Aquiles en el diván: un frágil 2025

Atardecer en Villaescusa de Haro [Javi Villas, 2o25]

El mal no prevalecerá.
[León XIV]

No ha sido un año cualquiera este 2025. Sin turismo pero con miles de kilómetros. Sin literatura pero recorriendo mil mundos. Sin tiempo pero con una pierna implorando reposo y calma. Sin elecciones pero con terremotos políticos. Unos meses atípicos que no se pueden recorrer de forma cronológica sino como explosión de fogonazos…

Una mañana de sábado a principios de año, el pequeño garrapato me preguntó:

– Papá, ¿por qué casi todo el día estás trabajando? ¿cuántas cosas tienes que hacer? ¿tres mil más o menos?

En realidad, no sé si tengo unas tres mil cosas que hacer. Las que se me ocurren son muchas más, las necesarias muchas menos. Escribir estos párrafos solo para un puñado de gente no sé en qué categoría entra, es ya casi una tradición navideña. Vamos allá.

La obsesión numérica de Alfonso también se manifestó sobre Dios en una misa triste en Pedroñeras (papá, ¿cuánto mide Dios exactamente?) y sobre los pinos del Pastel una tarde de bici (papá, yo creo que nuestros pinos van a ser árboles dentro de dos o tres años, porque para ser árbol hay que medir tres con cincuenta). Fijación compartida, de momento, también con Cayetano.

El 25 de enero María José se examinó del MIR, y ese día estuvimos rezando en silencio, con fe y un respeto vecino al temor. El examen más importante y conclusivo de todos y para todos, el final de un ciclo de muchos años en un complejo carrusel. En mi agenda era uno de los dos días más importantes del año, junto al 23 de agosto. Y todo salió bien. Aique, vosotros, siempre, todo, perfecto.

Como unas semanas después estuvimos de excursión en Valladolid con César y Fernando, consideramos conveniente recomendar a María José esta ciudad para su futuro: castellana pura, sobria y elegante, ni grande ni pequeña, ni cara ni barata, ni demasiado cerca para venir todos los findes ni demasiado lejos para acudir a una urgencia. Allí Santiago devoró, con poco más de seis meses, el lechazo al horno del excelente asador de la Parrilla de San Lorenzo. Una región de vino y cordero no puede ser un mal lugar para vivir.

El miércoles 26 de febrero regresaba de un pleno en la Diputación de Cuenca cuando, al pasar Torrejoncillo del Rey, se encendió una alerta roja en el cuadro de mandos del salpicadero del Golf. Y allí, junto al cementerio de Palomares, falleció el Golf después de 16 años de feliz compañía a los casi cuatrocientos mil kilómetros. A pesar de su veteranía, lucía juvenil y actual. Qué recuerdos de tantos viajes, al camping de Comillas, al bungalow de Aveiro, al hotel de Punta Umbría, al caseto de calor infernal de Mazarrón, al puerto de Cadaqués. En agosto de 2017 se atrevió, temerario, a recorrer los parajes más inhóspitos de la serranía de Cuenca entre el Hosquillo y Poyatos en «la actividad» hasta casi quedar encallado en el pedregoso barranco de un riachuelo. Y solo dos sustos, uno en la autovía llegando a Ciudad Real con Pablo por sueño y otro llegando al pueblo desde Belmonte con Inma por nieve. Ahora está achatarrado con la tarjeta de memoria de música puesta, por si acaso otra vida con PJ Harvey o Nacho Vegas.

En abril emparedamos la Semana Santa entre el Patrimonio Maridado y el concierto del Oficio de Tinieblas del Coro Alonso Lobo. Ambos eventos fueron un éxito rotundo a recordar con cariño, aunque Alfonso odie la Semana Santa. En Domingo de Ramos: «papá, yo voy a misa si va el abuelo Pepe». En Jueves Santo: «mamá, ¿para qué me quiere lavar los pies Fernando en misa si me acabo de duchar?». En Domingo de Resurrección: «¡No quiero volver a oír en mi vida la palabra ‘vaqueros’!». Aunque sabe cual es su equipo: «los cristianos somos los de Cristo y los judíos son los de Judas».

El 28 de abril sufrimos el gran apagón. Alrededor de las 12:45 horas se fue la luz en toda España al mismo tiempo. Parecía una broma. Lo recordamos como anécdota pero nos hizo conscientes de nuestra fragilidad. Fue milagroso que Inma pasase con el coche por la puerta de la Audiencia Provincial tras un acto de toma de posesión del nuevo presidente, al que tuve que asistir, porque no nos podíamos comunicar. Escuchamos la radio en familia después de cenar con velas, nada trascendental, pero qué reconfortarte sentirte bien y en casa, como si estos sustos sirviesen para valorar lo que se tiene. La luz no llegó hasta casi las 2 de la madrugada.

El 24 de mayo vivimos una experiencia única en el Bernabéu con la despedida de Modric y Ancelotti tras un partido del Real Madrid contra la Real Sociedad. Quizá Cayetano y Alfonso no sean todavía conscientes de su privilegio de asistir en primera fila del nuevo estadio al homenaje a uno de los mejores mediocentros de la historia del club en una soleada tarde de sábado. Nos pilló la cámara de televisión en la despedida con ojos emocionados, aunque la realidad es que Alfonso estaba recién despertado de la siesta y a mí me atacaba la alergia primaveral.

En esa época, no sé qué día fue, inauguraban una exposición de fotografía de José Manuel Navia en la casa Zabala. Me senté enfrente de la catedral de Cuenca para hacer hora. Se acercó un grupo de turistas con una guía que les explicó la historia de la ciudad. A modo de conclusión, y no sé a cuento de qué, la guía terminó diciendo: «y desde entonces una decadencia que llega hasta nuestros días». En esa frase se resume Cuenca: pesimismo manifestado. Puede parecer anecdótico, pero a lo largo del año me ha llegado el eco de ese desánimo que se siente en cada paseo por la ciudad, y en cómo esa visión derrotista cala también en las decisiones políticas, y, sobre todo, para saber de qué perspectiva vital se debe huir.

A principios de junio me acerqué con Fernando un par de días a Silos a un congreso de Patrimonio Monástico Medieval. Una experiencia para gente singular -rara en grado sobresaliente- en una sociedad homogénea, de sensibilidad sosegada en un mundo frenético, de frío secular en una actualidad de hirviente efervescencia, de románico y gótico en un contexto minimalista. Vine fascinado con la pasión, memoria y cultura de todos los asistentes. Querría repetir, y seguir aprendiendo.

El 8 de junio celebramos la novena edición del Duatlón Cross del Queso en Aceite. Creo recordar que todo salió extrañamente bien a pesar de las muy notables ausencias de Bernardo, responsable de recorrido y de plancha de panceta, y de Nacho, coordinador de inscripciones, bolsas del corredor y cronometraje. Me tocó multiplicarme, no sé ni cómo, pero sí recuerdo andar frenético con la furgoneta municipal remarcando algunos tramos y señalizando el pueblo en mitad de la prueba. En algún momento de la mañana estaba haciendo tres cosas al mismo tiempo, como un mono en el circo. Este estrés no sería significativo si no fuese por la tarde de ese domingo.

Como la mayoría de los domingos por la tarde, también ese bajamos a jugar un partidillo de fútbol al patio del colegio con el gorilaco, el garrapato y sus compañeros del cole. A la media hora de pachanga, mientras reculaba en defensa, sentí un gran estacazo en el talón que se escuchó como un golpe seco. Pensé que me habían tirado una piedra desde la calle, lo cual era inverosímil. Después pensé que alguno de los chicos me había dado una patada descomunal, lo cual tampoco podía ser real porque estaban todos delante de mí y no tienen tanta fuerza. En ese momento caí al suelo dolorido y fui consciente de lo que había pasado. Le pedí a Cayetano que me acercase el móvil que había dejado detrás de la portería para llamar a Inma y decirle que viniese a por mí porque me acababa de romper el tendón de Aquiles. Apoyado en Abdullah y Cayetano, salí a sentarme en la acera para esperar al coche. Cuando Kobe Bryant sufrió la misma lesión, tiró dos tiros libres antes de irse por su propio pie al banquillo. Y esa tarde cambió el rumbo del año porque me convertí en alguien dependiente durante varias semanas.

