Te puedo enamorar, yo te puedo inspirar. Te puedo envenenar y te puedo curar. [Porcelana, Rosalía]
Hay artistas que, cuando alcanzan la cima, descubren que la vista no les basta. Que el paisaje que todos envidian, una vez allí, no llena. Que el ruido del éxito —ese ruido que parece prometerlo todo—, en realidad, solo amplifica silencios interiores que no se pueden esquivar para siempre. El célebre «toda realidad ignorada prepara su venganza». Y entonces empiezan a mirar hacia otro lado, hacia dentro, hacia arriba. Rosalía está justo ahí: en ese punto delicado donde la vida se vuelve pregunta.
Es curioso observar cómo alguien que ha vivido rodeada de focos, giras, premios y titulares internacionales termina girándose hacia una cosa tan antigua como la fe, como si necesitara posar la mano en algo que no se mueve. Ella habla de Dios sin solemnidad, casi con timidez, como quien confiesa una verdad sencilla que llevaba tiempo guardando. Y lo hace con esa mezcla de inocencia y lucidez que desarma: “Dios es el único que puede llenar los espacios”, ha dicho. Como si lo que antes eran huecos ahora fueran heridas, o sed.
Su nuevo rumbo artístico no es una pose —al menos no suena a ello— sino más bien una consecuencia. La consecuencia de haber descubierto que el brillo cansa, que la intensidad no sostiene y que la fama, por sí misma, no explica nada. La trascendencia, en cambio, ofrece algo que no se puede medir: un sentido, un orden, un horizonte. Lo sagrado aparece en su vida no como ruptura, sino como continuación de algo que ya estaba allí, quizá escondido entre la voz de una abuela, las iglesias de su infancia o una educación sentimental que nunca terminó de apagarse del todo.
En su música reciente hay un recogimiento nuevo, una desnudez que no es teatral, sino íntima. No se escucha la urgencia por impresionar, sino la necesidad de decir la verdad como puede, con las palabras que encuentra. Y esa búsqueda —porque al final todo esto es una búsqueda— conecta con algo profundamente humano: la intuición de que lo material no basta, de que lo inmediato no explica la profundidad de ciertos anhelos, de que hay cosas que solo se comprenden frente al misterio.
Lo bonito del caso es que Rosalía no predica: comparte. No impone: sugiere. No levanta dogmas: tiende puentes. Su giro espiritual no es militancia, es vulnerabilidad. En un tiempo en el que nos da miedo mostrarnos necesitados, ella dice públicamente que sí, que necesita a Dios, que necesita trascender, que necesita algo que la sostenga desde fuera. Y esa confesión —tan simple, tan humana— la vuelve más cercana que nunca.
Hace unos meses, en septiembre de 2025, el nuevo obispo de Ciudad Real manifestó su preocupación por la «pérdida de trascendencia», asociándola a una sociedad líquida que olvida sus referentes y desprecia la preocupación por lo que no sea material y tangible. Supongo que hay varias formas de trascender. Al tiempo a través de la descendencia, al tedio a través de una obra grande, al espacio a través de lo no visible ni abarcable, es decir, lo espiritual. Y cada uno enfoca su mirada en un sentido trascendente para tapar las miserias de nuestra insignificancia.
Quizá por eso su nuevo lenguaje musical tiene algo de plegaria y algo de carne. Algo de cielo y algo de tierra. No niega lo que fue, pero tampoco se conforma con ello. Busca, pregunta, duda, se expone. Y mientras lo hace, muchos oyentes descubren que sus propias preguntas se parecen más de lo que pensaban a las de una artista global que, al final, solo intenta comprenderse a sí misma. En resumen, la historia de Rosalía, en este momento de su vida, no es la del éxito: es la de la sed. Y pocas cosas mueven más que eso.
Atardecer en Villaescusa de Haro [Javi Villas, 2o25]
El mal no prevalecerá. [León XIV]
No ha sido un año cualquiera este 2025. Sin turismo pero con miles de kilómetros. Sin literatura pero recorriendo mil mundos. Sin tiempo pero con una pierna implorando reposo y calma. Sin elecciones pero con terremotos políticos. Unos meses atípicos que no se pueden recorrer de forma cronológica sino como explosión de fogonazos…
Una mañana de sábado a principios de año, el pequeño garrapato me preguntó:
– Papá, ¿por qué casi todo el día estás trabajando? ¿cuántas cosas tienes que hacer? ¿tres mil más o menos?
En realidad, no sé si tengo unas tres mil cosas que hacer. Las que se me ocurren son muchas más, las necesarias muchas menos. Escribir estos párrafos solo para un puñado de gente no sé en qué categoría entra, es ya casi una tradición navideña. Vamos allá.
La obsesión numérica de Alfonso también se manifestó sobre Dios en una misa triste en Pedroñeras (papá, ¿cuánto mide Dios exactamente?) y sobre los pinos del Pastel una tarde de bici (papá, yo creo que nuestros pinos van a ser árboles dentro de dos o tres años, porque para ser árbol hay que medir tres con cincuenta). Fijación compartida, de momento, también con Cayetano.
El 25 de enero María José se examinó del MIR, y ese día estuvimos rezando en silencio, con fe y un respeto vecino al temor. El examen más importante y conclusivo de todos y para todos, el final de un ciclo de muchos años en un complejo carrusel. En mi agenda era uno de los dos días más importantes del año, junto al 23 de agosto. Y todo salió bien. Aique, vosotros, siempre, todo, perfecto.
Como unas semanas después estuvimos de excursión en Valladolid con César y Fernando, consideramos conveniente recomendar a María José esta ciudad para su futuro: castellana pura, sobria y elegante, ni grande ni pequeña, ni cara ni barata, ni demasiado cerca para venir todos los findes ni demasiado lejos para acudir a una urgencia. Allí Santiago devoró, con poco más de seis meses, el lechazo al horno del excelente asador de la Parrilla de San Lorenzo. Una región de vino y cordero no puede ser un mal lugar para vivir.
