Aquiles en el diván: un frágil 2025

Atardecer en Villaescusa de Haro [Javi Villas]

El mal no prevalecerá.
[León XIV]

No ha sido un año cualquiera este 2025. Sin turismo pero con miles de kilómetros. Sin literatura pero recorriendo mil mundos. Sin tiempo pero con una pierna implorando reposo y calma. Sin elecciones pero con terremotos políticos. Unos meses atípicos que no se pueden recorrer de forma cronológica sino como explosión de fogonazos…

Una mañana de sábado a principios de año, el pequeño garrapato me preguntó:

– Papá, ¿por qué casi todo el día estás trabajando? ¿cuántas cosas tienes que hacer? ¿tres mil más o menos?

En realidad, no sé si tengo unas tres mil cosas que hacer. Las que se me ocurren son muchas más, las necesarias muchas menos. Escribir estos párrafos solo para un puñado de gente no sé en qué categoría entra, ni lo voy a argumentar, es ya casi una tradición navideña. Vamos allá.

La obsesión numérica de Alfonso también se manifestó sobre Dios en una misa triste en Pedroñeras (papá, ¿cuánto mide Dios exactamente?) y sobre los pinos del Pastel una tarde de bici (papá, yo creo que nuestros pinos van a ser árboles dentro de dos o tres años, porque para ser árbol hay que medir tres con cincuenta). Obsesión compartida, de momento, también con Cayetano.

El 25 de enero María José se examinó del MIR, y ese día estuvimos rezando en silencio, con fe y un respeto vecino al temor. El examen más importante y conclusivo de todos y para todos, el final de un ciclo de muchos años en un complejo carrusel. En mi agenda era uno de los dos días más importantes del año, junto al 23 de agosto. Y todo salió bien. Aique, vosotros, siempre, todo, perfecto.

Como unas semanas después estuvimos de excursión en Valladolid con César y Fernando, consideramos conveniente recomendar a María José esta ciudad para su futuro: castellana pura, sobria y elegante, ni grande ni pequeña, ni cara ni barata, ni demasiado cerca para venir todos los findes ni demasiado lejos para acudir a una urgencia. Allí Santiago devoró, con poco más de seis meses, el lechazo al horno del excelente asador de la Parrilla de San Lorenzo. Una región de vino y cordero no puede ser un mal lugar para vivir.

El miércoles 26 de febrero regresaba de un pleno en la Diputación de Cuenca cuando, al pasar Torrejoncillo del Rey, se encendió una alerta roja en el cuadro de mandos del salpicadero del Golf. Y allí, junto al cementerio de Palomares, falleció el Golf después de 16 años de feliz compañía a los casi cuatrocientos mil kilómetros. A pesar de su veteranía, lucía juvenil y actual. Qué recuerdos de tantos viajes, al camping de Comillas, al bungalow de Aveiro, al hotel de Punta Umbría, al caseto de calor infernal de Mazarrón, al puerto de Cadaqués. En agosto de 2017 se atrevió, temerario, a recorrer los parajes más inhóspitos de la serranía de Cuenca entre el Hosquillo y Poyatos en «la actividad» hasta casi quedar encallado en el pedregoso barranco de un riachuelo. Y solo dos sustos, uno en la autovía llegando a Ciudad Real con Pablo por sueño y otro llegando al pueblo desde Belmonte con Inma por nieve. Ahora está achatarrado con la tarjeta de memoria de música puesta, por si acaso otra vida con PJ Harvey o Nacho Vegas.

En abril emparedamos la Semana Santa entre el Patrimonio Maridado y el concierto del Oficio de Tinieblas del Coro Alonso Lobo. Ambos eventos fueron un éxito rotundo a recordar con cariño, aunque Alfonso odie la Semana Santa. En Domingo de Ramos: «papá, yo voy a misa si va el abuelo Pepe». En Jueves Santo: «mamá, ¿para qué me quiere lavar los pies Fernando en misa si me acabo de duchar?». En Domingo de Resurrección: «¡No quiero volver a oír en mi vida la palabra ‘vaqueros’!». Aunque sabe cual es su equipo: «los cristianos somos los de Cristo y los judíos son los de Judas».

El 28 de abril sufrimos el gran apagón. Alrededor de las 12:45 horas se fue la luz en toda España al mismo tiempo. Parecía una broma. Lo recordamos como anécdota pero nos hizo conscientes de nuestra fragilidad. Fue milagroso que Inma pasase con el coche por la puerta de la Audiencia Provincial tras un acto de toma de posesión del nuevo presidente, al que tuve que asistir, porque no nos podíamos comunicar. Escuchamos la radio en familia después de cenar con velas, nada trascendental, pero qué reconfortarte sentirte bien y en casa, como si estos sustos sirviesen para valorar lo que se tiene. La luz no llegó hasta casi las 2 de la madrugada.

El 24 de mayo vivimos una experiencia única en el Bernabéu con la despedida de Modric y Ancelotti tras un partido del Real Madrid contra la Real Sociedad. Quizá Cayetano y Alfonso no sean todavía conscientes de su privilegio de asistir en primera fila del nuevo estadio al homenaje a uno de los mejores mediocentros de la historia del club en una soleada tarde de sábado. Nos pilló la cámara de televisión en la despedida con ojos emocionados, aunque la realidad es que Alfonso estaba recién despertado de la siesta y a mí me atacaba la alergia primaveral.

En esa época, no sé qué día fue, inauguraban una exposición de fotografía de José Manuel Navia en la casa Zabala. Me senté enfrente de la catedral de Cuenca para hacer hora. Se acercó un grupo de turistas con una guía que les explicó la historia de la ciudad. A modo de conclusión, y no sé a cuento de qué, la guía terminó diciendo: «y desde entonces una decadencia que llega hasta nuestros días». En esa frase se resume Cuenca: pesimismo manifestado. Puede parecer anecdótico, pero a lo largo del año me venía el eco de ese desánimo que se siente en cada paseo por la ciudad, y en cómo esa visión derrotista cala también en las decisiones políticas, y, sobre todo, para saber de qué perspectiva vital se debe huir.