Los dos mejores libros me llegaron en esas semanas de incapacidad por el tendón de Aquiles. Fouché, retrato de un hombre político (Stefan Zweig) es un pormenorizado repaso a la biografía del político francés Joseph Fouché, un político sin escrúpulos que medró tanto con Robespierre en la Revolución Francesa como con Napoleón en su etapa imperial. Quizá de las mejores obras del austriaco por su espíritu analítico, su interés histórico y su ritmo ágil. Y La península de las casas vacías (David Uclés), que venden como una de las mejores novelas en español del 2024 y que narra la historia de una familia durante la Guerra Civil en tono de realismo mágico. Ha sido alabada por muchos y denostada por otros tantos, sobre todo porque achacan al autor un notable e indisimulado sesgo político. Pero más allá de eso, es una novela magnética, una obra de orfebrería y delicadeza, un gozo para un lector desprejuiciado. Quizá le sobra ambición juvenil, que se traduce en grandilocuencia y extensión exagerada, pero es un pecado venial para un novela tan singular.

A finales de junio se rompió la bomba del pozo de agua del pueblo. Neme avisó con antelación y, gracias a eso, pudimos activar mecanismos de control para que, a pesar de no poder sacar agua, todas las casas tuviesen suministro durante el fin de semana. Pienso en el esfuerzo que hicimos, en cómo coordinamos los medios, a la empresa de sustitución de la bomba, las cisternas de Diputación, los pueblos solidarios que nos daban agua, etcétera, y creo que no da igual. Que nunca da igual. Quinti descubría la tubería, Neme podaba la carrasca, Zaca me llevaba en su coche porque yo iba en muletas, publicábamos minuto y resultado a través de bandomovil. Podíamos haber estado cuatro días sin agua y, sin embargo, solo faltó unas horas del último día. Nunca da igual aunque no se note.

La pierna averiada impedía ir a la playa o hacer planes veraniegos, pero no era hándicap para asistir a conciertos. Y, aunque no hemos sido habitualmente muy aficionados a eventos musicales más allá de los que nos pillan a mano, Inma y yo aprovechamos el verano para disfrutar de tres conciertazos: en junio con Andrés Calamaro en Uclés, en julio con Lori Meyers en el botánico de Madrid y en septiembre con Xoel López en un pueblo toledano. Y han sido tres conciertos inolvidables que conservo con gran cariño, como pequeñas joyas en la memoria, tan inolvidables que lloré sin pudor en los tres, con Cuando te conocí de Calamaro, con Luciérnagas y mariposas de Loslori y con Tierra de Xoel. Y es que cada vez tengo más claro que la música es el arte supremo, el arte del sentimiento íntimo sin necesidad de aspirar a rasgar estímulos intelectuales.

Las semanas de reposo de junio fueron agradecidas porque facilitaron un reposo necesario, pero el mes de julio fue eterno, un mes que duró cuatro: con limitaciones físicas, sin deporte, sin piscina, sin vacaciones, con mucho calor, desanimado, maniatado. Un día me caí con las muletas entre la casa de mis padres y la nuestra, humillado ante la fragilidad de nuestra cotidianidad. Jamás pensé que coger un vaso de agua desde el grifo hasta la mesa podía convertirse en una gesta épica. En agosto comencé la rehabilitación en el centro de salud de Belmonte. Y todo eran primeras veces. El 6 de agosto, dos meses después, volví a conducir. El 24 de agosto fue mi primer baño del verano en la piscina. El 8 de septiembre, tres meses después de la lesión, por fin me quite la bota ortopédica, que tiré con asco y rabia al contenedor.

El 2 de agosto nació Inés en la casa de Teófilo en el pueblo. Lo escribo para ser consciente de que así fue. Con Inma como asistente al parto por videoconferencia, con Teófilo con matrón improvisado y con María Dolores como auxiliar de enfermería. Qué bonito cuando las cosas salen bien. Al llegar a la casa, pensé que todos iban a estar llorando de emoción y nervios, pero estaban tan concentrados en su misión que ni siquiera les había dado tiempo a palpar la realidad. No había ni siquiera restos de sangre, solo una recién parida feliz con un empapador a modo de bragas y un bebé colgando de su ombligo. Cogí a Teo para llevarlo a casa de Yoli y, en el trayecto, radiante, me dijo «menudo jaleo, no me han dejado dormir nada». Yoli se fue a la panadería a comprar una torta para que Teo celebrase en el desayuno el nacimiento de su hermana pequeña.

Unos llegan y otros se van, y solo en esa alternancia tiene sentido la vida, en el equilibrio de las almas que ocupan nuestro corazón. En mitad de las fiestas de agosto falleció el tío Emilio. Me lo dijo el tío Jesús cuando vino a traer la carne de las calderetas de las fiestas el 16 de agosto por la mañana y no podía creer que fuese verdad, así tan repentino. Creo que fue la primera vez en muchos años que no me quedé a comer caldereta porque prefería estar en casa. Una noche de esas, y aunque Silvia me diga con picardía que Cayetano es «muy dramático», el gorilaco miraba al cielo como imaginando una cúpula con todas las estrellas pegadas en el techo, y me preguntó «papá, ¿por qué el cielo está tan alto?». Quizá sea de las preguntas más difíciles de responder, tampoco sabemos qué hay más arriba de esa cúpula, ni dónde está el cielo de los nuestros.

Una semana después, el 23 de agosto, llegó la boda de Yasmín y Pablo. Durante toda la semana pensé que podía terminar como desastre y no como celebración; no dormía pensando en todas las tareas pendientes para última hora. La enfermiza obsesión por la responsabilidad. A falta de cuatro días, Pablo me insinuó, tranquilamente, que daba por hecho que me tocaba abrir la misa con la monición de entrada. Y era un momento que temía porque la emoción podía llegar a ser inoportuna por inevitable. Terminé hablando en misa de un documental sobre un caníbal alemán, de repartir helados en su bautizo, y recordando que, detrás del artificio y el egoísmo, siempre queda la familia:

Durante estos días he recorrido mentalmente nuestra vida en común, un viaje que solo interesa a nuestro corazón y nuestra memoria, pero me gustaría compartir un momento porque está ligado con el matrimonio. En marzo de 2008, jugando al fútbol, el codo te rompió en mil pedazos. Te trasladaron al hospital para que el traumatólogo te recompusiese el puzle y te dejaron ingresado. Yo acababa de aterrizar de un viaje a Londres y fui directo a Cuenca. Allí me quedé a pasar contigo la noche para que nuestros padres volviesen a casa. Cansado del viaje, incómodo en un sillón infernal del hospital, preocupado por el futuro de tu brazo, medio leyendo un tebeo y medio viendo un documental sobre canibalismo, te acompañé aquella noche de marzo. Y no lo recuerdo como un deber, sino con regocijo y cariño, como se pide estar en “la salud y en la enfermedad” en el matrimonio: que la convivencia no se convierta en un calvario resignado, sino que se celebre cada día el privilegio de la compañía mutua.

Ese día, a primera hora, acudí a la iglesia como supervisor del evento, tarea más o menos autoimpuesta por los nervios de la incertidumbre. Coloqué, cojo, las vallas para que no hubiese coches en la plaza. Recoloqué las mesas altas del cocktail sin avisar, puse los regalos personalizados, pagué a los músicos de la iglesia y del cocktail, regalé unos gemelos al novio, conversé con Fernando y la florista. Las horas previas fueron eternas.

Y, al final, la boda salió a pedir de boca a pesar de que todo pendía de un frágil hilo. La ceremonia, la elegancia, el tiempo, las palabras de agradecimiento de los recién casados, la música de jazz ambiental. El vino blanco estaba caliente, el sorbete en caldo, el postre sin helado, pero esos detalles no empañan un día inolvidable. Y la mejor barra libre de la historia, por ubicación, animación y actitud. Para más información se remite al álbum de fotos y al vídeo de la boda, que termina con un espectacular carrusel de gente bailando digno de La gran belleza de Sorrentino.