El miércoles 26 de febrero regresaba de un pleno en la Diputación de Cuenca cuando, al pasar Torrejoncillo del Rey, se encendió una alerta roja en el cuadro de mandos del salpicadero del Golf. Y allí, junto al cementerio de Palomares, falleció el Golf después de 16 años de feliz compañía a los casi cuatrocientos mil kilómetros. A pesar de su veteranía, lucía juvenil y actual. Qué recuerdos de tantos viajes, al camping de Comillas, al bungalow de Aveiro, al hotel de Punta Umbría, al caseto de calor infernal de Mazarrón, al puerto de Cadaqués. En agosto de 2017 se atrevió, temerario, a recorrer los parajes más inhóspitos de la serranía de Cuenca entre el Hosquillo y Poyatos en «la actividad» hasta casi quedar encallado en el pedregoso barranco de un riachuelo. Y solo dos sustos, uno en la autovía llegando a Ciudad Real con Pablo por sueño y otro llegando al pueblo desde Belmonte con Inma por nieve. Ahora está achatarrado con la tarjeta de memoria de música puesta, por si acaso otra vida con PJ Harvey o Nacho Vegas.
En abril emparedamos la Semana Santa entre el Patrimonio Maridado y el concierto del Oficio de Tinieblas del Coro Alonso Lobo. Ambos eventos fueron un éxito rotundo a recordar con cariño, aunque Alfonso odie la Semana Santa. En Domingo de Ramos: «papá, yo voy a misa si va el abuelo Pepe». En Jueves Santo: «mamá, ¿para qué me quiere lavar los pies Fernando en misa si me acabo de duchar?». En Domingo de Resurrección: «¡No quiero volver a oír en mi vida la palabra ‘vaqueros’!». Aunque sabe cual es su equipo: «los cristianos somos los de Cristo y los judíos son los de Judas».
El 28 de abril sufrimos el gran apagón. Alrededor de las 12:45 horas se fue la luz en toda España al mismo tiempo. Parecía una broma. Lo recordamos como anécdota pero nos hizo conscientes de nuestra fragilidad. Fue milagroso que Inma pasase con el coche por la puerta de la Audiencia Provincial tras un acto de toma de posesión del nuevo presidente, al que tuve que asistir, porque no nos podíamos comunicar. Escuchamos la radio en familia después de cenar con velas, nada trascendental, pero qué reconfortarte sentirte bien y en casa, como si estos sustos sirviesen para valorar lo que se tiene. La luz no llegó hasta casi las 2 de la madrugada.
El 24 de mayo vivimos una experiencia única en el Bernabéu con la despedida de Modric y Ancelotti tras un partido del Real Madrid contra la Real Sociedad. Quizá Cayetano y Alfonso no sean todavía conscientes de su privilegio de asistir en primera fila del nuevo estadio al homenaje a uno de los mejores mediocentros de la historia del club en una soleada tarde de sábado. Nos pilló la cámara de televisión en la despedida con ojos emocionados, aunque la realidad es que Alfonso estaba recién despertado de la siesta y a mí me atacaba la alergia primaveral.
En esa época, no sé qué día fue, inauguraban una exposición de fotografía de José Manuel Navia en la casa Zabala. Me senté enfrente de la catedral de Cuenca para hacer hora. Se acercó un grupo de turistas con una guía que les explicó la historia de la ciudad. A modo de conclusión, y no sé a cuento de qué, la guía terminó diciendo: «y desde entonces una decadencia que llega hasta nuestros días». En esa frase se resume Cuenca: pesimismo manifestado. Puede parecer anecdótico, pero a lo largo del año me ha llegado el eco de ese desánimo que se siente en cada paseo por la ciudad, y en cómo esa visión derrotista cala también en las decisiones políticas, y, sobre todo, para saber de qué perspectiva vital se debe huir.
A principios de junio me acerqué con Fernando un par de días a Silos a un congreso de Patrimonio Monástico Medieval. Una experiencia para gente singular -rara en grado sobresaliente- en una sociedad homogénea, de sensibilidad sosegada en un mundo frenético, de frío secular en una actualidad de hirviente efervescencia, de románico y gótico en un contexto minimalista. Vine fascinado con la pasión, memoria y cultura de todos los asistentes. Querría repetir, y seguir aprendiendo.
El 8 de junio celebramos la novena edición del Duatlón Cross del Queso en Aceite. Creo recordar que todo salió extrañamente bien a pesar de las muy notables ausencias de Bernardo, responsable de recorrido y de plancha de panceta, y de Nacho, coordinador de inscripciones, bolsas del corredor y cronometraje. Me tocó multiplicarme, no sé ni cómo, pero sí recuerdo andar frenético con la furgoneta municipal remarcando algunos tramos y señalizando el pueblo en mitad de la prueba. En algún momento de la mañana estaba haciendo tres cosas al mismo tiempo, como un mono en el circo. Este estrés no sería significativo si no fuese por la tarde de ese domingo.
Como la mayoría de los domingos por la tarde, también ese bajamos a jugar un partidillo de fútbol al patio del colegio con el gorilaco, el garrapato y sus compañeros del cole. A la media hora de pachanga, mientras reculaba en defensa, sentí un gran estacazo en el talón que se escuchó como un golpe seco. Pensé que me habían tirado una piedra desde la calle, lo cual era inverosímil. Después pensé que alguno de los chicos me había dado una patada descomunal, lo cual tampoco podía ser real porque estaban todos delante de mí y no tienen tanta fuerza. En ese momento caí al suelo dolorido y fui consciente de lo que había pasado. Le pedí a Cayetano que me acercase el móvil que había dejado detrás de la portería para llamar a Inma y decirle que viniese a por mí porque me acababa de romper el tendón de Aquiles. Apoyado en Abdullah y Cayetano, salí a sentarme en la acera para esperar al coche. Cuando Kobe Bryant sufrió la misma lesión, tiró dos tiros libres antes de irse por su propio pie al banquillo. Y esa tarde cambió el rumbo del año porque me convertí en alguien dependiente durante varias semanas.