A principios de junio me acerqué con Fernando un par de días a Silos a un congreso de Patrimonio Monástico Medieval. Una experiencia para gente singular -rara en grado sobresaliente- en una sociedad homogénea, de sensibilidad sosegada en un mundo frenético, de frío secular en una actualidad de hirviente efervescencia, de románico y gótico en un contexto minimalista. Vine fascinado con la pasión, memoria y cultura de todos los asistentes. Querría repetir, y seguir aprendiendo.

El 8 de junio celebramos la novena edición del Duatlón Cross del Queso en Aceite. Creo recordar que todo salió extrañamente bien a pesar de las muy notables ausencias de Bernardo, responsable de recorrido y de plancha de panceta, y de Nacho, coordinador de inscripciones, bolsas del corredor y cronometraje. Me tocó multiplicarme, no sé ni cómo, pero sí recuerdo andar frenético con la furgoneta municipal remarcando algunos tramos y señalizando el pueblo en mitad de la prueba. En algún momento de la mañana estaba haciendo tres cosas al mismo tiempo, como un mono en el circo. Este estrés no sería significativo si no fuese por la tarde de ese domingo.

Como la mayoría de los domingos por la tarde, también ese bajamos a jugar un partidillo de fútbol al patio del colegio con el gorilaco, el garrapato y sus compañeros del cole. A la media hora de pachanga, mientras reculaba en defensa, sentí un gran estacazo en el talón que se escuchó como un golpe seco. Pensé que me habían tirado una piedra desde la calle, lo cual era inverosímil. Después pensé que alguno de los chicos me había dado una patada descomunal, lo cual tampoco podía ser real porque estaban todos delante de mí y no tienen tanta fuerza. En ese momento caí al suelo dolorido y fui consciente de lo que había pasado. Le pedí a Cayetano que me acercase el móvil que había dejado detrás de la portería para llamar a Inma y decirle que viniese a por mí porque me acababa de romper el tendón de Aquiles. Apoyado en Abdullah y Cayetano, salí a sentarme en la acera para esperar al coche. Cuando Kobe Bryant sufrió la misma lesión, tiró dos tiros libres antes de irse por su propio pie al banquillo. Y esa tarde cambió el rumbo del año porque me convertí en alguien dependiente durante varias semanas.

Los dos mejores libros me llegaron en esas semanas de incapacidad por el tendón de Aquiles. Fouché, retrato de un hombre político (Stefan Zweig) es un pormenorizado repaso a la biografía del político francés Joseph Fouché, un político sin escrúpulos que medró tanto con Robespierre en la Revolución Francesa como con Napoleón en su etapa imperial. Quizá de las mejores obras del austriaco por su espíritu analítico, su interés histórico y su ritmo ágil. Y La península de las casas vacías (David Uclés), que venden como una de las mejores novelas en español del 2024 y que narra la historia de una familia durante la Guerra Civil en tono de realismo mágico. Ha sido alabada por muchos y denostada por otros tantos, sobre todo porque achacan al autor un notable e indisimulado sesgo político. Pero más allá de eso, es una novela magnética, una obra de orfebrería y delicadeza, un gozo para un lector desprejuiciado. Quizá le sobra ambición juvenil, que se traduce en grandilocuencia y extensión exagerada, pero es un pecado venial para un novela tan singular.

A finales de junio se rompió la bomba del pozo de agua del pueblo. Neme avisó con antelación y, gracias a eso, pudimos activar mecanismos de control para que, a pesar de no poder sacar agua, todas las casas tuviesen suministro durante el fin de semana. Pienso en el esfuerzo que hicimos, en cómo coordinamos los medios, a la empresa de sustitución de la bomba, las cisternas de Diputación, los pueblos solidarios que nos daban agua, etcétera, y creo que no da igual. Que nunca da igual. Quinti descubría la tubería, Neme podaba la carrasca, Zaca me llevaba en su coche porque yo iba en muletas, publicábamos minuto y resultado a través de bandomovil. Podíamos haber estado cuatro días sin agua y, sin embargo, solo faltó unas horas del último día. Nunca da igual aunque no se note.

La pierna averiada impedía ir a la playa o hacer planes veraniegos, pero no era hándicap para asistir a conciertos. Y, aunque no hemos sido habitualmente muy aficionados a eventos musicales más allá de los que nos pillan a mano, Inma y yo aprovechamos el verano para disfrutar de tres conciertazos: en junio con Andrés Calamaro en Uclés, en julio con Lori Meyers en el botánico de Madrid y en septiembre con Xoel López en un pueblo toledano. Y han sido tres conciertos inolvidables que conservo con gran cariño, como pequeñas joyas en la memoria, tan inolvidables que lloré sin pudor en los tres, con Cuando te conocí de Calamaro, con Luciérnagas y mariposas de Loslori y con Tierra de Xoel. Y es que cada vez tengo más claro que la música es el arte supremo, el arte del sentimiento íntimo sin necesidad de aspirar a rasgar estímulos intelectuales.

Las semanas de reposo de junio fueron agradecidas porque facilitaron un reposo necesario, pero el mes de julio fue eterno, un mes que duró cuatro: con limitaciones físicas, sin deporte, sin piscina, sin vacaciones, con mucho calor, desanimado, maniatado. Un día me caí con las muletas entre la casa de mis padres y la nuestra, humillado ante la fragilidad de nuestra cotidianidad. Jamás pensé que coger un vaso de agua desde el grifo hasta la mesa podía convertirse en una gesta épica. En agosto comencé la rehabilitación en el centro de salud de Belmonte. Y todo eran primeras veces. El 6 de agosto, dos meses después, volví a conducir. El 24 de agosto fue mi primer baño del verano en la piscina. El 8 de septiembre, tres meses después de la lesión, por fin me quite la bota ortopédica, que tiré con asco y rabia al contenedor.

