
Todo era verdad bajo los árboles,
todo era verdad. Yo comprendía
todas las cosas como se comprende
un fruto con la boca, una luz con los ojos.
[Existían tus manos, Antonio Gamoneda]
Anoche vi la estrella fugaz —si es que lo era— más laaarga de mi vida.
Había terminado ya la recepción a los Magos de Oriente y, tras recoger y apagar las últimas luces del ayuntamiento, me marché. Aparqué en la puerta de la casa de mi “suegrabuela” pensando, satisfecho, que habíamos cumplido con todos los eventos navideños.
Al bajar del coche, en la gélida noche, miré al oeste y una estrella refulgió en el cielo oscuro y limpio. Por inercia, pedí un congreso provincial y salud para algunos enfermos a los que quiero. Al ver la estrella, me llené de inmensa alegría. Pero al instante entendí que aquella estrella no era “de pedir deseos”, porque no parecía fugaz, sino la estela de los Magos de Oriente.
Y los Magos no piden: dan. Reparten regalos e ilusiones a través de un largo viaje; bien sabemos que estos Reyes lo dan todo por sus regalados, año tras año, día tras día. La estrella se apareció tras mi sentimiento de regocijo por los días compartidos, como una luminosa notaria que viene a certificar un camino de servicio.
Gracias, Luz, por recordarme que venimos para servir.
Ojalá anoche también tuvierais la suerte de ver ese brillo en la inmensidad. Feliz día de Reyes.