Los dos mejores libros me llegaron en esas semanas de incapacidad por el tendón de Aquiles. Fouché, retrato de un hombre político (Stefan Zweig) es un pormenorizado repaso a la biografía del político francés Joseph Fouché, un político sin escrúpulos que medró tanto con Robespierre en la Revolución Francesa como con Napoleón en su etapa imperial. Quizá de las mejores obras del austriaco por su espíritu analítico, su interés histórico y su ritmo ágil. Y La península de las casas vacías (David Uclés), que venden como una de las mejores novelas en español del 2024 y que narra la historia de una familia durante la Guerra Civil en tono de realismo mágico. Ha sido alabada por muchos y denostada por otros tantos, sobre todo porque achacan al autor un notable e indisimulado sesgo político. Pero más allá de eso, es una novela magnética, una obra de orfebrería y delicadeza, un gozo para un lector desprejuiciado. Quizá le sobra ambición juvenil, que se traduce en grandilocuencia y extensión exagerada, pero es un pecado venial para un novela tan singular.
A finales de junio se rompió la bomba del pozo de agua del pueblo. Neme avisó con antelación y, gracias a eso, pudimos activar mecanismos de control para que, a pesar de no poder sacar agua, todas las casas tuviesen suministro durante el fin de semana. Pienso en el esfuerzo que hicimos, en cómo coordinamos los medios, a la empresa de sustitución de la bomba, las cisternas de Diputación, los pueblos solidarios que nos daban agua, etcétera, y creo que no da igual. Que nunca da igual. Quinti descubría la tubería, Neme podaba la carrasca, Zaca me llevaba en su coche porque yo iba en muletas, publicábamos minuto y resultado a través de bandomovil. Podíamos haber estado cuatro días sin agua y, sin embargo, solo faltó unas horas del último día. Nunca da igual aunque no se note.
La pierna averiada impedía ir a la playa o hacer planes veraniegos, pero no era hándicap para asistir a conciertos. Y, aunque no hemos sido habitualmente muy aficionados a eventos musicales más allá de los que nos pillan a mano, Inma y yo aprovechamos el verano para disfrutar de tres conciertazos: en junio con Andrés Calamaro en Uclés, en julio con Lori Meyers en el botánico de Madrid y en septiembre con Xoel López en un pueblo toledano. Y han sido tres conciertos inolvidables que conservo con gran cariño, como pequeñas joyas en la memoria, tan inolvidables que lloré sin pudor en los tres, con Cuando te conocí de Calamaro, con Luciérnagas y mariposas de Loslori y con Tierra de Xoel. Y es que cada vez tengo más claro que la música es el arte supremo, el arte del sentimiento íntimo sin necesidad de aspirar a rasgar estímulos intelectuales.
Las semanas de reposo de junio fueron agradecidas porque facilitaron un reposo necesario, pero el mes de julio fue eterno, un mes que duró cuatro: con limitaciones físicas, sin deporte, sin piscina, sin vacaciones, con mucho calor, desanimado, maniatado. Un día me caí con las muletas entre la casa de mis padres y la nuestra, humillado ante la fragilidad de nuestra cotidianidad. Jamás pensé que coger un vaso de agua desde el grifo hasta la mesa podía convertirse en una gesta épica. En agosto comencé la rehabilitación en el centro de salud de Belmonte. Y todo eran primeras veces. El 6 de agosto, dos meses después, volví a conducir. El 24 de agosto fue mi primer baño del verano en la piscina. El 8 de septiembre, tres meses después de la lesión, por fin me quite la bota ortopédica, que tiré con asco y rabia al contenedor.
El 2 de agosto nació Inés en la casa de Teófilo en el pueblo. Lo escribo para ser consciente de que así fue. Con Inma como asistente al parto por videoconferencia, con Teófilo con matrón improvisado y con María Dolores como auxiliar de enfermería. Qué bonito cuando las cosas salen bien. Al llegar a la casa, pensé que todos iban a estar llorando de emoción y nervios, pero estaban tan concentrados en su misión que ni siquiera les había dado tiempo a palpar la realidad. No había ni siquiera restos de sangre, solo una recién parida feliz con un empapador a modo de bragas y un bebé colgando de su ombligo. Cogí a Teo para llevarlo a casa de Yoli y, en el trayecto, radiante, me dijo «menudo jaleo, no me han dejado dormir nada». Yoli se fue a la panadería a comprar una torta para que Teo celebrase en el desayuno el nacimiento de su hermana pequeña.
Unos llegan y otros se van, y solo en esa alternancia tiene sentido la vida, en el equilibrio de las almas que ocupan nuestro corazón. En mitad de las fiestas de agosto falleció el tío Emilio. Me lo dijo el tío Jesús cuando vino a traer la carne de las calderetas de las fiestas el 16 de agosto por la mañana y no podía creer que fuese verdad, así tan repentino. Creo que fue la primera vez en muchos años que no me quedé a comer caldereta porque prefería estar en casa. Una noche de esas, y aunque Silvia me diga con picardía que Cayetano es «muy dramático», el gorilaco miraba al cielo como imaginando una cúpula con todas las estrellas pegadas en el techo, y me preguntó «papá, ¿por qué el cielo está tan alto?». Quizá sea de las preguntas más difíciles de responder, tampoco sabemos qué hay más arriba de esa cúpula, ni dónde está el cielo de los nuestros.
Una semana después, el 23 de agosto, llegó la boda de Yasmín y Pablo. Durante toda la semana pensé que podía terminar como desastre y no como celebración; no dormía pensando en todas las tareas pendientes para última hora. La enfermiza obsesión por la responsabilidad. A falta de cuatro días, Pablo me insinuó, tranquilamente, que daba por hecho que me tocaba abrir la misa con la monición de entrada. Y era un momento que temía porque la emoción podía llegar a ser inoportuna por inevitable. Terminé hablando en misa de un documental sobre un caníbal alemán, de repartir helados en su bautizo, y recordando que, detrás del artificio y el egoísmo, siempre queda la familia:
Durante estos días he recorrido mentalmente nuestra vida en común, un viaje que solo interesa a nuestro corazón y nuestra memoria, pero me gustaría compartir un momento porque está ligado con el matrimonio. En marzo de 2008, jugando al fútbol, el codo te rompió en mil pedazos. Te trasladaron al hospital para que el traumatólogo te recompusiese el puzle y te dejaron ingresado. Yo acababa de aterrizar de un viaje a Londres y fui directo a Cuenca. Allí me quedé a pasar contigo la noche para que nuestros padres volviesen a casa. Cansado del viaje, incómodo en un sillón infernal del hospital, preocupado por el futuro de tu brazo, medio leyendo un tebeo y medio viendo un documental sobre canibalismo, te acompañé aquella noche de marzo. Y no lo recuerdo como un deber, sino con regocijo y cariño, como se pide estar en “la salud y en la enfermedad” en el matrimonio: que la convivencia no se convierta en un calvario resignado, sino que se celebre cada día el privilegio de la compañía mutua.