El 3 de noviembre se inició un terremoto político. A primera hora de la mañana se anunció que Benjamín Prieto dimitía como presidente provincial. Era mentira pero fue realidad. Y noviembre fue eterno; no como julio que lo fue por anodino sino, esta vez, por intenso. Lo registré aquí de forma detallada para que quedase constancia. Una tarde de ese mes de planteamientos políticos, le pregunté a ChatGPT por mi perfil político y respondió que soy «un político de trinchera y territorio con vocación institucional».

El mismo 3 de noviembre me entregaron la nueva Caddy. Es la tercera vez en mi vida que compro un coche pero la primera vez de varias cosas: nuevo, híbrido, siete plazas. Lo estrenamos en un viaje a Valladolid a finales de noviembre, como si ya no hubiese más destinos en España. Parece una buena decisión, el tiempo será notario de esa sospecha.

2025 ha sido el año de la fragilidad: el cuerpo es frágil, la red eléctrica se cae, el organigrama político es un dominó inestable, los coches y las bombas de agua se rompen, las bodas penden de un hilo. Y, aun así, lo frágil puede resistir.

Me pregunta Inma qué pienso del futuro próximo ahora que desembarca 2026 y el terremoto político sigue activo. Contesto, por comodidad, que volveré a ser informático, aunque huelo incertidumbre. Tengo pendiente redactar un manual de ética para políticos —no venderá ningún ejemplar—, elaborar una guía turística para misántropos con lugares donde ir sin que te moleste nadie —tampoco será un éxito, porque perdería su esencia— y hacer un podcast sobre la historia de la Bella Excusa con Juanma y colaboradores para que sus conocimientos queden en otro formato.

En realidad, tengo mil proyectos y ningún plan maestro. No hay estrategia prevista para 2026, salvo la de evitar convertirme en un cínico cómodo. Los pinos crecerán casi hasta ser árboles, el cielo seguirá alto y lejos, Alfonso gruñirá, Cayetano abrazará, Santiago hablará. Y, aunque todavía camine con torpe fragilidad, pronto volveré a correr.

P.S. Vuelvo a ChatGPT para pedirle ideas para este texto y se limita a decirme que «la mezcla de ironía seca, ternura contenida y cansancio vital está muy bien calibrada». Cansancio vital, maldita máquina.

2024: ¡semejante bacanal!

Guernica, interpretación [by Cayetano Jr. & Gema]

El precio de la grandeza es la responsabilidad.
Winston Churchill

La noche del 13 de marzo los capellanes se juntaron a cenar en el sótano de Balbi como cualquier otro miércoles. Al subir para marcharnos, alrededor de las prudentes diez de la noche, descubrimos que estaba allí cenando DJ Martin con Balbino y Montse. Al vernos, exclamó escandalizado: «¡y traéis a los niños a semejante bacanal!«. Sonreímos porque veníamos de pasar un rato agradable y tranquilo con un vaso de vino y algo de cerdo a la brasa. Y es que este ya cumplido 2024 quizá haya tenido algo de bacanal a ojos ajenos, no como orgía pero sí como celebración.

El 6 de enero Alfonso nos asustó cuando dijo «papá, tengo poca velocidad en el pecho» por su tendencia a los problemas respiratorios. En febrero, Cayetano se burló de mí viendo a un troll gruñón y cascarrabias en la peli Trolls: «mira, papá, ese troll se parece a ti, no le gusta casi nada». Y el 2 de marzo, volviendo de Mota, tuvimos un gran susto con el coche en la carretera nevada que quedó en eso, en un gran susto y un ataque de pánico de Inma, ya embarazada, porque el Golf es mágico. Desde ahí, todo fue a mejor.

Nos hemos mudado de casa a una que, ahora, pensamos que nos estaba esperando para cumplir el principio de equidistancia familiar. Hicimos obra más por capricho que por necesidad para acondicionar abajo el garaje como bar y arriba la buhardilla como trastero. Y, tras pintar, la completamos con nuevos electrodomésticos y nuevos muebles; ignoraba que estrenar cosas era tan reconfortante. Tenemos que agradecer que Yoli a escondidas y Kike en verano hicieran todo lo demás, y no era poco: transformar una vivienda maltratada en un hogar. El domingo 8 de septiembre decidimos venir a dormir a Virgen de Fátima, 20.

El último inquilino, Santiago, tenía menos de un mes de vida (crónica de su nacimiento) y aquí sigue intentando aprender que la noche es para dormir y a hacer pedorretas para que le hagamos caso. Cómo no pensar que el día más importante del año fue ese 14 de agosto que empezó en el despacho del subdelegado de Defensa en Cuenca acompañando a una chica sudamericana con los brazos marcados por autolesiones y que terminó tomando un gintonic en la verbena del pueblo tras el pregón de fiestas como si entre medias no hubiese nacido Santiago con sus cuatro kilos y medio. El 29 de diciembre, día de la Sagrada Familia, celebramos su bautismo, como cuatro meses antes, el 18 de agosto, habíamos hecho con Federico. Entre las celebraciones, también la comunión de Silvia y las bodas de las tres nitas, Clara, Nuria y María.

A las pocas semanas, y tras su estreno provisional en el bautizo de Fede, la nueva casa del Hortal fue ocupada por la familia después de años de obras y desventuras. Rebusco y encuentro que empezamos a hablar con Sara a principios de 2018, casi nada. Visto en perspectiva, una epopeya digna de tragedia griega con final feliz. Además, se amoldó el Bernabéu con césped artificial e iluminación nocturna, y ahora parece que lleva toda la vida ahí junto a los dos veteranos cerezos de Yoli.

A principios de octubre compramos un solar de cuatrocientos metros entre la nueva casa del Hortal y el convento de los dominicos, más por orgullo que por necesidad pero a sabiendas de que preferimos la certeza a la hipótesis. El solar está dentro de lo que fueron las tapias del convento y hoy en día corresponde, broma del destino, con la calle Teniente Castillo, que precisamente fue inaugurada por su hermana el 14 de septiembre de este 2024.

Por si fuera poco, el 17 de abril Inma firmó su plaza fija como enfermera del Sescam después de años de contratos temporales y una vida laboral de once páginas (sin exagerar). No tiene mérito que yo certifique que se lo merecía, pero es la realidad incuestionable. Y mientras tanto, los pinos siguen creciendo y los gorilas siguen madurando en la ilusión de que el Real Madrid siempre gana la Champions y España siempre gana la Eurocopa.

Las pérdidas del año no pueden competir contra el ritmo de la vida, porque la muerte forma parte intrínseca de ella aunque duela. Y poco consuelo puedan tener los más allegados, inundados por un dolor extremo. Se marchó sin hacer ruido el abuelo Luis con la decencia de esperar al día siguiente a la boda de su nieto Juan Luis. Se marchó María José de forma anunciada y creo que está muy bien haber podido despedirla. Y se marchó la tía Pili tras haber conocido a su nueva nieta Celia y rodeada de toda su familia en casa. Que descansen en paz y vivan en la gloria.

Un poco de literatura

Sin duda hay tres libros que conforman el podio del año y que ya conviven en la balda de los privilegiados de la nueva estantería de la biblioteca:

  • Un verdor terrible (Benjamin Labatut): la absorbente narración de diversos avances científicos del siglo veinte junto a sus célebres protagonistas. Es cierto que con el avanzar de las páginas se impone la ficción a la realidad, pero merece tanto leerlo que eso queda en detalle. Imprescindible.
  • En busca de consuelo (Michael Ignatieff): un ensayo sobre la filosofía del consuelo a lo largo de los siglos, y qué más obsesivo que la búsqueda del significado de la vida y de la muerte para entender la necesidad de consuelo. Merece la pena cada página escrita por este «político fracasado» al que han concedido este año el Premio Princesa de Asturias. Algo quisimos interpretar sobre este ensayo en esta entrada.
  • La más recóndita memoria de los hombres (Mohamed Mbougar Sarr): quizá incluso merezca formar parte de los veinte libros más relevantes de lo que llevamos de siglo veintiuno, casi nada. Una novela que es un mundo a través de la cultura africana, la identidad en crisis desde la emigración, la fantasía y las ansias de trascendencia. Por si fuese poco, la terminé en el paritorio, como para olvidarla.

