Despoblación, qué palabra más fea

Sergio del Molino con Paco Martínez Soria en «El turismo es un gran invento»

Llueve en el único infierno con hielo
En el campo amarillo de Antonio Machado
Soledades y vientos tirando del carro
En la tierra que menos le importa al gobierno

[Campo amarillo, La M.O.D.A.]

El escritor maño Sergio del Molino se acercó a Villalba de la Sierra, invitado por la CEOE, para participar en un foro sobre despoblación. El título de su conferencia era «Más allá de la geografía y la política: la España vacía como una cuestión emocional».

Tras su interesante investigación sobre el asunto y decantada en el ensayo «La España vacía: viaje por un país que nunca fue», ahora Del Molino se ha convertido en un notable referente de un asunto en el que, precisamente, se manifiesta profano porque él es urbanita. Habló de su abuelo, que nació en un pueblo en el que no vivió pero que necesitó pasar sus últimos tiempos en una vieja casa mal reformada en ese pequeño pueblo de la zona de Calatayud, como si su alma buscase el reposo en la quietud rural.

«Queremos quedarnos a vivir en el pueblo pero no queremos ser héroes, solo ciudadanos normales». Quizá esa sea la frase más certera de la conferencia de Sergio del Molino. No se trata de heroísmo al comprar el pan o localizar medicinas, sino de tener igualdad de derechos y servicios. En caso contrario, se manifiesta el sentimiento de «disminución de la ciudadanía», y unos vecinos que se sienten infravalorados terminan por sentirse abandonados por el Estado, como dice la canción de La Maravilla Orquesta del Alcohol.

Insistió también en que de nada sirve recrearse en melancolías ni acudir a pasados idealizados que, en realidad, no debieran serlo tanto. Más bien, proclama una defensa de vivir el presente en el mundo rural con dignidad. Es así de sencillo, vivir en paz y con garantías, aprovechando además las ventajas que ofrecen los nuevos tiempos para disfrute del ocio o adquisición de bienes.

Ya lo dijo Fray Luis en su Oda a la vida retirada: «Un no rompido sueño, / un día puro, alegre, libre quiero».

Lo mismo de siempre

Estrella Damm siempre ofrece el mejor anuncio del verano; este año, con una versión patria del «Another Sunny Day» de Belle & Sebastian de fondo musical, el spot se iniciaba con una conversación entre amigos:

– ¿Qué haremos este verano?
– ¿Cómo que qué haremos? Haremos lo mismo de siempre.

Y desde ahí un atractivo recorrido visual por los lugares comunes de las vacaciones del grupo de amigos año tras año. Es cierto que uno puede no sentirse identificado con esos días cerca del mar en una casita de alquiler con un grupo de chicas jóvenes pero sí sentirse interpelado por la pauta veraniega de imprescindible llamada.

Es el mismo viaje al aeropuerto de Barajas para recoger a los mismos de siempre que vienen del lugar de siempre a pasar los mismos días y a hacer lo mismo: leer a escondidas y abusar de la piscina. Es la misma vecina que pide que se limpie el solar que linda con su patio y el mismo vecino que pide que se cambie el botellón de lugar y la misma cansina que se queja de las avispas en la piscina. Es la misma copa y la misma cerveza a la misma hora con el mismo aperitivo y en las mismas sillas que hace medio siglo. Y es el mismo pregón con la misma pólvora después de la misma procesión con la misma banda de música. Y es el mismo «venga chicas, que nos están esperando para entrar a la cuerva» a la misma hora del mismo día para tomar el mismo vino con los mismos cacahuetes. Es el mismo amanecer fresquito y el mismo sudor en la siesta viendo la misma etapa del Tour. Y es la misma orquesta que canta las mismas canciones para el mismo público. Es la misma partida de tute con olor a viejo y ventiladores chamuscados con una baraja estrenada ayer pero que se palpa como antigua. Y es el mismo Thunderstruck antes de la emoción de la salida de siempre para correr por las mismas calles y ver a los mismos espectadores. Es todo tan lo mismo que parece mentira que sea imprescindible.