Ese día, a primera hora, acudí a la iglesia como supervisor del evento, tarea más o menos autoimpuesta por los nervios de la incertidumbre. Coloqué, cojo, las vallas para que no hubiese coches en la plaza. Recoloqué las mesas altas del cocktail sin avisar, puse los regalos personalizados, pagué a los músicos de la iglesia y del cocktail, regalé unos gemelos al novio, conversé con Fernando y la florista. Las horas previas fueron eternas.
Y, al final, la boda salió a pedir de boca a pesar de que todo pendía de un frágil hilo. La ceremonia, la elegancia, el tiempo, las palabras de agradecimiento de los recién casados, la música de jazz ambiental. El vino blanco estaba caliente, el sorbete en caldo, el postre sin helado, pero esos detalles no empañan un día inolvidable. Y la mejor barra libre de la historia, por ubicación, animación y actitud. Para más información se remite al álbum de fotos y al vídeo de la boda, que termina con un espectacular carrusel de gente bailando digno de La gran belleza de Sorrentino.
El 3 de noviembre se inició un terremoto político. A primera hora de la mañana se anunció que Benjamín Prieto dimitía como presidente provincial. Era mentira pero fue realidad. Y noviembre fue eterno; no como julio que lo fue por anodino sino, esta vez, por intenso. Lo registré aquí de forma detallada para que quedase constancia. Una tarde de ese mes de planteamientos políticos, le pregunté a ChatGPT por mi perfil político y respondió que soy «un político de trinchera y territorio con vocación institucional».
El mismo 3 de noviembre me entregaron la nueva Caddy. Es la tercera vez en mi vida que compro un coche pero la primera vez de varias cosas: nuevo, híbrido, siete plazas. Lo estrenamos en un viaje a Valladolid a finales de noviembre, como si ya no hubiese más destinos en España. Parece una buena decisión, el tiempo será notario de esa sospecha.
2025 ha sido el año de la fragilidad: el cuerpo es frágil, la red eléctrica se cae, el organigrama político es un dominó inestable, los coches y las bombas de agua se rompen, las bodas penden de un hilo. Y, aun así, lo frágil puede resistir.
Me pregunta Inma qué pienso del futuro próximo ahora que desembarca 2026 y el terremoto político sigue activo. Contesto, por comodidad, que volveré a ser informático, aunque huelo incertidumbre. Tengo pendiente redactar un manual de ética para políticos —no venderá ningún ejemplar—, elaborar una guía turística para misántropos con lugares donde ir sin que te moleste nadie —tampoco será un éxito, porque perdería su esencia— y hacer un podcast sobre la historia de la Bella Excusa con Juanma y colaboradores para que sus conocimientos queden en otro formato.
En realidad, tengo mil proyectos y ningún plan maestro. No hay estrategia prevista para 2026, salvo la de evitar convertirme en un cínico cómodo. Los pinos crecerán casi hasta ser árboles, el cielo seguirá alto y lejos, Alfonso gruñirá, Cayetano abrazará, Santiago hablará. Y, aunque todavía camine con torpe fragilidad, pronto volveré a correr.
P.S. Vuelvo a ChatGPT para pedirle ideas para este texto y se limita a decirme que «la mezcla de ironía seca, ternura contenida y cansancio vital está muy bien calibrada». Cansancio vital, maldita máquina.
Cuando te conocí me dijiste que por mí no ibas a cambiar, ibas a seguir siendo igual, ibas a seguir siendo igual. [Cuando te conocí, Andrés Calamaro]
Ya hablaba Fernando Pessoa en El libro del desasosiego de «monotonizar la existencia» para que no sea monótona. Y hasta tal punto vamos aplananando la cotidianeidad que una calurosa escapada de sábado por la tarde al concierto de un viejo rockero a media hora de casa se podría considerar una honda ruptura de la rutina ordinaria.
En el mismo momento en el que, hace meses, se publicó en la prensa provincial que Andrés Calamaro tenía programado un concierto en Uclés me lancé a comprar las entradas. Ni siquiera sabía cuántas comprar, 2, 4, todas. Incluso la fecha sonaba idónea, 28 de junio, tres días después de mi cumpleaños. Y, paradoja, tuvo que ser una desgracia mecánica lo que finalmente permitió que pudiese asistir al concierto: si tres semanas antes no me hubiese roto el tendón de Aquiles entonces a la hora del concierto tendría que haber estado en un mediocre festival vallisoletano pasando el finde con los jóvenes.
La tarde era muy calurosa y calmada. Al llegar al exterior del monasterio, la organización nos ofreció asientos en primera fila al verme en muletas y con escayola. Agradecimos el detalle pero declinamos y, a la postre, la providencia nos dio la razón. Nos acercamos al bar en el lateral oeste del monasterio, aunque lo llaman «rincón gastronómico» porque mola más y pueden cobrar más caro. Te ofreciste a hacer cola mientras intentaba esconderme debajo de la sombra de un ciprés y saludaba a conocidos: había más alcaldes y periodistas que personas. David Pérez presumía, como comercial de Uclés, de la vista del atardecer desde ese rincón pero no me convencía porque faltaba el mar al fondo, la cola para la cerveza era lenta, se masticaba polvo seco y el calor abrasaba. Era gracioso ver a gente muy concentrada mirando la puesta de sol entre Tribaldos y el polígono industrial de Tarancón como si fuese algo romántico.
Quince minutos antes de las diez pasamos al claustro para buscar nuestras butacas y, a la hora prevista, comenzó el concierto, porque en Uclés se conserva, siglos después, una puntualidad monacal. Me ilusionaba que el repertorio se anunciase como un homenaje a Honestidad Brutal, año 1999. No recuerdo dónde compré ese doble CD con carátula negra y roja, pero sí tengo nítidos recuerdos de la pequeña cadena robada a mi hermana Miriam en la que escuchaba «No tan Buenos Aires» y «Los aviones» mientras hacía la cama en verano. Los dos discos terminaron rallados de tantos giros, casi cuarenta canciones exprimidas hasta la saciedad. Y, en esta tesitura, uno ya confunde si le gusta esa música o, simplemente, le gusta el recuerdo de aquella época de juventud y hormonas huracanadas.