Y otros tres a los que se les coge mucho cariño:

  • La taberna de Silos (Lorenzo G Acebedo): una divertida novela de aventuras sobre el monasterio de Silos escrita por un monje retirado, una bonita sorpresa que ni entiendo cómo cayó en mis manos pero que casualmente terminé unas semanas antes de visitar el monasterio burgalés. Escrita bajo seudónimo, tira a dar el atrevido ex-monje en cada reflexión y acción.
  • Algo que sirva como luz (Fernando Navarro): la crónica del accidente de tráfico de los componentes del grupo de música indie Supersubmarina. Las emociones a flor de piel desde la primera hasta la última página, una narración que absorbe y que te mete en la desesperación de cada uno de los cuatro músicos, sobre todo por las secuelas que le han quedado al Chino. Qué alegría que me lo recomendase Jesús Huerta, y de hecho le regalé mi ejemplar por recomendármelo a ciegas.
  • Madre de corazón atómico (Agustín Fernández Mallo): un homenaje a su padre (a pesar del título) desde la intimidad y desde el descubrimiento, supongo que es difícil desnudarse así en un libro de reflexiones y aventuras. Desde mi humilde diagnóstico, le sobran muchas páginas al final, como si la editorial hubiese obligado a Agustín a alargar, pero compensa con creces la solvencia de la primera mitad.

Villaescusa de Haro

La legislatura avanza a su ritmo y, por fortuna, sin oposición, ni visible ni invisible. Desde el 30 de noviembre de 2023 hasta el 7 de junio de 2024 estuvimos sin secretario municipal después de un 2023 en el que rotaron hasta cuatro secretarios por el puesto. La ventaja es que me permitió aprender los procedimientos administrativos e invertir su sueldo de seis meses en otros menesteres. La desventaja, la mayor carga de trabajo cotidiano para suplir sus funciones.

A pesar de ello, avanzamos en la reconstrucción de las zonas deportivas y de ocio devastadas por la DANA del 4 de septiembre de 2023: muros, vallas, setos, césped de la piscina, tierra del campo de fútbol, lodo de las piscinas, limpieza del pabellón, arreglo de caminos, y una larga lista de pequeñas intervenciones en las que siempre estaba Neme el primero. La renovación de las piscinas quizá haya sido una de las obras más significativas y costosas de la última década, pero qué falta hacía y cuánto ha merecido la pena, aunque ni siquiera encontrásemos en julio el momento ideal para inaugurarla dignamente.

Entre los diferentes acontecimientos, destacaría dos: Patrimonio Maridado y Baculum et Mitram. El primero, semejante bacanal, lo convocamos el 20 de abril y conseguimos reunir a casi quinientas personas para conocer el patrimonio histórico-artístico del pueblo maridado con productos gastronómicos locales. Lo que nació como broma de los capellanes en 2023 se ha convertido en un referente de cómo organizar un evento con buenos resultados, beneficio económico, coordinación, rigor y diversión (gracias a la implicación generosa y motivada de mucha gente). El segundo, Baculum et Mitram, quizá el concierto más relevante de los vividos en este pueblo durante este siglo. Gracias a Miguel Ángel y compañía pudimos disfrutar el 6 de julio de un proyecto musical inolvidable creado ex-profeso para la ocasión sobre la figura del obispo Diego Ramírez, así que no quedó más remedio que narrar una crónica para el recuerdo.

El 3 de noviembre nos visitó el obispo de Cuenca y lo recibimos para comer en casa por petición de Fernando. Y era divertido ver a don José María sentado en el sofá mirando el álbum de cromos de fútbol con los pequeños.

Dicen que los pueblos se apagan porque cada vez queda menos gente y, sobre todo, menos niños. Y nos sentimos afortunados gracias a la salud de nuestro colegio: por el equipo directivo del CRA, por las dos profes y por el buen ambiente entre los pequeños. Este año, además, con nueva pista de fútbol en el patio. Y en junio fuimos anfitriones de la convivencia del CRA, un día especialmente emotivo por el recuerdo de la anterior, en mayo de 2017, porque aquella suponía el cierre del colegio, la clausura del CRA y la jubilación de Pedro. No todo está perdido.

Viajar o no viajar

Las circunstancias vitales actuales imponen su ritmo: rutina y supervivencia. Aquí hicimos apología de la rutina junto a Ratzinger y Ana Iris a sabiendas de que es un subterfugio de la mente para creer que no viajar al extranjero, no acudir a grandes conciertos, no participar en competiciones deportivas o no encontrar sosiego para leer son consecuencias inevitables de la crianza, como si la esencia de la vida no estuviese en lo que se pierde sino en lo que se crea (el club de los perdedores).

Nos escapamos unos pocos días a Peñíscola para la noche de San Juan porque Cayetano quería comer arroz en La Marina del Grao de Castellón, y como pocas semanas antes habíamos estado de intensa campaña electoral recorriendo la provincia con motivo de las Elecciones Europeas del 9 de junio, el descanso era merecido. Me gustó la playa, el casco antiguo, el castillo, el paseo marítimo, creo que todo, supongo que por ser junio. Lo demás fue lo de siempre: encuentro de diputaciones en Ávila, misa con el nuncio en Ocaña, encuentro de alcaldes en Valladolid, visita al Regimiento Saboya en Badajoz, jornada de formación en Guadalajara. Así de atractivo, así de envidiable, guau.

Casi tendría que elegir la ruta en bici por Cuenca del 5 de octubre en la Marcha Herrada como lo más atractivo. 120 kilómetros preciosos y con buen tiempo alrededor de la Serranía por Villalba de la Sierra, Las Majadas y Uña. Un recorrido espectacular de casi cinco horas acompañado de los carreteros villaescuseros en el que disfrutamos como enanos.

Y queda el viaje a Burgos como joya indiscutible. Una fría ruta de reyes y monjes que representa lo que me interesa ahora de viajar: la búsqueda de la intimidad, del recuerdo y de la exploración de otros modos de vida singulares. Porque en realidad solo se viaja para comer y beber, pero en este caso encontramos la rendija a través de la que observar entre visillos otras existencias, la rendija del aprendizaje y la reflexión.

Ahora ya comienza la expectativa del 2025, con todas las miradas puestas en el 25 de enero y en el 23 de agosto. Le damos la bienvenida con ilusión y esperanza, y una gran regadera con la que rociar a diario a los pequeños para que crezcan y maduren.

Apología de la rutina

Joseph Ratzinger y Ana Iris Simón. 1969 y 2024. Un programa de radio alemán y un artículo de opinión en El País. Un acusado de fascista y una sospechosa de comunista. Uno que fue Papa y otra que es mamá. La paradoja de que dos cosmovisiones antagónicas confluyan en una inquietud común: el camino de la búsqueda de la luz y de la paz.

La Chon y el consuelo

Cementerio de Villaescusa de Haro, entre cruces y cipreses.

Ya no hay brillo fugaz
ni reflejo perfecto.
No queda nada cuando miro alrededor.
Así que manda una señal
para que sirva como luz.

[Algo que sirva como luz, Supersubmarina]

La escena debía provenir de una grabación descartada de Los Soprano. Alberto, con su perfil similar al de Toni Soprano, en chanclas y acompañado de su mujer, miraba ensimismado a la oca relucientemente blanca que revoloteaba por el corral de Rafael en las primeras horas de luz de mayo. Había perdido esa semana a su madre. La Chon ahora reposa eternamente a exactamente 60 metros de la cama de su hijo, jamás más cerca desde que el gran boxeador voló del nido.

La casa de Alberto está enfrente del cementerio y a él, hasta ahora, le llamaba la atención que hubiese gente que de forma ritual subía todos los días a visitar la sepultura de algún familiar. De su hijo, de su esposo, de su madre. Desde fuera todo se percibe inútil, pero en cualquier pueblo hay personas que no fallan a su cita diaria en el cementerio, incluso si el caminar se les hace un mundo por la vejez y la fatiga del regreso les pesa cada día más, una misión épica diaria, la famosa pasión cotidiana. Ya sin orgullo que disimular, Alberto reconoce que él ahora también siente la necesidad de acercarse a diario a su madre, de querer creer que no todo ha terminado.