Pero, en el fondo, quizá hagan falta esas certezas, esas sorpresas esperadas después de un año, ese confort conocido, seguro que porque merece la pena.

Este pueblo no olvida

Inauguración de la calle Teniente Castillo, 14 de septiembre de 2024.

El 14 de septiembre de 2024 se inauguró una calle en honor al teniente Castillo, germen de la historia del hermanamiento entre el Regimiento Saboya y Villaescusa de Haro y fallecido de forma prematura en un accidente de helicóptero a los 28 años en Valverde de Júcar. Al acto de inauguración asistió su hermana, Julia Fernández Castillo, doctora en física nuclear jubilada desde ya hace décadas.

En su improvisado discurso de agradecimiento, erguida y con un ramo de flores en los brazos tras haber descorrido la cortinilla de la placa de la nueva calle, Julia glosó las virtudes de su hermano, su gallardía y su pasión por el prójimo desde la infancia. También manifestó su sentimiento de gratitud por mantener viva la memoria de un soldado fallecido hace más de cincuenta años. «Este pueblo no olvida», dijo literalmente. Y defendió el mérito de un pueblo que recuerda su pasado y lo valora, que se aleja del adanismo contemporáneo para, con humildad, reconocer a las personas que dejaron huella, de una u otra forma, en el imaginario colectivo del lugar.

Esas cuatro palabras, este-pueblo-no-olvida, me llegaron como el eco de una profecía entre la sensibilidad de todos los catorces de septiembre, el selecto público allí congregado de forma espontánea y la emotividad del sencillo acto programado. Es cierto que, al pasar el tiempo, me apena que no hubiese más vecinos sintiendo ese instante aquella soleada mañana, pero cada uno navega sus inquietudes.

Me pregunto qué llevó a Julia a decir esa frase tan rotunda y cargada de significado. Qué tiene de cierto el olvido y qué tiene de particular la memoria de un pueblo. Quizá, entre la modernidad líquida, sean los pueblos los garantes de custodiar los recuerdos del pasado, como sucede con las tradiciones y las costumbres. Incluso con los cementerios, tan diferentes los de una ciudad y los del mundo rural, que siguen repletos de las almas que fueron, que permanecen en la memoria de los que viven y que ofrecen la conciencia de pertenencia a una tribu con ristra de antecesores y sucesores. El cementerio pellizca nuestra vanidad para recordar que no podemos concebirnos como seres desarraigados.

No olvida el que recuerda, y recuerda el que adquiere el hábito de la repetición. Así, la memoria se sustenta en la aparente vulgaridad de la insistencia cotidiana. De hecho, nuestra vida está jalonada de rutinas periódicas que nos brindan esa conciencia de trascendencia para evitar los desapegos. Y cumplimos años para recordarnos vivos, y celebramos la Navidad para recordar a nuestra familia y al que nació hace más de dos mil años, y descansamos los domingos para entender el valor del trabajo, y hacemos la cama todas las mañanas para dar valor a la disciplina y al hogar. El mejor ejemplo son las cincuenta reiteraciones de un rosario. Y, a la postre, el romanticismo de palabras gruesas como olvido se apaga con la rutina repetitiva.

Y por eso recordamos al teniente Castillo, y damos importancia a los que nos precedieron. Juan Manuel de Prada lo dice mejor: «nadie tiene derecho a derribar de un capirotazo lo que las generaciones previas erigieron con infinito esfuerzo: porque en el esfuerzo de esas generaciones hay mucho amor insomne, muchos sacrificios ímprobos, muchas lágrimas vertidas, muchos júbilos compartidos».