El 2 de agosto nació Inés en la casa de Teófilo en el pueblo. Lo escribo para ser consciente de que así fue. Con Inma como asistente al parto por video-conferencia, con Teófilo con matrón improvisado y con María Dolores como auxiliar de enfermería. Qué bonito cuando las cosas salen bien. Al llegar a la casa, pensé que todos iban a estar llorando de emoción y nervios, pero estaban tan concentrados en su misión que ni siquiera les había dado tiempo a palpar la realidad. Cogí a Teo para llevarlo a casa de Yoli y, en el trayecto, radiante, me dijo «menudo jaleo, no me han dejado dormir nada». Yoli se fue a la panadería a comprar una torta para que Teo celebrase en el desayuno el nacimiento de su hermana pequeña.

Unos llegan y otros se van, y solo en esa alternancia tiene sentido la vida, en el equilibrio de las almas que ocupan nuestro corazón. En mitad de las fiestas de agosto falleció el tío Emilio. Me lo dijo el tío Jesús cuando vino a traer la carne de las calderetas de las fiestas el 16 de agosto por la mañana y no podía creer que fuese verdad. Creo que fue la primera vez en muchos años que no me quedé a comer caldereta porque prefería estar en casa. Una noche de esas, y aunque Silvia me diga con picardía que Cayetano es «muy dramático», el gorilaco miraba al cielo como imaginando una cúpula con todas las estrellas pegadas en el techo, y me preguntó «papá, ¿por qué el cielo está tan alto?». Quizá sea de las preguntas más difíciles de responder, tampoco sabemos qué hay más arriba de esa cúpula, ni dónde está el cielo de los nuestros.

Una semana después, el 23 de agosto, llegó la boda de Yasmín y Pablo. Durante toda la semana pensé que podía terminar como desastre y no dormía pensando en todas las tareas pendientes para última hora. La enfermiza obsesión por la responsabilidad. A falta de cuatro días, Pablo me insinuó, tranquilamente, que daba por hecho que me tocaba abrir la misa con la monición de entrada. Y era un momento que temía porque la emoción podía llegar a ser inoportuna por inevitable. Terminé hablando en misa de un documental sobre un caníbal alemán, de repartir helados en su bautizo, y recordando que, detrás del artificio y el egoísmo, siempre queda la familia:

Durante estos días he recorrido mentalmente nuestra vida en común, un viaje que solo interesa a nuestro corazón y nuestra memoria, pero me gustaría compartir un momento porque está ligado con el matrimonio. En marzo de 2008, jugando al fútbol, el codo te rompió en mil pedazos. Te trasladaron al hospital para que el traumatólogo te recompusiese el puzle y te dejaron ingresado. Yo acababa de aterrizar de un viaje a Londres y fui directo a Cuenca. Allí me quedé a pasar contigo la noche para que nuestros padres volviesen a casa. Cansado del viaje, incómodo en un sillón infernal del hospital, preocupado por el futuro de tu brazo, medio leyendo un tebeo y medio viendo un documental sobre canibalismo, te acompañé aquella noche de marzo. Y no lo recuerdo como un deber, sino con regocijo y cariño, como se pide estar en “la salud y en la enfermedad” en el matrimonio: que la convivencia no se convierta en un calvario resignado, sino que se celebre cada día el privilegio de la compañía mutua.

Y, al final, la boda salió a pedir de boca a pesar de que todo pendía de un frágil hilo. La ceremonia, la elegancia, el tiempo, las palabras de agradecimiento de los recién casados, la música de jazz ambiental. El vino blanco estaba caliente, el sorbete en caldo, el postre sin helado, pero esos detalles no empañan un día inolvidable. Y la mejor barra libre de la historia, por ubicación, animación y actitud. Para más información se remite al álbum de fotos y al vídeo de la boda. El vídeo termina con un espectacular carrusel de gente bailando digno de La gran belleza de Sorrentino.

El 3 de noviembre se inició un terremoto político. A primera hora de la mañana se anunció que Benjamín Prieto dimitía como presidente provincial. Era mentira pero fue realidad. Y noviembre fue eterno; no como julio que lo fue por anodino sino, esta vez, por intenso. Lo registré aquí de forma detallada para que quedase constancia. Una tarde de ese mes de planteamientos políticos, le pregunté a ChatGPT por mi perfil político y respondió que soy «un político de trinchera y territorio con vocación institucional».

El mismo 3 de noviembre me entregaron la nueva Caddy. Es la tercera vez en mi vida que compro un coche pero la primera vez de varias cosas: nuevo, híbrido, siete plazas. Lo estrenamos en un viaje a Valladolid a finales de noviembre, como si ya no hubiese más destinos en España. Parece una buena decisión, el tiempo será notario de esa sospecha.

2025 ha sido el año de la fragilidad: el cuerpo es frágil, la red eléctrica se cae, el organigrama político es un dominó inestable, los coches y las bombas de agua se rompen. Y, aun así, lo frágil puede resistir.

Me pregunta Inma qué pienso del futuro próximo ahora que desembarca 2026 y el terremoto político sigue activo. Contesto, por comodidad, que volveré a ser informático, aunque huelo incertidumbre. Tengo pendiente redactar un manual de ética para políticos —no venderá ningún ejemplar—, elaborar una guía turística para misántropos con lugares donde ir sin que te moleste nadie —tampoco será un éxito, porque perdería su esencia— y hacer un podcast sobre la historia de la Bella Excusa con Juanma y colaboradores para que sus conocimientos queden en otro formato.

En realidad, tengo mil proyectos y ningún plan maestro. No hay estrategia prevista para 2026, salvo la de evitar convertirme en un cínico cómodo. Los pinos crecerán casi hasta ser árboles, el cielo seguirá alto y lejos, Alfonso gruñirá, Cayetano abrazará, Santiago hablará. Y, aunque todavía camine con torpe fragilidad, pronto volveré a correr.

P.S. Vuelvo a ChatGPT para pedirle ideas para este texto y se limita a decirme que «la mezcla de ironía seca, ternura contenida y cansancio vital está muy bien calibrada». Cansancio vital, maldita máquina.