Le doy ánimos y le digo, sin conocimiento de causa, que eso es bueno para hacer el duelo, para sobrellevar el dolor. Mientras, él se pregunta en voz alta para qué sirve vivir, qué sentido tiene si al final todo queda en el aire y olvidado, porque su madre siempre estuvo afanada en pequeños detalles cotidianos, como pintar su coqueta casita del barrio y ahora, sin embargo, a nadie le preocupa que esa casa luzca bien blanqueada. Creo entender su certera reflexión, desvelos como ese la mantenían en vilo y ahora Alberto se siente el heredero de las inquietudes de su madre y entiende que no puede heredarlas, de ahí que sospeche que todo se evapora con el tiempo.

Me he acordado de En busca de consuelo, ensayo reciente de Michael Ignatieff que bucea en las manifestaciones de esperanza que han recorrido grandes intelectuales de la historia y cómo el consuelo ha ido mutando desde la necesidad de Dios hasta contemplar cómo única esperanza una sociedad justa o una generosidad reconfortante. Este imprescindible ensayo no permite aclarar dónde debe cada uno acudir al encuentro de su consuelo, pero al menos ofrece un abanico de posibilidades ya exploradas por otros. No se lo he recomendado a Alberto porque, entre otras cosas, entiendo que él está abriendo su camino propio.

Mientras tanto, me absorbe la narración del gravísimo accidente de tráfico que sufrieron los componentes de la banda de indie pop Supersubmarina en 2016. Fernando Navarro lo ha dejado plasmado en Algo que sirva como luz y, desde el título, ya anticipa la necesidad de una señal de esperanza. Cuando todo se vuelve oscuridad, la misión primordial consiste en buscar las agarraderas, incluso si se te ha quedado la pierna como un guernica o debes arrastrar toda tu vida secuelas neurológicas del golpe. La vida es la esperanza por venir y la comprensión de lo inevitable.

2023: más vale cuarenta volando que pájaro en mano

Cubierta del convento dominico [pic by V. Martín]

En los vértices del tiempo
anidan los sentimientos.
Hoy son pájaros de barro
que quieren volar.

[Pájaros de barro, Manolo García]

Este pasado año tocó cambar el dígito de la decena de la edad al 4 y, desde luego, se me ocurren mil motivos más contundentes para definir el concepto de crisis. En el fondo, las crisis de la edad son un privilegio del confort, una prebenda del conflicto existencial de pisar hitos intermedios y prever el final entre la niebla. Papá, entre tú y yo tenemos cuarenta dedos, igual que tus años, confirmó tu mente matemática una tarde de septiembre.

Sería imposible pensar que vosotros, tan principiantes e inocentes, supieseis lo que significa una crisis, lo que es una depresión económica o una dificultad psicológica. Tú mismo ni siquiera puedes creer que haya cosas que no alcanzas a comprar con las monedas de la hucha y que haya personas malas en el mundo que sientan incluso tener motivos para serlo, como en Pascual Duarte. Te angustian los malos y adoras a los cariñosos, quizá tengamos que aprender taxonomía contigo.

Mientras tanto, avanzamos día a día, y no paramos de sorprendernos. Me fascina tu percepción sensorial. Tus olores: papá, en la calle huele a pulpo asado. Tus sonidos: papá, cuando se me mueve el diente suenan cascabeles. Tu inequívoca percepción del tiempo: papá, ¿ha pasado ya un rato o solo medio rato?

El mundo de hoy: la guerra y la orfandad moral

Vivimos tiempos de guerra y tú dudas: papá, en las guerras, ¿por qué no se lo juegan a piedra, papel o tijera? Y no sería fácil explicarte que las guerras nunca se hacen para conquistar la paz, solo se hacen para ganar. A toda costa. Tu hermano sí comprende que donde no hay molestia hay paz: soy Alfonso y no me molestes. Y ha aprendido que conviene dosificar el cariño: abuelo, el abrazo que le he dado a la abuela lo compartéis.

Habitamos un preocupante mundo en llamas en un tiempo líquido y vanidoso, y eso me preocupa, valga la redundancia, solo por vosotros. Vienen mal dadas para la verdad, porque se hace negocio de tergiversarla, para la humildad, porque se desdeña su elegancia moral, para la justicia, porque se empeñan en exprimir la interpretación a la conveniencia de la arbitrariedad, para el trabajo, porque sale mucho más caro que la abulia, y para la honestidad, porque no queda margen para el decoro razonable. Qué casualidad que, en marzo de este año, una joven profesora de arte me descubriese el lema familiar del obispo Sebastián Ramírez de Fuenleal, entroncado con este sentimiento de orfandad moral: «que tu diestra te conduzca a hacer proezas a través de la verdad, la humildad y la justicia» (Salmo 45).

Cronología breve

Hay años más vehementes y otros más anodinos, y este que se ha esfumado cabe bien en el primer paquete. En el principio fue la recuperación de la mononucleosis de Cayetano, el bautizo de Elisa y la extirpación de un lunar incómodo en la espalda que, según dicen, era nocivo aunque yo no lo viese hacer nada malo. Por primera vez, también, presentamos un vídeo muy chulo en Fitur. A principios de febrero, un jabalí se cruzó de noche en la carretera al paso del secretario municipal; le llevé a la ribera del Záncara un bocadillo de tortilla de patata y una coca-cola y me devolvió el favor yéndose a otro ayuntamiento.

En marzo, el 16, llegó el momento más angustioso del año; Alfonso, enfermo, vomitó encima de mí después de cenar y se puso morado y frío, en mitad del salón, sin conseguir sostenerse en pie, con la mirada perdida. Todos los fantasmas del mundo bailando a nuestro alrededor hasta que, a la respuesta del grito y el zarandeo, vino Yoli y regresaron el color y la mirada. Ya se acercaban las elecciones municipales y los descuartizadores de golondrinas hacían su agosto por adelantado; hubo miedos y titubeos de alcaldes y candidatos que Benjamín resumió a la perfección: «somos seres vulnerables». También Rafael Narbona se demostró vulnerable una noche del 22 de abril porque vino a hablar de la Ira y se marchó iracundo y Cesitar enseñó que todos somos vulnerables al vino en el patrimonio maridado del 29 de abril.

El 1 de mayo el joven intrépido Teo atravesó, decidido, el pasillo central de la iglesia para ir a cumplir su misión en la pila bautismal románica. Para celebrar san Isidro, compartimos un jamón de esos de muchas jotas donado por María Melgarejo y que alberga un origen de recelo. Y unas semanas más tarde, tras interminables semanas de maquetación de programas electorales y lejanos mítines, el 28 de mayo renovamos la alcaldía de Villaescusa de Haro con el sabor agridulce de las derrotas por la mínima en la Diputación de Cuenca y las Cortes Regionales. El 17 de junio tomamos posesión con ilusión, determinación y confianza; debemos ser siempre conscientes de nuestra responsabilidad, aunque, quizá por décadas de deméritos, todo el mundo tenga derecho al honor salvo la clase política.

A la semana siguiente todos lloramos emocionados en la fiesta de fin de curso del primer año de la escuela reabierta, y quizá este hecho no sea significativo de por sí, pero queremos recordar y valorar. El último día del semestre, allí en Cuenca, Chana sacó 13 votos y yo me quedé con 12 en la elección de presidente provincial, un uy muy remoto pero simpático que aproveché para reprocharles, delante de Page, su sectarismo y para recordarles la parábola del administrador infiel de Lucas.

El segundo semestre del año empezó igual, de campaña electoral para afrontar unas elecciones generales en plena canícula. Poco apetecible lo de mezclar lemas políticos y sudor. Triunfó la exposición de las madonas de Leonardo da Vinci en el convento de los dominicos igual que, en el mismo lugar, Javier Rupérez pregonó con su maestría y sensatez habitual el 14 de agosto. Entre medias, la visita al notario fracasó y, en consecuencia, la idea del proyecto propio sigue en espera.