De Legnaro a Zaragoza

Esta primavera, el mediodía del jueves 23 de mayo, el pelotón del Giro de Italia atravesó el pueblo de Legnaro unos 10 kilómetros antes de la meta de la etapa en el Prato della Valle de Padova. Las calles estaban a rebosar de gente viendo pasar la marea arco iris, siempre llama la atención la expectación que genera un momento tan fugaz incluso aunque seas aficionado al ciclismo. También Miriam se había acercado, por curiosidad, no por devoción, con Irene y Elisa para ver volar a los ciclistas profesionales.

Pablo, que veía por televisión en directo la etapa, capturó el momento exacto y nos envió por wasap una imagen de la retransmisión en la que aparecían de espaldas Miriam, Irene y Elisa en una acera de Legnaro mientras pasaba el pelotón.

Etapa 18 del Giro de Italia 2024, Legnaro, 10 km. a meta.

Me quedé absorto mirando la fotografía. Nos interesaban mucho más las tres espectadoras de la patata amarilla pintada por Pablo que el resultado de la carrera ciclista. En realidad, se trataba de la foto de un monitor, ni siquiera un pantallazo, y eso le confería mayor grado de abstracción a la imagen, como si no fuesen reales ni los ciclistas ni las espectadoras.

Miraba la foto consciente de que esas tres personas existían, y tenían sus afanes y sus sinsabores, y que no conocían a ningún ciclista, pero nosotros sí que las conocíamos a ellas. Y, al tiempo, la sensación de familiaridad se mezclaba con el sentimiento de lejanía: joder, necesito verlas para saber que están ahí, y entender que detrás del monitor y de la cámara de la moto están ellas, de carne y hueso. Desde ahí se irían a pasear, o a tomar un gelato por ser un día especial, o a comprar plátanos y polenta de vuelta a casa, y luego cenarían con Andrea y prepararían la mochila del cole para el día siguiente. Existe un instante random congelado en una captura de pantalla y también existe la linealidad temporal ininterrumpida de sus vidas. Lo estático en lo irrefrenable. Tan lejos y tan cerca, tan ajeno y tan familiar. Quizá no seamos capaces de -o no nos atrevamos o nos nos interese- medir las distancias cotidianas de nuestras vidas.


En verano, la mañana del sábado 20 de julio, llevé a mi madre a Zaragoza. Me ofrecí como chófer porque quería visitar a su amiga María José, gravemente enferma. Durante el viaje hablamos de muebles y precios, de la maleabilidad de la crianza, de la muerte y de las muertes, de la enfermedad, de la perspectiva de la vejez. La parada en Medinaceli fue más breve de lo habitual, llevábamos el tiempo cronometrado para llegar a comer a Zaragoza, y antes del pincho de tortilla la saludaron como clienta habitual.

Al llegar a José Pellicer, 48, el tío Javier nos anunció que ya habían vendido ese piso en el que nos encontrábamos a una joven pareja gracias a un amigo inmobiliario amigo de Ana. Desde ese momento, intenté fotografiar con la mirada cada rincón de ese piso, que había sido el de los abuelos desde hacía sesenta años, porque era consciente de que no volvería a pisarlo. El diminuto salón de incómodo sofá donde no cabíamos ni la mitad y con la ventana a la que nos asomamos cuando un vecino decidió lanzarse al vacío, el impoluto comedor con la televisión primigenia, el cuadro con la escena de caza y la bolsa de magdalenas en el estante de abajo del armario, el cuarto de baño con el water más odioso del mundo entero y el agua hirviendo de la ducha, la cocina limpia como si la acabase de repasar la abuela, la galería con horrendas vistas al patio interior, la habitación de la entrada que me trae recuerdos a ronquidos gigantes y a sudor asfixiante, el pasillo estrecho y bajo con la simpática ardillita, la habitación de los abuelos exactamente igual que toda su vida, y el olor inmutable de cada estancia.

Cuadro del comedor.