Despoblación, qué palabra más fea

Sergio del Molino con Paco Martínez Soria en «El turismo es un gran invento»

Llueve en el único infierno con hielo
En el campo amarillo de Antonio Machado
Soledades y vientos tirando del carro
En la tierra que menos le importa al gobierno

[Campo amarillo, La M.O.D.A.]

El escritor maño Sergio del Molino se acercó a Villalba de la Sierra, invitado por la CEOE, para participar en un foro sobre despoblación. El título de su conferencia era «Más allá de la geografía y la política: la España vacía como una cuestión emocional».

Tras su interesante investigación sobre el asunto y decantada en el ensayo «La España vacía: viaje por un país que nunca fue», ahora Del Molino se ha convertido en un notable referente de un asunto en el que, precisamente, se manifiesta profano porque él es urbanita. Habló de su abuelo, que nació en un pueblo en el que no vivió pero que necesitó pasar sus últimos tiempos en una vieja casa mal reformada en ese pequeño pueblo de la zona de Calatayud, como si su alma buscase el reposo en la quietud rural.

«Queremos quedarnos a vivir en el pueblo pero no queremos ser héroes, solo ciudadanos normales». Quizá esa sea la frase más certera de la conferencia de Sergio del Molino. No se trata de heroísmo al comprar el pan o localizar medicinas, sino de tener igualdad de derechos y servicios. En caso contrario, se manifiesta el sentimiento de «disminución de la ciudadanía», y unos vecinos que se sienten infravalorados terminan por sentirse abandonados por el Estado, como dice la canción de La Maravilla Orquesta del Alcohol.

Insistió también en que de nada sirve recrearse en melancolías ni acudir a pasados idealizados que, en realidad, no debieran serlo tanto. Más bien, proclama una defensa de vivir el presente en el mundo rural con dignidad. Es así de sencillo, vivir en paz y con garantías, aprovechando además las ventajas que ofrecen los nuevos tiempos para disfrute del ocio o adquisición de bienes.

Ya lo dijo Fray Luis en su Oda a la vida retirada: «Un no rompido sueño, / un día puro, alegre, libre quiero».

Lo mismo de siempre

Estrella Damm siempre ofrece el mejor anuncio del verano; este año, con una versión patria del «Another Sunny Day» de Belle & Sebastian de fondo musical, el spot se iniciaba con una conversación entre amigos:

– ¿Qué haremos este verano?
– ¿Cómo que qué haremos? Haremos lo mismo de siempre.

Y desde ahí un atractivo recorrido visual por los lugares comunes de las vacaciones del grupo de amigos año tras año. Es cierto que uno puede no sentirse identificado con esos días cerca del mar en una casita de alquiler con un grupo de chicas jóvenes pero sí sentirse interpelado por la pauta veraniega de imprescindible llamada.

Es el mismo viaje al aeropuerto de Barajas para recoger a los mismos de siempre que vienen del lugar de siempre a pasar los mismos días y a hacer lo mismo: leer a escondidas y abusar de la piscina. Es la misma vecina que pide que se limpie el solar que linda con su patio y el mismo vecino que pide que se cambie el botellón de lugar y la misma cansina que se queja de las avispas en la piscina. Es la misma copa y la misma cerveza a la misma hora con el mismo aperitivo y en las mismas sillas que hace medio siglo. Y es el mismo pregón con la misma pólvora después de la misma procesión con la misma banda de música. Y es el mismo «venga chicas, que nos están esperando para entrar a la cuerva» a la misma hora del mismo día para tomar el mismo vino con los mismos cacahuetes. Es el mismo amanecer fresquito y el mismo sudor en la siesta viendo la misma etapa del Tour. Y es la misma orquesta que canta las mismas canciones para el mismo público. Es la misma partida de tute con olor a viejo y ventiladores chamuscados con una baraja estrenada ayer pero que se palpa como antigua. Y es el mismo Thunderstruck antes de la emoción de la salida de siempre para correr por las mismas calles y ver a los mismos espectadores. Es todo tan lo mismo que parece mentira que sea imprescindible.

Pero, en el fondo, quizá hagan falta esas certezas, esas sorpresas esperadas después de un año, ese confort conocido, seguro que porque merece la pena.

Quiero vivir dos veces para poder olvidarte

Andrés Calamaro en Uclés.

Cuando te conocí
me dijiste que por mí
no ibas a cambiar,
ibas a seguir siendo igual,
ibas a seguir siendo igual.

[Cuando te conocí, Andrés Calamaro]

Ya hablaba Fernando Pessoa en El libro del desasosiego de «monotonizar la existencia» para que no sea monótona. Y hasta tal punto vamos aplananando la cotidianeidad que una calurosa escapada de sábado por la tarde al concierto de un viejo rockero a media hora de casa se podría considerar una honda ruptura de la rutina ordinaria.

En el mismo momento en el que, hace meses, se publicó en la prensa provincial que Andrés Calamaro tenía programado un concierto en Uclés me lancé a comprar las entradas. Ni siquiera sabía cuántas comprar, 2, 4, todas. Incluso la fecha sonaba idónea, 28 de junio, tres días después de mi cumpleaños. Y, paradoja, tuvo que ser una desgracia mecánica lo que finalmente permitió que pudiese asistir al concierto: si tres semanas antes no me hubiese roto el tendón de Aquiles entonces a la hora del concierto tendría que haber estado en un mediocre festival vallisoletano pasando el finde con los jóvenes.

La tarde era muy calurosa y calmada. Al llegar al exterior del monasterio, la organización nos ofreció asientos en primera fila al verme en muletas y con escayola. Agradecimos el detalle pero declinamos y, a la postre, la providencia nos dio la razón. Nos acercamos al bar en el lateral oeste del monasterio, aunque lo llaman «rincón gastronómico» porque mola más y pueden cobrar más caro. Te ofreciste a hacer cola mientras intentaba esconderme debajo de la sombra de un ciprés y saludaba a conocidos: había más alcaldes y periodistas que personas. David Pérez presumía, como comercial de Uclés, de la vista del atardecer desde ese rincón pero no me convencía porque faltaba el mar al fondo, la cola para la cerveza era lenta, se masticaba polvo seco y el calor abrasaba. Era gracioso ver a gente muy concentrada mirando la puesta de sol entre Tribaldos y el polígono industrial de Tarancón como si fuese algo romántico.