Como otros veranos, Pablo y yo fuimos a la serranía conquense para disfrutar de una ruta en bici desde Priego, y resulta siempre tan placentero que queda la tristeza de la rareza, incluso a pesar del radio roto en Poyatos. Elisabet me robó el trabajo de maquetación del libro de fiestas por vez primera desde 2011, y lo mejoró, pero todo quedaba a expensas del inesperado escollo veraniego: la mutilación de la visita saboyana. Siempre en los momentos más inoportunos surgen los problemas más inesperados; la cascada de mando se había quebrado y autorizaban una representación de solo quince soldados. Gracias a Rafael Dengra y, en parte, a Gómez Reyes se enderezó el contratiempo. Para redondear el caos, el 4 de septiembre cayó una tormenta histórica, a la que hoy en día apellidan Dana, que confluyó en un río de agua, barro y lodo que arrasó las instalaciones deportivas y causó exasperantes daños. Ya nos hemos acostumbrado a la tortura.

El final del año vino como una montaña rusa. A la emoción del embarazo siguió la coincidencia un 5 de noviembre del final y del principio, ratificado, lo primero, el 7 de noviembre tras la posibilidad de una tristeza y, lo segundo, en feliz ecografía del 27 de diciembre. Y el 8 de noviembre desembarcó Federico para demostrar que el río lleva agua y no te bañas en la misma dos veces. Hasta el último suspiro del 29 de diciembre se mantuvo también la incertidumbre de la hipoteca, como para clausurar las dos heridas de la angustia de la Navidad de dos años atrás. La vida sigue sin pedir permiso.

Los libros del año

Las lecturas de este año han sido tan variadas que resulta complicado clasificar o elegir porque son incomparables en su concepto, ambición y desarrollo. Me quedo con cinco recomendaciones. En primer lugar, sugiero con fervor La ciudad de los vivos, del periodista italiano Nicola Lagioia, una historia absorbente basada en hechos reales que deja a la intemperie almas quebradas. Merece la pena disfrutar con Queridos niños, novela de una campaña electoral ficticia muy bien pergeñada por David Trueba, divertida y reflexiva, hilarante y certera. Me resulta imprescindible el compendio de relatos de A sangre y fuego, de Chaves Nogales, he leído pocos libros de relatos tan redondos, enmarcados con sensibilidad en los entresijos de la guerra civil patria. Quizá La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, me debiera haber conmovido más, pero solo destacaría el último capítulo acerca de la dignidad humana, que bien merece la lectura. Y, por último, el esbozo biográfico de Javier Rupérez titulado De Helsinki a Kiev: la destrucción del orden internacional, una mirada lúcida a la diplomacia y la geopolítica de la guerra fría que nos permite distinguir lo que ha cambiado el mundo en medio siglo, porque donde hubo obsesión por la paz ahora hay fragilidad y vanidad.

Un extraño turismo

Hacía años que no viajábamos tanto, supongamos que por los pañales y los quehaceres. Bien es cierto que el manojo de destinos escogidos puede causar extrañeza, mofa o pena: Zamora, Teruel, Salamanca, Badajoz. En un contexto turístico de destinos abarrotados y búsqueda de lo exótico, no se me ocurren, en verdad, visitas mejor seleccionadas para escapar a la masificación y lo hortera.

Nos escapamos con el frío del principio del año a Zamora y su Tierra de Campos. A dormir bien, a comer mejor y a beber virtuoso vino de Toro, en resumen. Estuvimos solos en el monasterio de Santa María de Moreruela, en el castillo de Castrotorafe y en la iglesia visigoda de san Pedro de la Nave, como una silenciosa excursión al pasado, al olvido, al vacío. Paseos nocturnos por la Zamora románica, bien cuidada y sin estridentes aspiraciones, castellana entera aunque se quiera leonesa, de gastronomía recia y vinos contundentes. Y no olvidar visitar el pórtico de la Majestad de la Colegiata de Toro.

En junio celebramos el fin de campaña electoral junto a aragosaurios y tiranosaurios en el parque temático de Teruel, tan recomendable para visitas familiares. No recuerdo el nombre del hotel pero sí que estaba preparado para familias y niños, con piscina de dinosaurios y sala de juegos, lo que necesitábamos para domesticar a la prole. Nos acercamos también a Albarracín y, sin embargo, disfrutamos más en la vuelta a casa pasando por las ruinas de Moya y por el monasterio de Tejeda en Garaballa.

La providencia quiso que la compañía aérea cancelase nuestro vuelo a Italia, y tras el contratiempo tuvimos que agradecerlo por cuestiones logísticas que pasan por extravío de identidad materna. Nos subimos a una especie de vaporetto entre el aeropuerto Marco Polo y el corazón de la isla de Venecia. No era muy inteligente pasear una mañana calurosa de final de junio cargados de maletas y niños por los callejones masificados de Venecia, pero la pizza, el helado y el café terminan siempre compensando allí los sacrificios inútiles. Estuvimos en una especie de zoo sostenible y todas las noches íbamos a por el helado, mimetizados con la esencia de su felicidad.

En agosto nos escapamos a Vilvestre, que está a cinco horas de casa, como sabes calcular. Tienes Belmonte a 5 minutos, Pedroñeras a 15, Cuenca a una hora, Madrid a hora y media y Vilvestre a 5 horas, y con esas medidas puedes calcularlo todo. Vilvestre está en el corazón de las Arribes del Duero y, aunque nunca parecía cambiar el horizonte de la meseta castellana, allí el Duero había horadado un nuevo paisaje verde y profundo que, además de su belleza, ofrecía la utilidad de las grandes presas hidroelétricas, como las de Aldeadávila y Saucelle. Conocimos bodegas con vino de Juan García en las cuevas de Fermoselle, nos bañamos en el Duero Internacional y en una playa en Aldeadávila, desde donde fuimos nadando de un país a otro atravesando el río. Comimos en la posada de la Urraca de Fermoselle antes de vivir unos extraños correfuegos en la feria de Aldeadávila. Disfrutamos mucho del paseo en barco por el Duero desde el aparcadero de Vilvestre aunque no nos atrevimos a alcanzar el mirador de Felipe.

Ya en octubre nos acercamos a Badajoz, para cumplir con nuestro compromiso anual junto al Regimiento Saboya. Por primera vez para disfrutar varios días y conocer Elvas y Olivenza. En la fortaleza de Elvas un guía jubilado te dijo que como antes no existían Ronaldo ni Casillas entonces hacían guerras, y eso lo recuerdas mucho mejor que las batallas en la frontera. Conociste el Burguer King y ni te hizo ilusión. A la vuelta paramos a disfrutar de Mérida, que bien lo merece, y de un muy tranquilo viaje a casa que nos hacía olvidar que los pequeños pudiesen alterar planes. Otros momentos vendrán y serán bienvenidos por necesidad.

La ciudad de los vivos


Portada del libro, imagen de Infobae.

“Si deseas evitar el esfuerzo bestial de comprender quién eres,
la sociedad te ofrece cientos de moldes vacíos”.

[La ciudad de los vivos, Nicola Lagioia]

En febrero, la periodista y lectora profesional Lara Hermoso publicó un tuit que me llamó la atención: «Estamos en febrero y no tengo dudas de que este libro va a ser uno de los mejores del año. Cuenta un caso real y muy mediático en Italia, el del asesinato de un chaval a manos de dos tipos de buena familia. Qué manera de trazar perfiles psicológicos, de meterte en el delirio».

Entonces compré «La ciudad de los vivos», de Nicola Lagioia. Aunque suelo recurrir a la librería, este lo encargué a Amazon por comodidad y, al desempaquetarlo, me sorprendió su ancho lomo, casi quinientas páginas. Banal motivo para aparcarlo temporalmente, pero tampoco hay que hacerse trampas al solitario: la falta de tiempo provoca frustración al abordar grandes obras.

A la postre, Lara Hermoso debía tener razón en su premonición porque, al terminar el año, una gran mayoría de lectores añadían este libro entre sus favoritos del año. Enric González fue certero: «para qué alargar esto: hablamos del mejor libro del año y hay que leerlo». También Rubén Amón esbozó una excelente crónica para El Confidencial.

Me convencieron. Y tenían razón: un libro imprescindible. La Roma decadente que oculta día a día las miserias y soledades de la clase privilegiada. Un crimen real y espeluznante de un chaval de 23 años de la periferia. Un análisis exhaustivo de motivos, de traumas, de personalidades, de casualidades, de desamparos. El poder de las drogas para anestesiar voluntades. La suerte como chispa para asesinos y víctima.