Pero Calamaro ya no tiene treintaipico años y, además, sabe que la mejor manera de ganarse al público es arrimarse a célebres hits de Los Rodríguez como «Sin documentos» o «Para no olvidar». La música de Calamaro es rock de autor, pero Los Rodríguez son, en esencia, lo que se llama «rumba bastarda», una extraña mezcla de rumba flamenca con rock y ritmos latinos, una movida que te incita a bailar sin compasión. Y así pasó, que en el segundo tema ya había sublevación desde las butacas para arrimarse al escenario a moverse. Y, como dice Jesús Huerta en su crónica, «el argentino bendijo la sedición».
Calamaro no tiene treinta pero sí más de sesenta, y ya se siente libre para expresar lo que le venga en gana, porque quiere seguir siendo incendiario aunque le pongan etiqueta de «facha». Él se burla llamando a sus entremeses el «stand up fascista» y, en el fondo, sospecho que no siente la necesidad de expresar sus pensamientos en mitad de un concierto sino la obligación moral de defender la libertad de poder opinar a contracorriente. Ya lo cantaba en «El salmón»: «siempre seguí la misma dirección, la difícil la que usa el salmón». Y, aunque se perdía en divagaciones, se le entendía a la perfección lo que no decía: «¡pero qué carajo me van a criticar los niñatos de hoy si yo viví la dictadura militar de Videla y compañía en Argentina a finales de los setenta!». También no dijo: «he recorrido medio mundo haciendo conciertos y sé lo que cuesta ganarse el pan más allá de limitarse a silenciar y descalificar al diferente».
La sensación era de honda contradicción: el concierto era sentado pero la gente se había vuelto loca en el escenario y los laterales, estábamos en el patio de un monasterio pero se sentía el ansia de irreverente profanación, escuchábamos frases íntimas como «porque quiero dormir y soñar con ella / mientras pasan los aviones» intercaladas con píldoras ideológicas. Vivimos el paradigma del eclecticismo.
Mientras, Calamaro no dejó pasar la oportunidad de definir y acotar el contexto. El pueblo: «estamos en la España de en medio». El monasterio: «el enclave de la OTAN cristiana de la época». El público: «mucho heterosexual y ninguna bandera reivindicativa». El día: «ahora se celebra el Orgullo, lo que siempre hemos llamado el amor los del orgullo heterosexual pachanguero». O el comportamiento: «hacía muchos, muchos años, que no hacía un concierto sin tener un enjambre de móviles grabando el escenario».
Disfrutamos como enanos; yo, canción tras canción, que es recuerdo tras recuerdo, y tú, recreándote en mi gozo. «Los aviones» (duró más el speech que la canción), «Te quiero igual», «Me arde» (cómo encajó), «Cuando te conocí» (se me escapó una lágrima), «Clonazepán y circo» (de mis preferidas), «Crímenes perfectos», y tantas otras. En cada pausa, desde mi butaca de lisiado, gritaba en silencio «¡boludo, no te vayas sin hacer Paloma!». Mi obsesión era escuchar en directo ese tema, que está ya en las semis de mi campeonato mundial de canciones (imposición del cariacontecido impenitente). Cómo de chulo no será Calamaro para meter «Paloma» en el track 17 de Honestidad Brutal para pasar de puntillas.
Y, cuando parecía ya todo perdido, después de hilar dos de sus grandes canciones tras despedirse, «Alta suciedad» y «Flaca», sonaron los primeros acordes y los primeros versos «mi vida, fuimos a volar / con un solo paracaídas / uno solo va a quedar / volando a la deriva». Te dije que la estaba esperando y me contestaste que era la última canción que habíamos escuchado en el viaje, «¿y crees que era casualidad?». No cantábamos, gritábamos desatados: «puse precio a mi libertad / y nadie quiso pagarlo, / te cambio tu corazón por el mío / para mirarlo y mirarlo». No sentí un éxtasis sobrehumano ni pensé que me cantaba solo a mí, como dicen que suele suceder, pero se me metió dentro para siempre.
Tras los bises, unos capotazos de torero mientras sonaba un pasodoble. Qué pensarían las almas de los monjes de esta extraña historia nocturna.
Javier Martos, uno de los revoltosos ministriles aficionados al sacabuche y a la cerveza, me preguntó a quemarropa el día anterior, 5 de julio de 2024, mientras España luchaba contra Alemania en la Eurocopa, por los motivos por los que había apostado fuerte por un concierto de música antigua en un pueblo tan pequeño. Habría sido difícil responderle con un par de frases, pero unas horas más tarde supimos que habíamos acertado. Porque la mística no cabe en la literatura ni en los argumentarios.
Conocí a Miguel Ángel, a Israel y a Vanessa a través de Elena González Correcher y de José Benita el 6 de agosto de 2020, en una visita que hicieron a Villaescusa de Haro en plena ola estival de coronavirus. En aquel encuentro ya me sorprendió que Miguel Ángel conociese al obispo Diego Ramírez de Villaescusa y, sobre todo, sus Diálogos a la muerte del príncipe Juan. Ya nos habló entonces de un proyecto musical para rescatar la figura del obispo que rondaba como idea por su cabeza, una propuesta que ya tenía título, Baculum & Mitram, y, posiblemente, contenido no desvelado. A mí me sonaba caro y remoto, es decir, inviable. ¿Qué intenciones tenía el director del Coro Nacional de España en este pequeño lugar conquense, por mucho que tuviese raíces en Barajas de Melo y fuese este obispo villaescusero el que, hace cinco siglos, mandase construir la iglesia de su pueblo?
Pasó el tiempo y esa idea se plasmó en un atractivo dossier explicativo que estuvo mucho tiempo como pdf en el desktop de mi portátil. Ojalá algún día pudiésemos sacar adelante ese proyecto, parece buena gente, suena convincente. En realidad, no tenía fe en exceso, si bien la fe se define más como proceso que como estado.