Yo no he vivido ahí pero lo he ocupado durante días de mi infancia y eso se cincela en la memoria. Ya no iba a volver a pisar ese suelo y, en realidad, no supone un profundo drama, pero la conciencia de la oportunidad de decir adiós tampoco se debe despreciar, aunque sea por respeto al pasado y a la familia. No sé si es de gente de ciencias eso de querer delimitar bien los principios y los finales. Guardé un cuadro del lavadero romano pintado por María José para que no terminase en la basura.

Alicatado de la cocina.

Después de comer y de la siesta acerqué a mi madre a la casa de María José en el barrio de Montecanal. Juanjo me invitó a pasar para desahogarse sobre temas políticos. María José conservaba su humor y su timbre de voz maño, poco más, su cuerpo había recorrido de forma muy rápida un angosto camino hacia el abismo. Dolía la disociación del cuerpo y del espíritu. Pronto me despedí porque mi exclusiva labor era de chófer.

A la mañana siguiente, recogimos las pocas fotografías con valor sentimental del piso del barrio de San José y el recordatorio de la primera comunión de mi madre, sesenta años la tacita guardada en el mismo sitio. Debe ser muy difícil despedirse de forma tan abrupta de una amiga y de un hogar de infancia y juventud. A la vuelta, confesó a su brusca manera que Zaragoza había perdido su interés ya sin padres, sin amiga y sin casa.


Y así, Zaragoza ha dejado de ser una ciudad de referencia familiar mientras Legnaro, cuyo nombre nunca habíamos escuchado, se ha convertido en un enclave estratégico. Quizá sea porque el espacio no tiene valor respecto al tiempo y al enlace. La sensación de pertenencia se alimenta principalmente de intereses familiares o sociales o económicos, y no se puede sujetar solo en el romanticismo de las anclas del pasado. O sí.

Quince años no es casi nada (The End)

Atardecer en el convento dominico de Villaescusa de Haro.

Subimos hasta el cielo
caímos hasta el fondo
lo apostamos siempre todo
bailando
danzando entre los muertos
al son de los cascabeles.

[Toro, El Columpio Asesino]

Hace unos días me llegó un correo electrónico en el que se informaba que no se procedería a la renovación del alojamiento de este blog. Corren malos tiempos para el alquiler, en vivienda y en web. Hostinet, la encargada del hosting, ofrece una oportunidad de renovación, pero a un coste abusivo, como invitando a cerrar el garito. Así que, casi quince años después, este mes será el último para este blog personal.

Quizá todo tenga un principio y un final, un alfa y un omega. El principio de esta historia comenzó en mayo de 2008, poco después de la segunda victoria de Zapatero en las urnas y en pleno estallido de la gran crisis. El gobierno ofrecía a los jóvenes un dominio .es y un alojamiento gratuito asociado durante un año, pagaba la casa. Esos años del 2008 al 2011 fueron muy locos, estábamos en quiebra pero intentábamos requemar los rescoldos del boom inmobiliario que había llenado las arcas públicas. Todavía cabían más elefantes balanceándose en esa tela de araña. Ya les tocaría a otros recoger la fiesta. Quince años después nadie ha barrido la resaca.

Desde entonces, he publicado, con esta última, 309 entradas en kyezitri.es, que ni son muchas ni son pocas pero que desnudan sin piedad la perspectiva singular de un contexto personal y social. Ni siquiera sé si me arrepiento de haber publicado algunas ideas que ahora no suscribo porque hace mucho tiempo que no releo nada; en el fondo, considero una suerte poder contrastar de forma tan nítida una mirada evolutiva. Lo definí en el décimo aniversario: incluso la entrada más ridícula me representa.