Quince minutos antes de las diez pasamos al claustro para buscar nuestras butacas y, a la hora prevista, comenzó el concierto, porque en Uclés se conserva, siglos después, una puntualidad monacal. Me ilusionaba que el repertorio se anunciase como un homenaje a Honestidad Brutal, año 1999. No recuerdo dónde compré ese doble CD con carátula negra y roja, pero sí tengo nítidos recuerdos de la pequeña cadena robada a mi hermana Miriam en la que escuchaba «No tan Buenos Aires» y «Los aviones» mientras hacía la cama en verano. Los dos discos terminaron rallados de tantos giros, casi cuarenta canciones exprimidas hasta la saciedad. Y, en esta tesitura, uno ya confunde si le gusta esa música o, simplemente, le gusta el recuerdo de aquella época de juventud y hormonas huracanadas.

Pero Calamaro ya no tiene treintaipico años y, además, sabe que la mejor manera de ganarse al público es arrimarse a célebres hits de Los Rodríguez como «Sin documentos» o «Para no olvidar». La música de Calamaro es rock de autor, pero Los Rodríguez son, en esencia, lo que se llama «rumba bastarda», una extraña mezcla de rumba flamenca con rock y ritmos latinos, una movida que te incita a bailar sin compasión. Y así pasó, que en el segundo tema ya había sublevación desde las butacas para arrimarse al escenario a moverse. Y, como dice Jesús Huerta en su crónica, «el argentino bendijo la sedición».

Calamaro no tiene treinta pero sí más de sesenta, y ya se siente libre para expresar lo que le venga en gana, porque quiere seguir siendo incendiario aunque le pongan etiqueta de «facha». Él se burla llamando a sus entremeses el «stand up fascista» y, en el fondo, sospecho que no siente la necesidad de expresar sus pensamientos en mitad de un concierto sino la obligación moral de defender la libertad de poder opinar a contracorriente. Ya lo cantaba en «El salmón»: «siempre seguí la misma dirección, la difícil la que usa el salmón». Y, aunque se perdía en divagaciones, se le entendía a la perfección lo que no decía: «¡pero qué carajo me van a criticar los niñatos de hoy si yo viví la dictadura militar de Videla y compañía en Argentina a finales de los setenta!». También no dijo: «he recorrido medio mundo haciendo conciertos y sé lo que cuesta ganarse el pan más allá de limitarse a silenciar y descalificar al diferente».

La sensación era de honda contradicción: el concierto era sentado pero la gente se había vuelto loca en el escenario y los laterales, estábamos en el patio de un monasterio pero se sentía el ansia de irreverente profanación, escuchábamos frases íntimas como «porque quiero dormir y soñar con ella / mientras pasan los aviones» intercaladas con píldoras ideológicas. Vivimos el paradigma del eclecticismo.

Mientras, Calamaro no dejó pasar la oportunidad de definir y acotar el contexto. El pueblo: «estamos en la España de en medio». El monasterio: «el enclave de la OTAN cristiana de la época». El público: «mucho heterosexual y ninguna bandera reivindicativa». El día: «ahora se celebra el Orgullo, lo que siempre hemos llamado el amor los del orgullo heterosexual pachanguero». O el comportamiento: «hacía muchos, muchos años, que no hacía un concierto sin tener un enjambre de móviles grabando el escenario».

Disfrutamos como enanos; yo, canción tras canción, que es recuerdo tras recuerdo, y tú, recreándote en mi gozo. «Los aviones» (duró más el speech que la canción), «Te quiero igual», «Me arde» (cómo encajó), «Cuando te conocí» (se me escapó una lágrima), «Clonazepán y circo» (de mis preferidas), «Crímenes perfectos», y tantas otras. En cada pausa, desde mi butaca de lisiado, gritaba en silencio «¡boludo, no te vayas sin hacer Paloma!». Mi obsesión era escuchar en directo ese tema, que está ya en las semis de mi campeonato mundial de canciones (imposición del cariacontecido impenitente). Cómo de chulo no será Calamaro para meter «Paloma» en el track 17 de Honestidad Brutal para pasar de puntillas.

Y, cuando parecía ya todo perdido, después de hilar dos de sus grandes canciones tras despedirse, «Alta suciedad» y «Flaca», sonaron los primeros acordes y los primeros versos «mi vida, fuimos a volar / con un solo paracaídas / uno solo va a quedar / volando a la deriva». Te dije que la estaba esperando y me contestaste que era la última canción que habíamos escuchado en el viaje, «¿y crees que era casualidad?». No cantábamos, gritábamos desatados: «puse precio a mi libertad / y nadie quiso pagarlo, / te cambio tu corazón por el mío / para mirarlo y mirarlo». No sentí un éxtasis sobrehumano ni pensé que me cantaba solo a mí, como dicen que suele suceder, pero se me metió dentro para siempre.

Tras los bises, unos capotazos de torero mientras sonaba un pasodoble. Qué pensarían las almas de los monjes de esta extraña historia nocturna.

2024: ¡semejante bacanal!

Guernica, interpretación [by Cayetano Jr. & Gema]

El precio de la grandeza es la responsabilidad.
Winston Churchill

La noche del 13 de marzo los capellanes se juntaron a cenar en el sótano de Balbi como cualquier otro miércoles. Al subir para marcharnos, alrededor de las prudentes diez de la noche, descubrimos que estaba allí cenando DJ Martin con Balbino y Montse. Al vernos, exclamó escandalizado: «¡y traéis a los niños a semejante bacanal!«. Sonreímos porque veníamos de pasar un rato agradable y tranquilo con un vaso de vino y algo de cerdo a la brasa. Y es que este ya cumplido 2024 quizá haya tenido algo de bacanal a ojos ajenos, no como orgía pero sí como celebración.