Años después, el 11 de febrero de 2023, varios componentes de The Labyrinth Of Voices, dirigidos por el propio Miguel Ángel, se personaron por estas tierras para ensayar, bien abrigados, en la capilla de la Asunción y en la colegiata de Belmonte. En ese momento fuimos conscientes de que no debíamos retrasar más tiempo la materialización de Baculum & Mitram y, entonces, nos comprometimos, quizá un poco a ciegas, a tres bandas: Cantate Mundi, el Ayuntamiento de Villaescusa de Haro y el propio laberinto. Cada contraparte con una competencia: logística, económica y artística, respectivamente.
Miguel Ángel, Vanessa y los ministriles en el Convento de Dominicos, 11 de febrero de 2023.
Como paso previo, en otoño de 2023, decidimos producir un corto documental que explicase este atípico proyecto de música renacentista que aspiraba a rescatar del olvido a un personaje de notable relevancia histórica, el obispo villaescusero Diego Ramírez, a través de la música de su época. Gracias a una subvención para producciones audiovisuales de la Diputación de Cuenca se pudo abordar este paso imprescindible para encender la chispa. Y, así, el sábado 11 de noviembre de 2023 se grabó el diálogo entre la Muerte y la reina Isabel en la sacristía de la capilla de la Asunción. Ahí quedan ya, bajo la cúpula elíptica de casetones de piedra caliza, las lágrimas de Amanda Recacha implorando a Dios por la salvación de su hijo Juan en el papel de La Católica.
Amanda como la reina Isabel y Emiliano como director artístico, 11 de noviembre de 2023.
Un mes después, el 12 de diciembre, me llegó por correo electrónico el enlace para descargar la gran maravilla. Digno de admiración el trabajo de EmilianoDíaz para amalgamar, en quince minutos de vídeo, la explicación del proyecto por parte de Miguel Ángel y la dramatización del Diálogo. Pensé que solo por ese vídeo el proyecto ya había merecido la pena. Lo pensé y lo ratifico: los siete minutos de cortometraje del primer diálogo a la muerte del príncipe Juan de Diego Ramírez bien compensan el trabajo realizado. Aplaudí y lloré en la habitación sabiendo que sería complicado explicar los motivos a cualquiera que pasase por ahí.
Tras varias propuestas fallidas, finalmente se programó que Baculum & Mitram se llevase a cabo la tarde del sábado 6 de julio de 2024 en la iglesia de San Pedro Apóstol. En consecuencia, se activaba una cuenta atrás en la que solo me preocupaba un asunto: la respuesta del público. No por la desafección inevitable de algunos vecinos, sino por la conciencia de saber que es harto complicado hacer entender al público potencial que este concierto de música antigua era muy diferente y muy especial.
Entre medias, en Semana Santa de 2024, Elena se empeñó en hacerme una entrevista la lluviosa mañana de Viernes Santo en la Casa Grande para promocionar el evento entre su mundillo musical. La conversación fue extensa y abordó diferentes temas pudorosos para un señor manchego. Unas semanas después se publicó en El Atril de Cantate Mundi y, la verdad, ni siquiera recordaba que me hubiese sonsacado ciertas respuestas.
Entrevista en la Casa Grande con Elena, 29 de marzo de 2024.
Durante la primavera se aparcó la organización para atender otras obligaciones y eventos: el multitudinario Patrimonio Maridado (que permitió el estreno público del documental), la renaciente festividad de San Isidro, el octavo Duatlón Cross del Queso en Aceite, la campaña de las Elecciones Europeas, y cosas así que nos van manteniendo distraídos de lo cotidiano. La barriga crecía, la casa nueva se adecentaba, la piscina se reformaba, los chicos aprendían. Y, mientras, se acercaba el 6 de julio.
El 8 de junio, Cantate Mundi organizó un seminario de música antigua en Madrid al que acudimos Fernando y yo como representantes locales. Miguel Ángel, Israel y Javier ofrecieron un recital didáctico que nos asombró y nos acercó a la evolución de la música medieval a la renacentista. Estamos en buenas manos, pensamos. A decir verdad creímos que era un honor que Miguel Ángel tuviese este empeño personal y se dejase la piel por este proyecto. Quizá nadie sepa que ni siquiera quería cobrar un duro, porque hay empeños que no tienen precio y porque, en el fondo, los honorarios no podrían estar a la altura del trabajo.
Miguel Ángel G. Cañamero en el seminario Ancient Music.
En esas fechas, la cuestión económica había quedado relegada a un segundo plano, y no por irrelevante, sino por irremediable: ya no había vuelta atrás. Mientras los músicos, supongo, ensayaban, nosotros preparábamos el cartel, la web, la nota de prensa y la publicidad en Voces de Cuenca, las invitaciones a las autoridades y el reenvío masivo de wasaps, las publicaciones en redes sociales, los tiques y las inscripciones online, el programa anotado, el jamón (gracias, Rafael) y el cóctel (gracias, Isaac, Neme, Sofía), la casa tutelada (gracias, Pili), el órgano positivo (gracias, César), la decoración (gracias, Maite), la mesa redonda (gracias, Juanma y Julián), e incluso al propio obispo Diego Ramírez (gracias, Fernando).
Diego Ramírez listo para el concierto.
Y la preocupación principal seguía siendo la misma: generar expectativa. Las autoridades iban declinando la invitación con cuentagotas, los amigos iban anteponiendo excusas, algunos ni siquiera se sintieron interpelados por el llamamiento. No me molestaba, pero me daba pena, porque no me preocupaba el número de asistentes, sino las ausencias que debían tener la oportunidad de vivir esa tarde de julio. Haz el esfuerzo, siempre merece la pena.
Y llegaron las ocho de la tarde del 6 de julio. Alrededor de doscientas personas llenaron de forma educada todos los bancos de la iglesia. Tras el saludo protocolario insistí en nuestro privilegio: este concierto está preparado para este momento, en este lugar, con estos músicos y para este público. Disfruten la experiencia.
Momento del concierto, 6 de julio de 2024.
Todo lo que pasó entonces queda en la estantería de los recuerdos sensitivos de la memoria, en el privilegiado rincón de los regalos de la vida. Hubo música, hubo mística, sentimos en la piel el conjuro que despertó el alma del humanista renacentista Diego Ramírez “el de la buena memoria”, de Adolfo que siempre quiso interpretar los Diálogos en la capilla de la Asunción, de D. Ángel que mimó el patrimonio local a contracorriente, de la reina Isabel en el desgarro maternal de la muerte que no avisa. Explicarlo es innecesario, mas inolvidable. Hubo, durante, un silencio sepulcral de respeto reverencial y, a la postre, lágrimas de emoción y aplausos sinceros. Nadie pudo arrepentirse de haber asistido, y ya no me preocupan los que se perdieron una emoción única.