Cuando esto empezó hace quince años no tenía ni casa, ni coche, ni un trabajo decente, ni novia, ni trajes, ni siquiera un televisor grande que te cagas como el que proclamaba Trainspotting. Era, en definitiva, un joven mileurista con pocas ganas de futuro en un piso compartido de una cómoda ciudad de provincias. No sé si he mejorado pero ahora ya tengo una familia, una tesis doctoral, un pueblo, un anillo, dos hijos, dos coches, tres bicis, media docena de trajes, una decena de gallinas y un centenar de pinos; también una mochila de aprendizajes y de oportunidades perdidas. Entre medias han pasado cosas, como cepillarse los dientes, echar gasoil o freír huevos.

Jamás soñé una despedida de mi blog personal, así que he llegado al día final sin el discurso preparado. Me viene a la memoria aquella entrega de premios en la que un cocinero conocido subió a recoger el suyo y, al acercarse al micro, solo manifestó: «muchas gracias, a mí no me gusta hablar en público, así que ¡hasta luego, Lucas!». Cuando tiempo después le propuse ser pregonero de las fiestas del pueblo se estuvo riendo media tarde, claro, y ofreció cocinar unas gachas en el escenario en vez de pregonar un discurso. Corolario: medir tus debilidades y tus fortalezas resulta una estimable virtud.

A medida que envejecemos nos vamos volviendo más fruto que flor, más escépticos, más huraños, más tecnófobos, más pragmáticos. Por el camino vamos perdiendo las alas hasta que llega un momento en el que ya no podemos volar y, sin embargo, nos da igual, el mundo no se acaba nunca. El entierro de este rincón personal atestiguará que nada cambia a pesar de la procesión de funerales que jalona nuestra pasión cotidiana. Nadie nos echará de menos, solo hay que calcular el desde cuándo. Consideremos, para más humillación, que todos estos párrafos ni siquiera aspiran a un cielo o un infierno, sino a una triste papelera de reciclaje, y, a la postre, el vertedero digital y de la memoria.

En su despedida, este blog le anima a seguir soñando a pesar de las pedradas, a aspirar (por la nariz) a un mundo mejor, a leer mucho más que a escribir, a reír con los peores chistes, a ponderar el ansia de justicia social para no terminar como Alonso Quijano, a perderse en invierno en el lago de Fusine y en verano en la cala Goloritze, a entrar en Bolaño y en Faulkner, a escuchar a Sergio Algora y a Xoel López, a no morir antes de ver The Wire y Six Feet Under, a rezar en la magia de Machu Picchu o en cualquier reclinatorio de Roma, a despertarse antes del amanecer porque verlo sin acostar ya se hace difícil, a beber solo vino bueno y, sobre todo, este blog le anima a no tomarse en serio ningún consejo ni a ningún político. Porque, hace siglos, San Juan de la Cruz ya anticipó que al atardecer de la vida solo nos examinarán del amor.

And this is the end, my only friend, the end.
The end of laughter and soft lies.
The end of nights we tried to die.
This is the end.

Como un mundo de ayer


Javier Rupérez.

“La noche que te harán caer
las tropas de Napoleón
que sepas que tú fuiste el rey
de media Europa, que eres idiota”.

[Rey Idiota, Ángel Stanich]

El Embajador de España Javier Rupérez nos invitó a la presentación de su último ensayo, De Helsinki a Kiev: la destrucción del orden internacional, un repaso a su trayectoria como diplomático y un análisis al mundo de hoy. La presentación estaba convocada en la Plaza de la Villa, en el corazón de Madrid entre La Almudena y la Plaza Mayor.

Albergaba el evento la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, qué paradoja hoy en día juntar a la moral con la política en una academia, parece un chiste en estos tiempos de Donald Trump y Pedro Sánchez, maestros de la política inmoral. Y con ese protocolo de institución centenaria, se sentaron en los laterales del estrado los académicos numerarios asistentes y, en la presidencia, cinco varones jubilados encorbatados que, a la postre, intervendrían en la propia presentación. Uno de ellos era Emilio Lamo de Espinosa Michels de Champourcin; supongo que nacer con esos apellidos te impone ciertas obligaciones y te predispone a cierta perspectiva del mundo.