El 6 de enero Alfonso nos asustó cuando dijo «papá, tengo poca velocidad en el pecho» por su tendencia a los problemas respiratorios. En febrero, Cayetano se burló de mí viendo a un troll gruñón y cascarrabias en la peli Trolls: «mira, papá, ese troll se parece a ti, no le gusta casi nada». Y el 2 de marzo, volviendo de Mota, tuvimos un gran susto con el coche en la carretera nevada que quedó en eso, en un gran susto y un ataque de pánico de Inma, ya embarazada, porque el Golf es mágico. Desde ahí, todo fue a mejor.

Nos hemos mudado de casa a una que, ahora, pensamos que nos estaba esperando para cumplir el principio de equidistancia familiar. Hicimos obra más por capricho que por necesidad para acondicionar abajo el garaje como bar y arriba la buhardilla como trastero. Y, tras pintar, la completamos con nuevos electrodomésticos y nuevos muebles; ignoraba que estrenar cosas era tan reconfortante. Tenemos que agradecer que Yoli a escondidas y Kike en verano hicieran todo lo demás, y no era poco: transformar una vivienda maltratada en un hogar. El domingo 8 de septiembre decidimos venir a dormir a Virgen de Fátima, 20.

El último inquilino, Santiago, tenía menos de un mes de vida (crónica de su nacimiento) y aquí sigue intentando aprender que la noche es para dormir y a hacer pedorretas para que le hagamos caso. Cómo no pensar que el día más importante del año fue ese 14 de agosto que empezó en el despacho del subdelegado de Defensa en Cuenca acompañando a una chica sudamericana con los brazos marcados por autolesiones y que terminó tomando un gintonic en la verbena del pueblo tras el pregón de fiestas como si entre medias no hubiese nacido Santiago con sus cuatro kilos y medio. El 29 de diciembre, día de la Sagrada Familia, celebramos su bautismo, como cuatro meses antes, el 18 de agosto, habíamos hecho con Federico. Entre las celebraciones, también la comunión de Silvia y las bodas de las tres nitas, Clara, Nuria y María.

A las pocas semanas, y tras su estreno provisional en el bautizo de Fede, la nueva casa del Hortal fue ocupada por la familia después de años de obras y desventuras. Rebusco y encuentro que empezamos a hablar con Sara a principios de 2018, casi nada. Visto en perspectiva, una epopeya digna de tragedia griega con final feliz. Además, se amoldó el Bernabéu con césped artificial e iluminación nocturna, y ahora parece que lleva toda la vida ahí junto a los dos veteranos cerezos de Yoli.

A principios de octubre compramos un solar de cuatrocientos metros entre la nueva casa del Hortal y el convento de los dominicos, más por orgullo que por necesidad pero a sabiendas de que preferimos la certeza a la hipótesis. El solar está dentro de lo que fueron las tapias del convento y hoy en día corresponde, broma del destino, con la calle Teniente Castillo, que precisamente fue inaugurada por su hermana el 14 de septiembre de este 2024.

Por si fuera poco, el 17 de abril Inma firmó su plaza fija como enfermera del Sescam después de años de contratos temporales y una vida laboral de once páginas (sin exagerar). No tiene mérito que yo certifique que se lo merecía, pero es la realidad incuestionable. Y mientras tanto, los pinos siguen creciendo y los gorilas siguen madurando en la ilusión de que el Real Madrid siempre gana la Champions y España siempre gana la Eurocopa.

Las pérdidas del año no pueden competir contra el ritmo de la vida, porque la muerte forma parte intrínseca de ella aunque duela. Y poco consuelo puedan tener los más allegados, inundados por un dolor extremo. Se marchó sin hacer ruido el abuelo Luis con la decencia de esperar al día siguiente a la boda de su nieto Juan Luis. Se marchó María José de forma anunciada y creo que está muy bien haber podido despedirla. Y se marchó la tía Pili tras haber conocido a su nueva nieta Celia y rodeada de toda su familia en casa. Que descansen en paz y vivan en la gloria.

Un poco de literatura

Sin duda hay tres libros que conforman el podio del año y que ya conviven en la balda de los privilegiados de la nueva estantería de la biblioteca:

  • Un verdor terrible (Benjamin Labatut): la absorbente narración de diversos avances científicos del siglo veinte junto a sus célebres protagonistas. Es cierto que con el avanzar de las páginas se impone la ficción a la realidad, pero merece tanto leerlo que eso queda en detalle. Imprescindible.
  • En busca de consuelo (Michael Ignatieff): un ensayo sobre la filosofía del consuelo a lo largo de los siglos, y qué más obsesivo que la búsqueda del significado de la vida y de la muerte para entender la necesidad de consuelo. Merece la pena cada página escrita por este «político fracasado» al que han concedido este año el Premio Princesa de Asturias. Algo quisimos interpretar sobre este ensayo en esta entrada.
  • La más recóndita memoria de los hombres (Mohamed Mbougar Sarr): quizá incluso merezca formar parte de los veinte libros más relevantes de lo que llevamos de siglo veintiuno, casi nada. Una novela que es un mundo a través de la cultura africana, la identidad en crisis desde la emigración, la fantasía y las ansias de trascendencia. Por si fuese poco, la terminé en el paritorio, como para olvidarla.

Y otros tres a los que se les coge mucho cariño:

  • La taberna de Silos (Lorenzo G Acebedo): una divertida novela de aventuras sobre el monasterio de Silos escrita por un monje retirado, una bonita sorpresa que ni entiendo cómo cayó en mis manos pero que casualmente terminé unas semanas antes de visitar el monasterio burgalés. Escrita bajo seudónimo, tira a dar el atrevido ex-monje en cada reflexión y acción.
  • Algo que sirva como luz (Fernando Navarro): la crónica del accidente de tráfico de los componentes del grupo de música indie Supersubmarina. Las emociones a flor de piel desde la primera hasta la última página, una narración que absorbe y que te mete en la desesperación de cada uno de los cuatro músicos, sobre todo por las secuelas que le han quedado al Chino. Qué alegría que me lo recomendase Jesús Huerta, y de hecho le regalé mi ejemplar por recomendármelo a ciegas.
  • Madre de corazón atómico (Agustín Fernández Mallo): un homenaje a su padre (a pesar del título) desde la intimidad y desde el descubrimiento, supongo que es difícil desnudarse así en un libro de reflexiones y aventuras. Desde mi humilde diagnóstico, le sobran muchas páginas al final, como si la editorial hubiese obligado a Agustín a alargar, pero compensa con creces la solvencia de la primera mitad.

