producto en vez de en madurarlo y en atacar en vez de en demostrar. Cuando los reyes van a las fincas cercanas de cacería con poderoso personal de confianza y chicas confiadas de poderosas virtudes. Cuando los investigadores se preocupan más de buscar financiación para su próximo congreso en el otro lado del mundo que del beneficio del mismo. Cuando los informáticos subcontratan a chinos y/o indios para que hagan su propio trabajo. Cuando unos se escandalizan por la desvergüenza del informático sin mirar la ropa que visten. Cuando otros aborrecen los sueldos de color oscuro mientras gustan de jugar siempre al margen de la ley. Cuando los poetas quieren ser trascendentales y a lo único que pretenden es follar más. Cuando quieres aspirar a todo pero rechazas luchar por conseguirlo y prefieres llorar en cualquier esquina tu frustración. Cuando los intelectualoides admiran en el fútbol una mística estúpida. Cuando los borrachos se machacan en el gimnasio y les duelen los triglicéridos mientras los deportistas toman gintonics de veinte euros creyéndose ante una obra de arte. Por quién pondrías la mano en el fuego. Podremos ser tontos pero no debemos ser ingenuos.

Ahora todas las farolas de las autovías están apagadas y los baches se multiplican sin misericordia en el asfalto de cualquier población. Quizá nunca las volvamos a ver encendidas. Ojalá, como escribió Dickens, llegue la primavera de la esperanza tras el invierno de la desesperación. Me niego por igual tanto a declarar irreversible la catástrofe como a brindar por una cercana época dorada. Viviré una guerra, pero no será ahora y no será aquí, y me pillará demasiado viejo para ser ágil y demasiado joven para esquivarla. Cómo terminará no lo sé, no es lo importante. Eso de que aprenderemos la lección es mentira, de los fracasos se aprende pero a la postre los errores se olvidan. Podremos ser tontos pero no debemos ser ingenuos.

La sobredosis de información es abrumadora. Me sobra el noventa por ciento de lo que leo pero me falta el noventa por ciento de las cosas que no me quieren contar. Con esta perspectiva es inevitable aborrecer la actualidad. Sólo merece la pena indagar tras retazos de intimidad y detalles de cómo se las arreglan otros: «se trata básicamente de tirar para adelante y hacer las cosas de forma tan sencilla que parezcan estúpidas. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que aspiraba a la trascendencia; fue la etapa más insufrible de mi vida. Colaba frases de Shakespeare en algún reportaje, pretendía emocionar en las columnas o hacía pomposas reflexiones acerca de la vida y la muerte que daban vergüenza ajena leer. Pero he abominado de la solemnidad.»

Supongo que cada uno tiene una clave de supervivencia, única incluso aunque sea clonada de imposiciones televisivas. A algunos les da por empezar a leer el diccionario desde el principio, que no juzgaré si es más lógico que leer Si una noche de invierno un viajero. A unos amigos les dio por comerse todas las hojas del tablón de anuncios de un bar, eso sí, bien aliñadas con aceite y vinagre. Incluso bandos municipales se tragaron. Los curiosos que merodeaban se atrevían a probar el supuesto manjar después de llamarlos locos y antes de llamarlos héroes. También los hay que sólo quieren joder al mundo, por eso de la autodefensa, como Alan Sillitoe. Supervivencia y efecto acción-reacción.

Falta la reacción.

Specialized

Josef Ajram ya no necesita presentación, como no debiera nadie capaz de terminar un Ultraman (10 Km. a nado, 420 Km. en bicicleta y 48 Km. a pie). En su caso lo insólito empieza ahí y termina en su trabajo como day trader en la bolsa, ese ente invisible y fundamental para nuestros designios aunque la mayoría no sepamos ni descifrar sus mensajes ni las de sus analistas; también los hay que se creen profetas del gremio y no pasan de lustrabotas, con todo mi respeto, pero si hay dos ámbitos en los que los familiarizados presumen de expertos son el mus y la bolsa.

Pues eso. El otro día publicaron en JotDown una entrevista realmente interesante (como suelen) a Josef Ajram en la que se hablaba desde el Where is the limit? como forma de vida hasta que en los últimos tiempos los valores de la bolsa predicen un final de la crisis próximo. De una entrevista tan extensa lo que más me hizo reflexionar fue la obsesión por la especialización, la convicción de Ajram en que cada persona debe ahondar en una faceta hasta convertirse en un experto y aprender a explotar ese conocimiento único. En un mundo tan interconectado, especializado y evolutivo es sin duda un buen método de supervivencia el conseguir destacar en un aspecto. Entre otras cosas es preferible ser un gran panadero a un mediocre ingeniero. Somos tantos que solo te podrás vender si puedes ofrecer un valor añadido, aunque sólo seas el mejor mondador de pipas de Europa.

En realidad, no me resulta demasiado atractiva la idea de la especialización. Un antiguo compañero de la universidad defendía que debíamos ir rotando de trabajo cada dos años por salud mental y por amplitud de miras. Un cambio provoca activación y motivación, lo cual genera movimiento y fluidez; en resumen, que Heráclito tenga razón y el agua no se estanque. En algunos países muy desarrollados es habitual el cambio de área laboral, algo impensable por aquí, donde se suele considerar el número de años de experiencia en el sector como el factor único y determinante para ser contratado. Pero qué bonito debe ser ir experimentando en diferentes campos en busca del ideal o simplemente por cuestión de aprendizaje y conocimiento de un mundo tan grande y complejo.

Supongo que ambos enfoques son válidos, por qué no, siempre y cuando se ponga pasión y atención en la tuerca a la que debas darle vueltas. Imagino que lo realmente valioso no consiste en acumular conocimientos sino en aprender a relacionarlos, en tejer una red que relacione las aptitudes adquiridas y que permita dar forma a una visión personal del mundo más completa para, en definitiva, conocer las fuerzas que inciden en el movimiento del mismo.

¿En qué planeta las hormigas piden al elefante que rinda cuentas de sus pisadas?