El acto en sí atestiguó la envidiable altura cultural de los participantes. En el contexto de la vorágine actual parecía una estampa anacrónica eso de conjugar a la perfección y proponer ideas originales. Rupérez, el eterno diplomático de familia manchega, ofrece en este ensayo una perspectiva pausada e inteligente a su bagaje como diplomático de prodigiosa memoria y al cambio de ciclo mundial, que siente con profundo pesimismo porque, como apostillaron en la presentación, hemos mutado de Kant a Hobbes, de herbívoros a carnívoros, de la diplomacia multilateral al brutalismo polarizador. Insistió Rupérez en los peligros de la guerra, en el espíritu de Nunca más que sobrevolaba la diplomacia mundial de la segunda mitad del siglo XX. Estaban muy escarmentados.

El embajador recordó que «si quieres la paz prepara la guerra» (si vis pacem para bellum). Una premonición de la fragilidad de la estabilidad mundial que, en estos tiempos y con Vladimir Putin como archienemigo visible, adquiere más protagonismo. Recordaron también que la guerra es tan humana como la paz, y la autocracia tan humana como la democracia, y por eso la batalla del bien es tan ardua. Solo grandes consensos y esforzadas predisposiciones comunes allanan el camino de la convivencia, y de ahí que Rupérez presuma de la firma del Acta Final de los Acuerdos de Helsinki, que aspiraban a un mundo pacífico, SIN barreras y CON derechos humanos.

En el fondo, en la presentación del ensayo se palpaba un paralelismo sutil con El mundo de ayer de Stefan Zweig. No por dramático tremendismo, sino por el tono pesimista y por el bagaje melancólico de un mundo mejor y, seguramente, más sencillo y menos crispado. Algunos párrafos proponen visiones deprimentes del mundo que asoma:

El superviviente que soy y por el que me debo a la historia constata, con inmensa irritación, no ausente de ira y desde luego cargada de los más negros augurios, que el mundo elaborado y progresivo en el que habíamos trabajado desde el final de la II Guerra Mundial, que pese a los negativos análisis de los agoreros, había conseguido «globalizarse», que en lo fundamental se guiaba por reglas y principios de universal aplicación, que había conseguido dotarse de un sistema de justicia internacional capaz de hacer respetar las leyes entre estados y entre estos y los individuos, ese mundo está hoy puesto en irremediable peligro de extinción. El responsable de la catástrofe tiene un nombre: Vladímir Putin. Y un país, del que es dirigente: la Federación Rusa.

Las páginas que siguen, recordatorio, premonición y esperanza del superviviente, recorren el costoso camino de perfección, la criminalidad de los que ahora lo ponen en duda y las vías eventuales para el retorno a la razón. Y a la paz. Para que nunca olvidemos a los que nos precedieron en la guerra y en la paz y hagamos nuestras las palabras que siempre tuvieron como máxima de inspiración y de conducta: Nunca más.

Tanto los discursos de la presentación como el contenido del ensayo resultan incuestionables, pulcros y razonables. Sin embargo, algo chirría: toma la palabra una generación en su ocaso, que ha vivido mucho y que conoce lo que significa la palabra responsabilidad y la palabra consecuencia, pero ¿hasta qué punto tienen legitimidad para imponer su impecable visión de la actualidad a una nueva generación? Porque podría presumir de ser el más joven de auditorio, y más bien no lo soy. No me cabe duda de que, a cada día, se va perdiendo la conciencia de lo que significa una guerra, de valorar la paz aunque tenga la letra pequeña de la renuncia, de favorecer la discrepancia sin crispación gratuita, de buscar el bien común.