Archivo, ahora, el programa impreso de 16 páginas con las notas cuidadosamente elaboradas por Miguel Ángel y adquiero conciencia de que nadie se puede bañar dos veces en el mismo río. Me pasan la grabación del concierto y, a sabiendas de que los audios no llegan a la suela de los zapatos al instante, paladeo el recuerdo de ese rato de armonía trascendente como si no quisiera que se me escapase. No siento, en realidad, necesidad de publicar nada al respecto, pero sí tengo la responsabilidad de dar fe.
Y ahora ya quedan el recuerdo, el orgullo y el sentimiento de privilegio. El recuerdo del orgullo por sentirnos faro cultural por un día en este pequeño rincón manchego y del privilegio por ser foco de un meticuloso proyecto musical en homenaje al villaescusero más ilustre de la historia. Supongo que ya he respondido la pregunta de Javier Martos.
Julio Ruiz, cincuenta años de pasión en las ondas.
A veces quiero estar así,
a veces solo quiero huir,
a veces pienso que tan solo ha sido un sueño
y que aún estás aquí. [Brigitte, Los Planetas]
Ayer, 18 de julio de 2021, Julio Ruiz emitió el último programa de Disco Grande en Radio 3. A los 68 años, y después de ¡50 años! dirigiendo el mismo programa, lo han jubilado a pesar suyo y pena nuestra.
Me emocioné ya desde la entradilla, quedaba solo una hora de una porción de nuestra vida musical. A Julio lo quería todo el mundo, así que no son de extrañar las muestras de cariño e incluso pinceladas hagiográficas que otros le pintan. Quizá no seamos capaces de entender lo que significa dirigir un programa durante medio siglo. Contó ayer en el último Disco Grande que, incluso durante el año de servicio militar en 1980, preparaba los cortes del programa durante los permisos del fin de semana y se los entregaba a su hermano para que los ensamblará con las piezas musicales y se siguiera retransmitiendo. Por eso él presumía de retransmisión ininterrumpida desde 1971.
No me considero un oyente frecuente de Disco grande, sino ocasional, pero tenía como un reloj interno lorquiano que a las cinco en punto de la tarde notificaba el evento. En realidad, no me iba la vida en conocer las noticias musicales del día pero me fascinaba escuchar a un señor que sonaba tan juvenil, tan pasional, tan entregado a la promoción de grupos maqueteros de pop y rock. Gozaba de una memoria prodigiosa en asuntos musicales, aunque quizá no sepa en qué día cumplen sus hijos los años; la pasión tiene estas cosas.
Cuando quedaban quince minutos de programa, se subió en el coche conmigo una compañera y empezó a hablar de lugares comunes. Ella no sabía que estábamos en mitad de un funeral y que no era procedente recordar el final del curso escolar. A medida que emitía mensajes para un receptor absorto, yo iba sutilmente subiendo el volumen de la radio desde el volante. Dijo Julio que sentía a todos sus oyentes como el último concierto de un grupo al que acuden todos los fans; bueno, todos los fans y mi compañera, que cuando le aseveré muy serio que quedaban diez minutos de un programa que llevaba cincuenta años en emisión se limitó a decirme que ella tenía un amigo que escuchaba Radio 3. Testifico que no la arrojé del coche en ese momento.
Sus últimas palabras fueron de agradecimiento, como suelen hacer las buenas personas, y cerró con un epitafio que queda ya labrado en nuestra memoria sensible: no hay nada como la radio. Entonces dio paso a Brigitte, single de adelanto del primer disco de Los Planetas allá por 1994. A veces pienso que tan solo ha sido un sueño. Y se hizo el silencio.
Tú llegaste a mí cuando me voy.
Eres luz de abril, yo tarde gris. [Candilejas, Charles Chaplin]
Bugs Bunny regresa al camerino tras otra exitosa actuación y con el eco de los estruendosos aplausos ensuciando un oído más acostumbrado al sonido sutil de la vibración de las cuerdas. Su violín del siglo XVII sigue regalando emotiva armonía para el público y, esta vez, no ha metido el arco en el ojo de su compañera de la izquierda, como la última vez en Hanoi. Hay, por tanto, éxtasis y paz. Volverá a su madriguera feliz, hasta que llegue y sea consciente de que volverá a dormir solo, como todas las noches desde que lo abandonó su familia. Pero qué narices importa dormir solo cuando puedes hacer feliz a tanta gente con tu virtuosismo. O al revés.
En dos semanas he sido agradecido espectador de tres conciertos antagónicos -aunque no sea el adjetivo más preciso ni apropiado- con protagonismo del violín: Menil, la Kremerata Baltica y Marina Catalá. Casi todo lo que habría querido decir sobre la música ya lo dejé escrito en un par de párrafos hace años cerrando un post, mas la emoción de los recientes conciertos motiva la necesidad de plasmar esas sensaciones, no sé si con objetivo de poder rememorarlo cuando lo relea o, simplemente, de comunicarlo al lector.
Menil es un cuarteto de cuerda que borda el gipsy jazz bajo el alma de Django Reinhardt. Pocas veces un concierto vuela tan rápido y reposa tan lento. Los cuatro músicos aprovechan nuestra debilidad para aflorar emoción íntima con Candilejas o Cheek to Cheek y para alegrar el ánimo con Avalon o Hungaria. Algo debe ir bien si hay unanimidad entre el público.
Ya en la Semana de Música Religiosa de Cuenca acudimos al auditorio para presenciar el recital de la orquesta de cámara Kremerata Baltica, encabezada por el violinista septuagenario Gidon Kremer. La experiencia del violín, la tranquilidad de saber que ninguna nota se iba a escapar porque todas iban a fluir para confluir en esa percepción de perfección y armonía grupal. Se sentía la complicidad de Kremer con todos los jóvenes virtuosos bálticos de la orquesta en un concierto de tres piezas como tres soles. Les perdonamos incluso que edulcorasen la última con la proyección de citas célebres de gente como Steve Jobs o Jorge Luis Borges.