Hay montones de críticas en medios especializados para entender mejor esta «novela». Mi misión se limita a recomendar con fervor su lectura, porque absorbe sin piedad al lector, y no por morbo, sino por interés en seguir buceando en las profundidades de las mentes de los jóvenes Manuel Foffo y Marco Prato, en las de sus padres y amigos, en la hipótesis de un Luca Varani resurgido como ave fénix. Nos sentimos interpelados de un modo terrible por un azar posmoderno incluso a sabiendas de las distancias personales. Porque la clave de bóveda de la novela está ahí: esto me podría haber pasado, ¿esto me podría haber pasado? Quizá detrás del confort de nuestras vidas hay un rincón oscuro para posibles tragedias, una posibilidad latente de crimen injustificado, un azar juvenil capaz de arruinar tu vida y la de tus allegados sin ninguna consciencia.

La sensación de lectura era extraña porque removía más en los ratos sin leer que en la propia lectura. Invade tus pensamientos en la abrumadora incógnita: ¿por qué? No paras de darle vueltas, en la relatividad, al contexto generacional, al ambiente urbano, a la ponderación de traumas heredados, a la cercanía en personalidad con amigos y conocidos. Una lectura que se convierte en una obsesión. Si lo abres y no puedes parar de leer y de pensar y de removerte luego no vengas a echarme la culpa.

2022, bella ciao, ciao, ciao


Novena desde el coro alto de la iglesia del convento de justinianas.

Todo el mundo tiene restos de sueños
y regiones de la vida devastadas,
todo el mundo tiene una infancia
que resuena en las esquinas de su casa.

[Los jardines de marzo, La Bien Querida]

Un vistazo, por el retrovisor, a este 2022, concluye que he revisado más sentencias judiciales que novelas, que he estudiado más informes de intervención que ensayos, que he escrito más columnas de opinión política que entradas personales de blog, que he visto más intervenciones parlamentarias que películas y que he viajado mucho más por motivos políticos que por ocio o vacaciones.

Pero, a pesar de todo, no hay que perder las buenas costumbres y clasificar las diez mejores lecturas del año que pronto expira:

  1. Momentos estelares de la humanidad (Stefan Zweig)
    Volvería a leerlo mil veces. Puedes vivir sin adentrarte en estos catorce fragmentos de la historia seleccionados por Zweig, pero también puedes vivir en un zulo sin riñones ni ojos. Más aquí.
  2. España invertebrada (José Ortega y Gasset)
    Que España es un país invertebrado lo damos por sentado, pero que Ortega lo describa de forma tan certera en este ensayo hace sospechar que nos está vigilando por un agujerito. Pone en contexto el independentismo catalán para que sepamos que no tiene solución rotunda, solo márgenes de convivencia. Y nos recuerda que «tal vez ha llegado la hora en que va a tener más sentido la vida en los pueblos pequeños y un poco bárbaros».
  3. Los restos del día (Kazuo Ishiguro)
    Cada novela de Ishiguro es una obra de arte de orfebrería de exquisita sensibilidad. Un veterano mayordomo repasa su vida al servicio de una noble familia de la élite inglesa. La evolución social, la negociación de la humillación alemana tras la gran guerra, el amor discreto, la vocación de servicio, la obsesión por el trabajo bien hecho, y mucho más en un monólogo inolvidable e increíblemente verosímil.
  4. Hamnet (Maggie O’Farrell)
    De la biografía personal de William Shakespeare se sabe que se casó, tuvo tres hijos y el único varón, Hamnet, falleció a los 11 años. A partir de estas pinceladas de realidad, O’Farrell esboza una historia mágica centrada en la figura de Anne, su esposa, y en la agonía del pequeño Hamnet. Las lágrimas son inevitables en la catalogada como una de las mejores novelas del 2021.
  5. El hombre en busca de sentido (Viktor Frankl)
    El psiquiatra judío Viktor Frankl narra su angustiada existencia en un campo de concentración nazi. Por deformación profesional, intenta analizar el comportamiento humano, que busca un resquicio para conmoverse por un paisaje bello rodeado de cadáveres y que ansía entender el sufrimiento como un sacrificio que da sentido a la miserable existencia. Insiste en que tenían los días contados aquellos prisioneros que abandonaban la dignidad de lavarse, la ilusión por la sopa aguada y la necesidad de despiojarse al acostarse porque la apatía y la indiferencia son la antesala de la muerte. Por eso hay que hacer la cama todas las mañanas y dar un beso a tu pareja al despertar.
  6. El matarife (Sándor Márai)
    El atormentado húngaro escribió en su juventud esta novelita de iniciación en la que narra la historia del carnicero Otto Schwarz vía disección psicológica. Quizá no esté a la altura de sus grandes obras como El último encuentro o La mujer justa, pero merece mucho la pena y ofrece, en su sencillez, un argumento redondo. Podría convertirse en guion de un buen thriller de David Fincher.
  7. El príncipe moderno (Pablo Simón)
    El politólogo riojano ofrece un ensayo tan actual como ameno sobre política moderna. Sus enseñanzas están lejos de Maquiavelo a pesar del guiño del título, pero ofrece lecturas inteligentes de contextos presentes para entender un poco mejor porqué este mundo está tan loco.
  8. Decálogo del buen ciudadano (Víctor Lapuente)
    El sentido común europeo en este siglo XXI. Un moderno ensayo de ética social de un padre de familia numerosa que pide que creamos, aunque sea un poco, en Dios y en la patria. Lapuente es un progresista afincado en Suecia a pesar de que su lema «Dios, patria y familia» lleve el sello de Giorgia Meloni y del fascismo italiano de los años 30.
  9. Asombro y desencanto (Jorge Bustos)
    Esta prosa tan poética me confunde, a ratos deliciosa, a ratos presuntuosa, pero la mirada de Bustos a través de los paisajes manchegos de Alonso Quijano resulta lúcida y atractiva. Encontrar poesía en una visita por Belmonte a las cuatro de la tarde de agosto tiene su mérito. La parte francesa es más madura, pero más aburrida.
  10. Lanzarote (Michael Houellebecq)
    La han impreso solo para vender, es lo más simple e innecesario del genial francés, a años luz de Sumisión, Plataforma, Las partículas elementales o El mapa y el territorio. Pero, claro, sigue siendo Houellebecq.

Pocas novedades puedo ofrecer de cine y televisión. Nos borramos de Netflix y HBO, tras correspondiente agradecimiento a su labor en épocas pandémicas. Me embaucó Argentina 1985, me aburrió Alcarrás, me angustió Trece vidas y me volvieron a seducir E.T., el extraterrestre, La historia interminable o Charlie y la fábrica de chocolate, ahora ya con otros ojos.

Durante las noches de todo el año, para disgusto del gorila, nos ha acompañado la familia Pearson en This Is Us (Amazon Prime), cuya historia termina con nosotros, precisamente, en esta víspera de fin de año. Los hermanos Randall, Kevin y Kate son unos brasas a los que se les coge cariño a lo largo de su angustia existencial, cada uno cargado con un maletón de fantasmas propios. Han quemado tanto CO2 atravesando el país en avión de costa a costa solo para discutir con el resto de su familia que Greta los encarcelaría; Beth lo resume: «la familia Pearson es lo mejor y lo peor que me ha pasado en la vida». Más que una serie parece una parábola mística alrededor de un matrimonio ideal, la hagiografía de una madre todopoderosa y el recuerdo idealizado de un padre perfecto; qué insignificantes parecemos a la sombra de Rebecca y Jack. Kate cuadra el círculo cuando demuestra saber ponerle siempre la cola al caballo con los ojos vendados: «me tapáis los ojos, pero os ponéis todos a hablar y, si sé dónde estáis, puedo orientarme para saber dónde ir»; no se me ocurre forma más romántica de entender la familia.