Rupérez y sus compañeros forman parte de una generación privilegiada que ha vivido, después del gran drama mundial protagonizado por Hitler y Stalin, la buena intención común de aspirar a un mundo mejor y, sobre todo, el mérito de lograrlo a todos los niveles: más bienestar, más progreso, más derechos. Y, por un lado, provoca envidia sana y, por otro, genera malestar comprobar la problemática actual, protagonizada por un estado latente de peligro y un encadenamiento de crisis económicas, ininterrumpido desde 2008 a nivel nacional. Ante esta situación, la juventud ha solidificado una lógica desafección política, una notable misantropía social y un claro sentimiento de desarraigo: no tenemos nada, ni siquiera de lo que con esfuerzo se construyó, así que no os debemos nada.

Se juntan así dos visiones negativas de la realidad: la pesimista de los que están de vuelta y la cabreada de los que están de ida: una expectativa desmoralizadora a todas luces.

La ciudad de los vivos


Portada del libro, imagen de Infobae.

“Si deseas evitar el esfuerzo bestial de comprender quién eres,
la sociedad te ofrece cientos de moldes vacíos”.

[La ciudad de los vivos, Nicola Lagioia]

En febrero, la periodista y lectora profesional Lara Hermoso publicó un tuit que me llamó la atención: «Estamos en febrero y no tengo dudas de que este libro va a ser uno de los mejores del año. Cuenta un caso real y muy mediático en Italia, el del asesinato de un chaval a manos de dos tipos de buena familia. Qué manera de trazar perfiles psicológicos, de meterte en el delirio».

Entonces compré «La ciudad de los vivos», de Nicola Lagioia. Aunque suelo recurrir a la librería, este lo encargué a Amazon por comodidad y, al desempaquetarlo, me sorprendió su ancho lomo, casi quinientas páginas. Banal motivo para aparcarlo temporalmente, pero tampoco hay que hacerse trampas al solitario: la falta de tiempo provoca frustración al abordar grandes obras.

A la postre, Lara Hermoso debía tener razón en su premonición porque, al terminar el año, una gran mayoría de lectores añadían este libro entre sus favoritos del año. Enric González fue certero: «para qué alargar esto: hablamos del mejor libro del año y hay que leerlo». También Rubén Amón esbozó una excelente crónica para El Confidencial.

Me convencieron. Y tenían razón: un libro imprescindible. La Roma decadente que oculta día a día las miserias y soledades de la clase privilegiada. Un crimen real y espeluznante de un chaval de 23 años de la periferia. Un análisis exhaustivo de motivos, de traumas, de personalidades, de casualidades, de desamparos. El poder de las drogas para anestesiar voluntades. La suerte como chispa para asesinos y víctima.

Hay montones de críticas en medios especializados para entender mejor esta «novela». Mi misión se limita a recomendar con fervor su lectura, porque absorbe sin piedad al lector, y no por morbo, sino por interés en seguir buceando en las profundidades de las mentes de los jóvenes Manuel Foffo y Marco Prato, en las de sus padres y amigos, en la hipótesis de un Luca Varani resurgido como ave fénix. Nos sentimos interpelados de un modo terrible por un azar posmoderno incluso a sabiendas de las distancias personales. Porque la clave de bóveda de la novela está ahí: esto me podría haber pasado, ¿esto me podría haber pasado? Quizá detrás del confort de nuestras vidas hay un rincón oscuro para posibles tragedias, una posibilidad latente de crimen injustificado, un azar juvenil capaz de arruinar tu vida y la de tus allegados sin ninguna consciencia.

La sensación de lectura era extraña porque removía más en los ratos sin leer que en la propia lectura. Invade tus pensamientos en la abrumadora incógnita: ¿por qué? No paras de darle vueltas, en la relatividad, al contexto generacional, al ambiente urbano, a la ponderación de traumas heredados, a la cercanía en personalidad con amigos y conocidos. Una lectura que se convierte en una obsesión. Si lo abres y no puedes parar de leer y de pensar y de removerte luego no vengas a echarme la culpa.