Rosalía y la antigua necesidad de trascendencia

Te puedo enamorar,
yo te puedo inspirar.
Te puedo envenenar
y te puedo curar.

[Porcelana, Rosalía]

Hay artistas que, cuando alcanzan la cima, descubren que la vista no les basta. Que el paisaje que todos envidian, una vez allí, no llena. Que el ruido del éxito —ese ruido que parece prometerlo todo—, en realidad, solo amplifica silencios interiores que no se pueden esquivar para siempre. El célebre «toda realidad ignorada prepara su venganza». Y entonces empiezan a mirar hacia otro lado, hacia dentro, hacia arriba. Rosalía está justo ahí: en ese punto delicado donde la vida se vuelve pregunta.

Es curioso observar cómo alguien que ha vivido rodeada de focos, giras, premios y titulares internacionales termina girándose hacia una cosa tan antigua como la fe, como si necesitara posar la mano en algo que no se mueve. Ella habla de Dios sin solemnidad, casi con timidez, como quien confiesa una verdad sencilla que llevaba tiempo guardando. Y lo hace con esa mezcla de inocencia y lucidez que desarma: “Dios es el único que puede llenar los espacios”, ha dicho. Como si lo que antes eran huecos ahora fueran heridas, o sed.

Su nuevo rumbo artístico no es una pose —al menos no suena a ello— sino más bien una consecuencia. La consecuencia de haber descubierto que el brillo cansa, que la intensidad no sostiene y que la fama, por sí misma, no explica nada. La trascendencia, en cambio, ofrece algo que no se puede medir: un sentido, un orden, un horizonte. Lo sagrado aparece en su vida no como ruptura, sino como continuación de algo que ya estaba allí, quizá escondido entre la voz de una abuela, las iglesias de su infancia o una educación sentimental que nunca terminó de apagarse del todo.

En su música reciente hay un recogimiento nuevo, una desnudez que no es teatral, sino íntima. No se escucha la urgencia por impresionar, sino la necesidad de decir la verdad como puede, con las palabras que encuentra. Y esa búsqueda —porque al final todo esto es una búsqueda— conecta con algo profundamente humano: la intuición de que lo material no basta, de que lo inmediato no explica la profundidad de ciertos anhelos, de que hay cosas que solo se comprenden frente al misterio.

Lo bonito del caso es que Rosalía no predica: comparte. No impone: sugiere. No levanta dogmas: tiende puentes. Su giro espiritual no es militancia, es vulnerabilidad. En un tiempo en el que nos da miedo mostrarnos necesitados, ella dice públicamente que sí, que necesita a Dios, que necesita trascender, que necesita algo que la sostenga desde fuera. Y esa confesión —tan simple, tan humana— la vuelve más cercana que nunca.

Hace unos meses, en septiembre de 2025, el nuevo obispo de Ciudad Real manifestó su preocupación por la «pérdida de trascendencia», asociándola a una sociedad líquida que olvida sus referentes y desprecia la preocupación por lo que no sea material y tangible. Supongo que hay varias formas de trascender. Al tiempo a través de la descendencia, al tedio a través de una obra grande, al espacio a través de lo no visible ni abarcable, es decir, lo espiritual. Y cada uno enfoca su mirada en un sentido trascendente para tapar las miserias de nuestra insignificancia.

Quizá por eso su nuevo lenguaje musical tiene algo de plegaria y algo de carne. Algo de cielo y algo de tierra. No niega lo que fue, pero tampoco se conforma con ello. Busca, pregunta, duda, se expone. Y mientras lo hace, muchos oyentes descubren que sus propias preguntas se parecen más de lo que pensaban a las de una artista global que, al final, solo intenta comprenderse a sí misma. En resumen, la historia de Rosalía, en este momento de su vida, no es la del éxito: es la de la sed. Y pocas cosas mueven más que eso.

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