Villaescusa de Haro

La legislatura avanza a su ritmo y, por fortuna, sin oposición, ni visible ni invisible. Desde el 30 de noviembre de 2023 hasta el 7 de junio de 2024 estuvimos sin secretario municipal después de un 2023 en el que rotaron hasta cuatro secretarios por el puesto. La ventaja es que me permitió aprender los procedimientos administrativos e invertir su sueldo de seis meses en otros menesteres. La desventaja, la mayor carga de trabajo cotidiano para suplir sus funciones.

A pesar de ello, avanzamos en la reconstrucción de las zonas deportivas y de ocio devastadas por la DANA del 4 de septiembre de 2023: muros, vallas, setos, césped de la piscina, tierra del campo de fútbol, lodo de las piscinas, limpieza del pabellón, arreglo de caminos, y una larga lista de pequeñas intervenciones en las que siempre estaba Neme el primero. La renovación de las piscinas quizá haya sido una de las obras más significativas y costosas de la última década, pero qué falta hacía y cuánto ha merecido la pena, aunque ni siquiera encontrásemos en julio el momento ideal para inaugurarla dignamente.

Entre los diferentes acontecimientos, destacaría dos: Patrimonio Maridado y Baculum et Mitram. El primero, semejante bacanal, lo convocamos el 20 de abril y conseguimos reunir a casi quinientas personas para conocer el patrimonio histórico-artístico del pueblo maridado con productos gastronómicos locales. Lo que nació como broma de los capellanes en 2023 se ha convertido en un referente de cómo organizar un evento con buenos resultados, beneficio económico, coordinación, rigor y diversión (gracias a la implicación generosa y motivada de mucha gente). El segundo, Baculum et Mitram, quizá el concierto más relevante de los vividos en este pueblo durante este siglo. Gracias a Miguel Ángel y compañía pudimos disfrutar el 6 de julio de un proyecto musical inolvidable creado ex-profeso para la ocasión sobre la figura del obispo Diego Ramírez, así que no quedó más remedio que narrar una crónica para el recuerdo.

El 3 de noviembre nos visitó el obispo de Cuenca y lo recibimos para comer en casa por petición de Fernando. Y era divertido ver a don José María sentado en el sofá mirando el álbum de cromos de fútbol con los pequeños.

Dicen que los pueblos se apagan porque cada vez queda menos gente y, sobre todo, menos niños. Y nos sentimos afortunados gracias a la salud de nuestro colegio: por el equipo directivo del CRA, por las dos profes y por el buen ambiente entre los pequeños. Este año, además, con nueva pista de fútbol en el patio. Y en junio fuimos anfitriones de la convivencia del CRA, un día especialmente emotivo por el recuerdo de la anterior, en mayo de 2017, porque aquella suponía el cierre del colegio, la clausura del CRA y la jubilación de Pedro. No todo está perdido.

Viajar o no viajar

Las circunstancias vitales actuales imponen su ritmo: rutina y supervivencia. Aquí hicimos apología de la rutina junto a Ratzinger y Ana Iris a sabiendas de que es un subterfugio de la mente para creer que no viajar al extranjero, no acudir a grandes conciertos, no participar en competiciones deportivas o no encontrar sosiego para leer son consecuencias inevitables de la crianza, como si la esencia de la vida no estuviese en lo que se pierde sino en lo que se crea (el club de los perdedores).

Nos escapamos unos pocos días a Peñíscola para la noche de San Juan porque Cayetano quería comer arroz en La Marina del Grao de Castellón, y como pocas semanas antes habíamos estado de intensa campaña electoral recorriendo la provincia con motivo de las Elecciones Europeas del 9 de junio, el descanso era merecido. Me gustó la playa, el casco antiguo, el castillo, el paseo marítimo, creo que todo, supongo que por ser junio. Lo demás fue lo de siempre: encuentro de diputaciones en Ávila, misa con el nuncio en Ocaña, encuentro de alcaldes en Valladolid, visita al Regimiento Saboya en Badajoz, jornada de formación en Guadalajara. Así de atractivo, así de envidiable, guau.

Casi tendría que elegir la ruta en bici por Cuenca del 5 de octubre en la Marcha Herrada como lo más atractivo. 120 kilómetros preciosos y con buen tiempo alrededor de la Serranía por Villalba de la Sierra, Las Majadas y Uña. Un recorrido espectacular de casi cinco horas acompañado de los carreteros villaescuseros en el que disfrutamos como enanos.

Y queda el viaje a Burgos como joya indiscutible. Una fría ruta de reyes y monjes que representa lo que me interesa ahora de viajar: la búsqueda de la intimidad, del recuerdo y de la exploración de otros modos de vida singulares. Porque en realidad solo se viaja para comer y beber, pero en este caso encontramos la rendija a través de la que observar entre visillos otras existencias, la rendija del aprendizaje y la reflexión.

Ahora ya comienza la expectativa del 2025, con todas las miradas puestas en el 25 de enero y en el 23 de agosto. Le damos la bienvenida con ilusión y esperanza, y una gran regadera con la que rociar a diario a los pequeños para que crezcan y maduren.

Aique, vosotros, siempre, todo, perfecto

El amor es la apariencia de la paz.
[Los detectives salvajes, Roberto Bolaño]

La tarde del 3 de enero de 2024 me acerqué con Miriam y María José a Pedroñeras para visitar a la tía Pili, diagnosticada el 18 de septiembre de 2023 de cáncer de pulmón. Nos recibió sin apenas voz y con un pañuelo en la cabeza para disimular la quimioterapia. Más allá del deterioro físico, se mostraba como siempre: sincera, romántica, sonriente y sacudiéndose problemas de encima. No recuerdo quién más había en la casa, creo que Estrella.