En el tercer concierto la joven conquense Marina Catalá acompañó el recital poético de Amparo Ruiz salteando entre poemas diferentes piezas célebres del imaginario colectivo. Todavía con mucho camino por recorrer, se agradece el toque de atención inconsciente para que valoremos el esfuerzo que requiere llegar a altas cotas de perfección en un instrumento tan fascinante.
Y ya esperamos el próximo, que será el sábado que viene en Rada de Haro, esta vez de violoncello. Que la música siga siendo acompañante feliz en tan desnortado mundo.
Me decías, lo que media
entre tú y tu soledad
es un trecho que no puedo abarcar.
Yo le preguntaba al cielo,
sin disimular el miedo,
cómo voy a vivir
cuando te canses de mí,
cuando te canses de mí. [Nacho Vegas, Cuando te canses de mí]
A las fiestas de septiembre vinieron dos chavales a poner sendos puestos, uno de colchonetas y otro de juguetitos y condumio. Uno olía mal, conversé con el otro, el de las colchonetas. Es curioso el mundo de «la feria», como lo llamaba él repetidamente, un mundo que él mismo no dudaba en calificar de rastrero y cruel, de malas intenciones y despiadado, sobre todo entre los mismos feriantes. Debe ser duro no tener una ducha a mano y dormir en una furgoneta todo el verano, por eso aunque no era ni mayor de edad estaba ya muy curtido. «A mí no me gustaba estudiar, pero sí me gustaba tocar los billetitos como taquillero, por eso pronto me puse a trabajar, dinerito fresco y libertad. Es lo que he elegido.» Sabía trampear y ser consciente de qué números hay que cuadrar, conocía las sucias tácticas de los rumanos que colocaban sus colchonetas al lado a menor precio y cómo debía mantener su bandera izada para ganar la batalla posicional. Su tío le había enseñado a lavarse y vestirse con dignidad a pesar de los factores en contra, por eso alrededor de las tres cuando no había nadie por el pueblo se acercaba a la fuente y se daba un remojón como podía. Le ofrecí el vestuario de la piscina municipal. Una parte de su familia lo marginaba por ser feriante, profesión denostada, malas compañías. «En la feria no se regala nada». Doy por hecho que entre él y su soledad también mediaba un trecho difícil de abarcar.
El objetivo de un político no es buscar el bien común, sino que es ganar. Aunque algunas veces conseguir ganar conlleve lograr el bien común. No sé si eso es una cita célebre de algún personaje célebre, pero podría serlo. En política también media un trecho difícil de abarcar entre el ciudadano y la soledad.
Hoy publica elmundo.es un artículo genial de Antonio Lucas sobre Ian Curtis, leedlo, es un gozo. «Ian Curtis pertenece a esa genealogía lunática de los nacidos para arder. Aquellos que trabajan a pleno rendimiento contra sí mismos. Y emocionan. Y desconciertan. Y exigen lealtad en esa compañía hacia el subsuelo.» Entre muchas otras perlas poéticas y lúcidas. Entre Ian y su soledad no mediaba ningún trecho, eran lo mismo. Su epitafio: «El amor nos destrozará».
Debería estar regulado eso de tener ideología. Primero se debería pasar un examen de sentido común y, una vez superado y contrastada tu propia sensatez, que se te regalase el privilegio de formarte una ideología. Nunca antes porque luego pasa lo que vemos a diario tanto en la tele como en la calle: que cualquiera se escuda en una ideología sin pasar la criba de un mínimo sentido común propio y, así, a la intemperie, el ideario se oxida y el pensar y el hacer avanzan por sinuosos caminos en sentidos desviados. Deberías, despacico, sentarte y esbozar los cimientos de tu ideología, base rocosa conforme a la que amoldar tu presente y tu futuro a través de la síncrona sinfonía del decir, el pensar y el hacer. Pero eso debería servir solo para personas superiores, superhombres de esos que decía Niche. Muchacho, ¡cómo vas a presumir de ideología con esa carencia de sensatez? ¡Cómo pretendes ser pregonero de un credo que no te merece? «Que tu boca no extienda cheques que tus manos no puedan pagar» (creo que de La Chaqueta Metálica).
Me maravilla, con mucha frecuencia, la facilidad de reivindicación de barra de bar y la inercia imparable de comentarios absolutistas. Como si cada uno llevásemos un repelente tertuliano en nuestro interior. O peor aún, un mesías provisto de la Solución Final a los Problemas del Mundo y vestido de tertuliano amigable con gafas de intelectual. Y sin embargo, ya resulta una quimera mantener en pie un mísero argumento de papel frente a las embestidas de vendavales de dogmas y terremotos de decepciones diarias. Quizá todo sea más fácil: más acción y menos palabra. Acercarse a esa máxima de San Agustín: «haz el bien a los demás y piensa lo que quieras».
Y reza para que la Justicia siempre sea justa en el mundo de las interpretaciones.
Bueno, eso no lo decía San Agustín, es una plegaria diaria. Y que si la justicia es ciega se busque un lazarillo que le chive quién tiene la culpa y qué límites no se deben rebasar. Que me vienen a la mente multitud de celebridades sospechosas que aparecen en prensa a diario y dan la sensación de ser inmunes al equilibrio de la balanza.
Mientras tanto, por si acaso y porque merece la pena abstraerse, recomiéndense/nos antidepresivos. Un, dos, tres, responda otra vez. Cachitos de Hierro y Cromo, delicioso programa musical que enlaza fragmentos de vídeos musicales del archivo de TVE y nos recuerda cómo ha pasado el tiempo y cómo hemos cambiado en pocas décadas; se emite en La 2 y Radio 3 y son capaces de enlazar a Lola Flores con Manos de Topo. Tic, tac, toc. Reflektor, un punto del firmamento en el que confluye la magia de Arcade Fire con la profesionalidad de James Murphy. Tic, tac, toc. La Gran Belleza, lo mejor del cine italiano desde Fellini es una copia de Fellini, qué paradoja, una peli burlesca y cruel con el mundo actual que sugiere que la nada y la vida y el todo a la larga son una misma cosa. Tic, tac, toc. Responda otra vez…