Y hubo conciertos durante todo el año. Inolvidable In Paradisum en nuestra casa vía Réquiem de Gabriel Fauré. Y la adaptación imposible de La Primavera de Vivaldi al órgano barroco. O la ídem del Billie Jean de Michael Jackson en formato cuarteto de cámara con Chopsway String Quartet. En Segóbriga disfrutamos con las Tanxugueiras, nos emocionamos con Estrella Morente y recordamos la adolescencia con Revólver. En Uclés nos acongojó Lux In Tenebris y en Cuenca nos sorprendió la Misa de Coronación de Mozart en interpretación de la gran orquesta Ciudad de Granada.

Han pasado muchas cosas desde el primer «papá» del pequeño garrapato el 11 de enero de 2022 hasta el perfectamente inteligible «mira, Ca-ye-ta-no, estoy trabajando muy bien, pintando una calabasa que da mucho miedo» del 28 de diciembre. Han pasado muchas cosas desde aquel 13 de febrero en que el gran gorila dijo «papá, hoy no has dicho en todo el día ¡ay, señor!» hasta que en diciembre me preguntó que si Dios tenía teléfono. Han pasado muchas cosas desde la última nochevieja con alma de funeral y la última cabalgata de reyes con mascarilla bajo la lluvia hasta unas campanadas en las que los pequeños comen las uvas más rápido que los mayores.

Y, en el interludio, la vida nueva de agosto y la muerte del punto final de octubre, la inevitabilidad de este mundo; estamos más preparados para abordar la muerte que la vida. Se fueron también Isabel II, Pelé y Benedicto XVI, menudo trío. Además, en el interludio, las noches de alegría de esperadas graduaciones y de oposiciones exitosas, como escribió Sylvia Plath: «quizá nunca sea feliz, pero esta noche estoy contenta».Vino José Manuel Navia a fotografiar los rincones cotidianos de la Bella Excusa, Rafael Narbona a cincelar el alma del pueblo con cariñosa barrena de tinta y sudor y Lidia Simarro a dejarse la vida domesticando a los niños del pueblo después de cinco años de barbecho. Y, qué paradoja, al final aportan más de lo que se llevan, porque la buena gente tiene otra mirada y sonríe con plenitud y deja un rastro de benignidad que huele a hierba y lluvia. Miguel Ángel Valero, que afirmó que estoy condenado a la irrelevancia y sonrió cuando me llamaron besugo, y Vladimir Putin, que bombardea Ucrania y viola a las mujeres de Mariúpol, no huelen a lluvia sino a orina reseca. Antonio González insiste en que recibimos tres herencias, la genética, la del billetaje y la del alma, y que solo la última nos empuja a explorar nuevos horizontes y dar un sentido a la vida, aunque la realidad se empeñe en empañar la prosperidad con nuevas pandemias contra ovejas villaescuseras y contra pinos jovenzuelos. Vinicius hizo el gol de la final de la Champions para el Real Madrid, los Hernangómez le dieron otro Eurobasket a España sobre Francia y la locomotora de Wout Van Aert facilitó a su compañero Jonas Vingegaard su primer Tour de Francia. Y en el entretanto, la eterna obsesión por la justicia y la necesidad de sobrevivir a la injusticia, porque se corre el riesgo de perder la cabeza como Alonso Quijano, tan ávido de desfacer entuertos y facer la justicia en el mundo; Ratzinger recuerda que «la política debe ser un impulso de justicia y, por tanto, la condición básica para la paz».

Quedaría más bonito decir que Bruselas fue el viaje del año pero la verdad es que el 2022 se resume en ese viaje matinal en tren turístico desde Madrid a Cuenca, con su parte inútil al tener que ir en coche a Atocha para coger un lento tren de vuelta a casa, su parte romántica en las lágrimas de la estación de Huete por las oportunidades perdidas y las esperanzas pisoteadas, su parte incómoda porque Benjamín, Carlos, Fran y Dani ocupan mucho y tuve que buscar hueco en otra cabina junto a jóvenes amanerados y enamorados de la mística ferroviaria, y había políticos grabando discursos, y oportunistas ofreciendo borrachos de Tarancón, y fotógrafos en las lomas a lo largo del recorrido, y, sobre todo, un fin de trayecto a ninguna parte. Pero qué bonito se ve siempre el paisaje desde los ventanales de un tren, incluso a través de la Alcarria. Woody Allen lo explica todo mucho mejor en la escena inicial de Annie Hall: «dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña y dice una ‘vaya, aquí la comida es realmente terrible’, a lo que la otra responde ‘sí, ¡y además las raciones son tan pequeñas!’; pues básicamente así es como me parece la vida». Pues eso.

Momentos estelares como morir


Robert Falcon Scott en su expedición al Polo Sur.

Voy a estar en casa, haciendo nada.
Si no me llamas, te llamo.
Acércate, que hay alegría, birra y melodía.
Mira cómo se cubre de nubes
y mira luego cómo se despeja.

[Lo bueno no sale barato, Habana Abierta]

– Papá, ¿qué es morirse?

Y yo qué sé, hijo, nunca he estado ahí. Te digo que es dejar de vivir, no ser más, que te meten en una caja de madera, te despiden todos tus amigos y te entierran en una sepultura del cementerio.

– Papá, ¿y qué es una sepultura? ¿eso es para siempre?

Yo no sé lo que es morirse, hijo, nadie ha practicado para explicarlo. Te digo que es no respirar y entonces te veo cogiendo aire profundo de forma disimulada para constatar que tus pulmones funcionan genial. Ni que tú tuvieses que demostrar que estás vivo. No nos interesa la muerte, salvo la de las moscas y la de los ladrones de la noche. Para qué arriesgarse a probar si ni siquiera sabemos si en la muerte hay chuches.

He estado leyendo los Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig y enseñan lo que es morirse porque todo momento estelar es éxtasis o fracaso o muerte. Zweig disecciona, por ejemplo, la agonía de los exploradores pioneros de la Antártida en una odisea inolvidable de hambre y muerte y frío tras una aventura de fracaso. Cuando el británico Robert Falcon Scott llegó al Polo Sur, la bandera noruega de Amundsen ya llevaba un mes allí. Derrotados, Scott y sus cuatro compañeros emprendieron la vuelta para fallecer congelados a pocos kilómetros del puesto de reabastecimiento. Lo encontraron abrazado de forma póstuma a un camarada como intentando aprovechar los últimos rescoldos de calor humano. Pero cómo entender una historia de pies congelados en mitad de una ola de calor abrasadora del mes de julio. Cómo asimilar una ventisca polar desde el sudor de una siesta estival manchega.

Hay instantes mágicos que marcan el devenir de una civilización en un gesto. Y casualidades como leer el pasaje de la batalla de Waterloo una mañana de julio en un hotel de Bruselas, a pocos kilómetros del frente de batalla, como si el destino o lo que sea hubiese planificado la rendición de Napoleón mientras un puñado de conquenses defendíamos los intereses de nuestra tierra y del único tren que recorre la provincia en el Parlamento Europeo. Cómo entender Waterloo desde la comodidad de una cama cerca de la Grand Place. Cómo asimilar la derrota final del militar francés y su destierro a la isla de Santa Elena mientras preparo la maleta para un agradable viaje de vuelta a la patria y al hogar. También los emperadores mueren pobres y solos, hijo.

Zweig cuenta también cómo se desplegó el primer cable oceánico de telégrafo para unir América con Europa mientras estas semanas unos operarios emigrados de América despliegan la red de fibra óptica por las fachadas blancas del pueblo. Y narra el descubrimiento de El Dorado y la fiebre del oro del s. XIX en un verano de incertidumbre económica y codicia que se corona con un juicio inexplicable para demostrar que la justicia siempre ha tenido realidad maleable. Ni que el escritor austriaco hubiese investigado este verano para escribir su obra maestra hace casi cien años. Que yo me encuentre a Dios por todos lados no significa que exista.

Los catorce momentos estelares perfilan los confines de la humanidad. Cómo vivir ignorando estas historias que enseñan más sobre el alma humana que cualquier tratado de psiquiatría o filosofía. Lo saben desde Cicerón a Haendel. Zweig ya enseñó con su biografía El mundo de ayer que se podía describir el contexto histórico del nazismo de Hitler mejor que a través de los fríos libros de historia. Y es que si la belleza no salva al mundo que al menos nos haga felices.