Es cierto, fuera cinismo, pobre bagaje esperar más de tres meses a hacer una visita de cortesía a un familiar enfermo, y ante nadie cabe disculpa ni excusa, si acaso ante la propia conciencia. Pero allí estábamos esa tarde de invierno interesándonos por el estado de salud de la tía Pili y conscientes del pronóstico del cáncer. Supongo que algunas conversaciones triviales son necesarias para hilar la empatía en circunstancias adversas: la enfermedad, la familia, alguna anécdota pasada, alguna esperanza futura.

En un momento de la conversación, tras un breve silencio, la tía Pili nos miró sonriente y dijo con serenidad «aique, vosotros siempre todo perfecto». Estábamos allí para saber de ella pero ella también quiso saber de nosotros y de nuestras circunstancias, como si fuesen dos mundos ajenos e incomunicados. E ignoro si con alguna gota de envidia, o de cariño, o de aprobación, o de lejanía manifestó su rotunda opinión con total confianza. Esas cinco palabras rebotaron por todas las paredes con un eco que ha durado todo el año, cinco palabras que conforman una sentencia judicial y que poseen propiedad conmutativa: se pueden poner en cualquier orden y terminan en el mismo sitio.

Las cinco palabras me acompañan como una obsesión: aique, vosotros, siempre, todo, perfecto. No todo es perfecto, no siempre es perfecto, no siempre somos nosotros. La apariencia de la paz y del bienestar necesita una contraposición, y lamentablemente la tía Pili sabía de lo que hablaba, de su lado, del lado de la batalla, de la dificultad, de la enfermedad, del contratiempo. Detrás del cinismo, detrás de la sombra del egoísmo y la vanidad, aparece la dignidad de la vida difícil, la lección de la entereza entre los escombros, el buen ánimo en el peor momento. Ella, erguida y sin cuerdas vocales, diagnosticando realidades y soportando reveses.

Detrás de esas cinco palabras regresó el silencio, una mueca de avergonzado agradecimiento por nuestra parte y un pesado silencio, qué responder si ella lo tenía claro. Qué sentido habría tenido intentar compensar la balanza explicando, por ejemplo, lo que le había pasado a Inma el mes anterior. María José se atrevió a replicar que «no hay nada perfecto».

La penúltima vez que la vi, con Pablo, se había roto la cadera y había perdido toda movilidad, solo le quedaba gruñir en privado y sonreír en público, soportar con estoicismo y resignación. La última vez que la vi estaba ya en la cama sin conciencia, con respiración tranquila y arropada. La tía Pili falleció el viernes 29 de noviembre de 2024 en su casa, serena y agotada. Se merece descansar en paz y vivir la gloria.

Este pueblo no olvida

Inauguración de la calle Teniente Castillo, 14 de septiembre de 2024.

El 14 de septiembre de 2024 se inauguró una calle en honor al teniente Castillo, germen de la historia del hermanamiento entre el Regimiento Saboya y Villaescusa de Haro y fallecido de forma prematura en un accidente de helicóptero a los 28 años en Valverde de Júcar. Al acto de inauguración asistió su hermana, Julia Fernández Castillo, doctora en física nuclear jubilada desde ya hace décadas.

En su improvisado discurso de agradecimiento, erguida y con un ramo de flores en los brazos tras haber descorrido la cortinilla de la placa de la nueva calle, Julia glosó las virtudes de su hermano, su gallardía y su pasión por el prójimo desde la infancia. También manifestó su sentimiento de gratitud por mantener viva la memoria de un soldado fallecido hace más de cincuenta años. «Este pueblo no olvida», dijo literalmente. Y defendió el mérito de un pueblo que recuerda su pasado y lo valora, que se aleja del adanismo contemporáneo para, con humildad, reconocer a las personas que dejaron huella, de una u otra forma, en el imaginario colectivo del lugar.

Esas cuatro palabras, este-pueblo-no-olvida, me llegaron como el eco de una profecía entre la sensibilidad de todos los catorces de septiembre, el selecto público allí congregado de forma espontánea y la emotividad del sencillo acto programado. Es cierto que, al pasar el tiempo, me apena que no hubiese más vecinos sintiendo ese instante aquella soleada mañana, pero cada uno navega sus inquietudes.

Me pregunto qué llevó a Julia a decir esa frase tan rotunda y cargada de significado. Qué tiene de cierto el olvido y qué tiene de particular la memoria de un pueblo. Quizá, entre la modernidad líquida, sean los pueblos los garantes de custodiar los recuerdos del pasado, como sucede con las tradiciones y las costumbres. Incluso con los cementerios, tan diferentes los de una ciudad y los del mundo rural, que siguen repletos de las almas que fueron, que permanecen en la memoria de los que viven y que ofrecen la conciencia de pertenencia a una tribu con ristra de antecesores y sucesores. El cementerio pellizca nuestra vanidad para recordar que no podemos concebirnos como seres desarraigados.

No olvida el que recuerda, y recuerda el que adquiere el hábito de la repetición. Así, la memoria se sustenta en la aparente vulgaridad de la insistencia cotidiana. De hecho, nuestra vida está jalonada de rutinas periódicas que nos brindan esa conciencia de trascendencia para evitar los desapegos. Y cumplimos años para recordarnos vivos, y celebramos la Navidad para recordar a nuestra familia y al que nació hace más de dos mil años, y descansamos los domingos para entender el valor del trabajo, y hacemos la cama todas las mañanas para dar valor a la disciplina y al hogar. El mejor ejemplo son las cincuenta reiteraciones de un rosario. Y, a la postre, el romanticismo de palabras gruesas como olvido se apaga con la rutina repetitiva.

Y por eso recordamos al teniente Castillo, y damos importancia a los que nos precedieron. Juan Manuel de Prada lo dice mejor: «nadie tiene derecho a derribar de un capirotazo lo que las generaciones previas erigieron con infinito esfuerzo: porque en el esfuerzo de esas generaciones hay mucho amor insomne, muchos sacrificios ímprobos, muchas lágrimas vertidas, muchos júbilos compartidos».